Capitulo 13
El reloj digital marcó las 5 a. m. con un parpadeo silencioso. Ana abandonó su departamento a oscuras, cerrando la puerta con un movimiento sigiloso para no levantar sospechas en el consorcio. Afuera, la madrugada era una capa densa de neblina y frío que calaba los huesos. Un vehículo de la plataforma Uber la esperaba ya junto a la vereda, con las balizas encendidas recortando la penumbra de la calle. Ella subió a la parte trasera, acomodándose el cuello del tapado oscuro.
—Buen día. A la estación central ferroviaria, por favor —indicó Ana con una voz monocorde, desprovista de cualquier matiz de prisa.
—Buen día, viaje en curso —asentió el chofer, acatando la distancia implícita.
El viaje transcurrió en un absoluto y espeso silencio, roto únicamente por el siseo de los neumáticos sobre el asfalto húmedo de la ciudad. En pocos minutos de recorrido por avenidas desiertas, el automóvil llegó a destino. Ana pagó de forma digital, descendió con paso firme e ingresó al imponente hall central de la terminal. El eco cavernoso de sus pasos invadía por completo el vacío sepulcral del lugar a esa hora de la mañana; el aire olía a gasoil, a metal frío y a café quemado de los puestos que recién abrían. Ana se detuvo un instante bajo el gran cartel de salidas, abrió su bolso de mano con movimientos calculados, extrajo el pasaje internacional y se dirigió directo hacia la plataforma de embarque para abordar la formación ferroviaria que, en cuestión de minutos, la sacaría del país en absoluto secreto con rumbo a Budapest.
El viaje comenzó con un leve tirón metálico y el traqueteo rítmico de los vagones sobre las vías. Nadie en la sede central de la agencia sospechaba de este movimiento; solo ella conocía el verdadero e interno motivo de su destino: encontrarse cara a cara con la cúpula de la organización criminal para la que trabajaba en las sombras desde hacía años.
Sentada junto a la ventanilla del vagón de primera clase, Ana contemplaba de reojo el paisaje majestuoso de montañas nevadas, bosques oscuros y valles fértiles de Europa del Este que se desplegaba y se desdibujaba con el correr de las horas. Sin embargo, apenas miraba la belleza exterior; su mente y su atención estaban fijas en el peso muerto de los archivos clasificados y los secretos de Estado que Diego le había entregado ciegamente la noche de la venda, y que ahora llevaba consigo como una mercancía letal. De pronto, el andar de la formación pareció estabilizarse y un hombre alto, vestido con un sobretodo de paño impecable y anteojos oscuros a pesar de la luz difusa, se detuvo frente a ella en el pasillo del vagón.
—Buen día, Ana —saludó el individuo, quitándose los anteojos para revelar unas pupilas grises y desprovistas de calidez.
—Buen día. Tomé asiento, por favor —respondió ella, blindando sus facciones con una capa de absoluta frialdad profesional.
—Con el mayor de los gustos —el hombre se acomodó en el asiento de pana frente al suyo, cruzando las manos sobre las rodillas—. Hemos recibido de manera exitosa los archivos digitales que trajiste de la sede central de la agencia. Debo decirte que la cúpula está muy conforme; hiciste un trabajo verdaderamente destacado desarmando por completo las defensas del detective González. Lo tenés donde querés.
—Solo cumplí con mi deber y con las fases del plan trazado —acotó Ana, sosteniendo la mirada sin pestañear.
—De eso no nos queda la menor duda —afirmó el jefe con un tono firme, exento de cualquier rastro de elogio genuino—. Por eso mismo, evaluando la calidad de la información obtenida, la organización ha tomado la decisión irrevocable de seguir adelante con la investigación de campo y proceder de inmediato al vaciado absoluto del agente DG. Queremos exprimirlo hasta que no le quede nada.
Ana lo interrumpió de inmediato de manera inusual en ella, sintiendo de golpe un peso opresivo, caliente y extraño en el centro del pecho que le dificultó la respiración por un segundo:
—No estoy de acuerdo con esa directiva. El riesgo de ser descubierta allá adentro es cada vez mayor, detective González está empezando a mostrar signos de inestabilidad y los ojos de la división de archivos se están posando sobre nosotros.
El jefe de la organización la observó con una calma calculadora, helada, casi amenazante en su inmovilidad. El traqueteo del tren parecía acentuar la tensión entre los dos asientos.
—Vos sos una doble agente profesional infiltrada en esa sede, Ana. Fuiste reclutada y entrenada minuciosamente para llevar adelante situaciones de alta presión como esta. Necesitamos imperiosamente que continúes con el proceso de manipulación y le saques el resto de las claves de acceso.
Ana apretó el boleto de papel entre sus dedos ocultos dentro del bolsillo del tapado, sintiendo que la textura se deshacía por la fuerza del agarre. Por primera vez en toda su carrera clandestina, su voz amagó con mostrar un sutil temblor de resistencia:
—Evaluando minuciosamente la relación costo-riesgo en el piso… me niego rotundamente a seguir adelante con el vaciado de Diego.
El jefe arqueó una ceja con un gesto implacable, casi divertido por la insolvencia de la respuesta.
—¿El riesgo, Ana? Por favor, somos profesionales. Fuiste entrenada para superar cualquier variable en el terreno. Vos y yo sabemos perfectamente que no es el riesgo logístico de la agencia lo que te está deteniendo en este momento.
Ana desvió la mirada con rapidez hacia la ventanilla, esquivando la letal intuición de su superior, mientras el tren seguía su marcha veloz hacia Budapest. Afuera, el paisaje blanco y congelado se volvió un manchón borroso debido a la velocidad. En su fuero más íntimo, Ana sabía perfectamente que había cruzado una frontera definitiva, una línea sagrada que se había jurado mantener intacta cuando entró al negocio del espionaje. No era amor lo que sentía, jamás se permitiría a sí misma semejante debilidad mundana que nublara el juicio, pero la ferviente, oscura y apasionada relación carnal que mantenía con Diego, esa entrega física incondicional, salvaje y sin frenos de la que venían disfrutando, había terminado por generar un lazo invisible de posesión mutua en la carne. Cada dato confidencial que entregaba en este viaje transfronterizo se sentía ahora en su interior como una traición real a ese fervor compartido que la dominaba por completo cuando estaba entre los brazos del detective.