VÍctimas Del Deseo

16. Confío en Vos

Capitulo 16

El día transcurrió con una normalidad forzada. Todo parecía igual. Pero no lo era. Ana y Diego habían compartido el desayuno, y ese gesto —tan simple, tan cotidiano— había dejado una marca invisible. No en ellos. En el entorno.

En la agencia, las miradas comenzaron a repetirse. No eran directas. No eran evidentes. Pero estaban. Se sostenían apenas un segundo más de lo necesario. Se desviaban tarde. Se cruzaban entre sí. Nadie decía nada. Pero el rumor ya existía. Y lo peligroso del rumor... es que no necesita pruebas.

Ana se movía con precisión. Cada gesto medido. Cada palabra exacta. Cada expresión controlada. Era impecable. Pero no era suficiente. Cada vez que atravesaba un pasillo, sentía ese peso invisible. Como si alguien estuviera observando no lo que hacía... sino lo que ocultaba. Y eso era peor. Porque lo que había pasado no podía explicarse. Solo podía descubrirse.

Diego, en cambio, no evitaba. No se escondía. Había algo distinto en su postura. En la forma de caminar. En la manera de sostener las miradas. Más firme. Más presente. Más expuesto. La frase de la cafetería volvía, una y otra vez: "Confío en vos... y no sé por qué". No era solo una confesión. Era una decisión. Y ahora... una carga. Ana la llevaba consigo. No como recuerdo. Como presión. Cada paso dentro de la agencia parecía resonar distinto. Como si el espacio se hubiera reducido. Como si las paredes escucharan. El silencio entre ellos ya no protegía. Ahora los comprometía.

Ana no se movió. Sentía el pulso acelerado. No por miedo. Por certeza. Diego se acercó. Sin apuro. Sin disimulo. Apoyó una mano sobre el respaldo de su silla. Un gesto mínimo. Pero imposible de ignorar. No hablaban. Pero ya no podían fingir que no pasaba nada. El silencio entre ellos había cambiado. Antes era refugio. Ahora era pacto. Y los pactos... también se rompen. La grieta ya no era interna. Era visible. Entre el deber y el deseo. Entre la obediencia y la traición. Y en ese espacio... la caída ya no era una posibilidad. Era una dirección.

Al día siguiente, la inquietud había dejado de ser una sensación difusa. Diego no estaba confundido. Ya no. Había tomado forma. Dirección. Y ahora exigía una decisión.

Todo volvía al mismo punto. A ese momento en la cafetería. El aroma del café recién molido los envolvió apenas cruzaron la puerta. Cálido. Persistente. Familiar. Ana lo miró. Fue un gesto breve. Pero suficiente. Había algo ahí. Algo que ya no podían disimular.

Se sentaron. El murmullo del lugar los rodeaba. Voces superpuestas, tazas apoyándose, el golpe seco del portafiltro contra la máquina. Todo sonaba normal. Demasiado normal.

—¿Qué van a ordenar?

La voz del mozo los trajo de vuelta. Diego no dudó.

—Ana, ¿qué vas a desayunar?

El tono fue natural. Pero la exposición no.

—Un café doble y dos berlinesas.

Diego asintió.

—Para mí, un cortado y dos berlinesas.

El mozo se retiró. Y algo quedó flotando. Invisible. Pero evidente. Ana lo sintió. No dijo nada. Pero su postura cambió apenas. Más rígida. Más medida. Diego, en cambio, no retrocedió. Se mantuvo. Dueño de la escena. Y ahí empezó la diferencia. No en lo que hacían. En cómo lo sostenían.

Más tarde, en su oficina, Diego permanecía inmóvil. Mirando el techo. Repasando. Cada gesto. Cada palabra. Cada silencio. No era duda. Era reconstrucción.

El teléfono sonó. Seco. Inoportuno.

—Necesito que me des una explicación —la voz de Ana fue directa. Sin rodeos.

—¿Explicación sobre qué?

—Sobre tu decisión de hacer público lo nuestro.

Silencio. Breve. Pero suficiente.

—No fue solo mi decisión. Lo acordamos.

—No estoy dispuesta a exponerme de esta manera —la tensión creció—. Prefiero que todo termine acá.

Ahí sí. El golpe fue claro.

—¿Estás segura de lo que decís?

—Sí…

La pausa se extendió.

—Aunque todavía no lo decidí.

La contradicción quedó suspendida en el aire. Y Diego la escuchó. No como duda. Como confirmación.

—Nos encontramos en el departamento —su tono fue firme—. Y lo hablamos.

No era una propuesta. Era un paso.

Cuando cortó, el silencio volvió. Pero ya no era el mismo. Porque ahora… todo encajaba. La inquietud había cumplido su función. Ya no hacía falta. Porque lo que venía… no era una sensación. Era una decisión.

Y Diego estaba dispuesto a sostenerla.




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