Capitulo 12
El desayuno estaba servido sobre la mesa de la cocina, pero la atmósfera en la casa era de un hielo absoluto, cortante. Luciana se movía por el espacio con una precisión quirúrgica, casi mecánica: ponía las tazas, cortaba el pan, ordenaba las cosas sin un solo destello de la ternura habitual, pero también sin recurrir a los reproches a viva voz. Ese silencio sepulcral, espeso, era muchísimo más duro y desgarrador que cualquier palabra o insulto que pudiera lanzarle. Diego se acomodó el nudo de la corbata frente al espejo del pasillo, repitiendo el movimiento una y otra vez como si ese pequeño gesto de rutina pudiera sostenerlo en pie; la realidad era que no había pegado un ojo en toda la santa noche, atormentado por la delación de su propio cuerpo en la cama, y el café caliente le temblaba visiblemente en la mano derecha de solo pensar en la culpa.
—Hasta luego —atinó a decir Diego, parado junto a la puerta de entrada, buscando una mirada que validara su existencia.
—Que tengas un buen día —respondió Luciana desde la cocina, sin darse vuelta.
Su voz sonó seca, distante, desprovista de cualquier matiz afectivo. La puerta de calle se cerró con un clic metálico y Diego sintió de inmediato la cobarde sensación de estar huyendo de su propia casa, buscando aire desesperadamente en el palier. Caminó rápido por la vereda, apurando el paso hacia la avenida como si el movimiento físico y el ritmo de las zancadas pudieran borrar la profunda incomodidad que le retorcía las entrañas, pero el aire de la mañana no parecía alcanzarle. El pecho se le sentía oprimido, apretado por una prensa invisible que le dificultaba cada bocanada.
Al llegar a la sede central de la agencia, la opresión no mejoró. Entró al edificio blindado y, al subirse al ascensor principal, las puertas metálicas se abrieron para dejar pasar la imponente figura del director general de la sede. Diego tragó saliva, arrinconándose sutilmente.
—Cómo amaneció hoy, detective González —saludó el jefe con su habitual voz de mando, mirándolo de reojo mientras la cabina iniciaba su ascenso con un zumbido monótono.
—Digamos que bien, jefe —respondió Diego, intentando forzar una sonrisa profesional que no se reflejó en sus ojos cansados.
—¿Y cómo tengo que interpretar exactamente ese “digamos”, detective? —inquirió el director, girándose a medias, clavándole una mirada analítica que a Diego le encendió todas las alarmas del instinto.
—Estoy bien, mire… caminando tranquilo y acá estoy, firme, listo para seguir adelante con mi trabajo cotidiano.
El director lo miró fijo durante unos segundos que parecieron eternos, evaluando las ojeras marcadas de su subordinado y la leve rigidez de su postura.
—Su trabajo, precisamente, González. Lo iba a llamar a mi despacho en el transcurso de la mañana. ¿Cómo va la investigación encubierta del objetivo asignado? ¿Tenemos avances sustanciales?
—Sí, la verdad es que avanza, jefe. Estamos hilando fino —mintió Diego, sintiendo que el corazón le golpeaba las costillas al recordar que la noche anterior le había confesado todo el caso a la mismísima investigada.
—Perfecto. Los detalles técnicos déjelos para después —concluyó el director con un asentimiento severo mientras el marcador digital del ascensor seguía subiendo—. Cuando lo llame a mi oficina más tarde, quiero que traiga todos los expedientes y las carpetas de campo sobre su escritorio. Quiero ver el informe completo.
—Cuando usted lo disponga, jefe. Ahí estaré.
—Eso era exactamente lo que quería escuchar de usted, González. Confío en su criterio.
El ascensor se detuvo con un leve tirón en el tercer piso y las puertas se abrieron. El director bajó con paso firme, perdiéndose por el pasillo de la cúpula. Diego continuó el viaje en soledad hasta el sexto piso, sintiendo que las paredes de la cabina se le venían encima. Apenas se abrieron las puertas de su sector, se llevó la mano al cuello y se aflojó el nudo de la corbata, buscando desesperadamente liberar la garganta. Por primera vez en semanas, la jornada laboral comenzaba sin que su jefe nombrara explícitamente el nombre de Ana, y ese silencio institucional lo inquietó muchísimo más que cualquier reclamo o sospecha directa.
Buscando una vía de escape para la presión que lo ahogaba, entró sin previo aviso al despacho de Mari, la persona en la que solía confiar para descargar el peso de la calle. Se sentó en la silla frente a ella, intentando desahogarse de golpe.
—Necesito hablar con vos, de verdad. Estoy completamente desorientado con el rumbo de las cosas en la sede… y ahora, para colmo, se me suma la preocupación por un entredicho familiar muy feo que tuve anoche con Luciana en casa.
Mari lo escuchó en silencio durante un breve momento, observando su rostro demacrado y la desesperación contenida en sus manos, hasta que lo cortó en seco con un gesto firme de la mano:
—Diego, haceme un favor: bajá a la planta baja, pedite un café bien cargado, unas berlinesas, y sentate un rato solo. Volvé a este despacho recién cuando quieras hablar en serio y de frente. De otra forma, jugando a las medias tintas, no te puedo ayudar en nada.
La frase certera le cayó como un balde de agua helada. Lo desconcertó por completo. No era una muestra de rechazo o desprecio por parte de su compañera: era un límite ético infranqueable. Un verdadero cachetazo de realidad disfrazado de paciencia. Salió del despacho de Mari con muchísimo más ruido interno y confusión que antes; el aire de los pasillos de la agencia se le volvió denso, casi irrespirable. Necesitando constatar algo que calmara su ansiedad, bajó por las escaleras hasta el tercer piso, buscando la oficina de Ana, la mujer que le había arrebatado el sueño y los secretos. Al llegar al sector de archivos, Eugenia lo recibió desde su escritorio con su habitual y parsimoniosa tranquilidad administrativa:
—No vino hoy, detective. Tampoco llamó para avisar que se demoraba.