Capítulo 17
Ya era más que tarde. Las agujas del reloj de pared avanzaban sin piedad, devorando la madrugada, pero la luz fluorescente de la oficina del detective Jorge Ibáñez aún permanecía encendida, recortándose como un rectángulo pálido en la penumbra del pasillo central. Detrás de la puerta pesada y firmemente cerrada, el mundo exterior había dejado de existir. Él y su compañera, Natalia, trabajaban codo a codo, totalmente compenetrados en un solo objetivo que los desvelaba desde hacía semanas: desentramar los hilos ocultos de una compleja operación clasificada que amenazaba con derrumbar los cimientos de la fuerza.
Cada uno estaba absorto en su propia tarea, rodeado de carpetas de cartón ajadas, cables cruzados y tazas de café frío que se acumulaban a un costado de los escritorios. El silencio que reinaba en la habitación era denso, ensordecedor; una barrera invisible que apenas se quebraba por el tecleo intermitente y el zumbido monótono de los monitores. El ambiente se sentía extenuante, cargado de una presión invisible provocada por las altísimas exigencias que demandaba el caso. Las horas de vigilia pesaban en los hombros de Jorge, y la rigidez en su cuello era el fiel reflejo de una entrega absoluta a la causa.
De pronto, la pantalla de Jorge parpadeó. Un cursor estático apareció en el centro de la pantalla negra y los gráficos de la base de datos desaparecieron por completo. El sistema se había caído.
—No puede ser. Justo ahora —reaccionó Jorge, descargando su frustración en un golpe seco sobre la madera del escritorio.
El exabrupto, cargado de una impotencia contenida, cortó el mutismo de la oficina y llamó de inmediato la atención de Natalia. Ella desvió los ojos de su propia pantalla y lo observó con curiosidad, arqueando una ceja al notar la rigidez de su rostro.
—¿Qué te sucedió que estás con esa cara? —preguntó, intentando descifrar el motivo de su enojo—. ¿Acaso a ti no se te cayó el sistema?
—No, yo aún sigo en red —respondió ella, extrañada, digitando un par de comandos para comprobar que su conexión permanecía intacta.
—¿Cómo puede ser? —se preguntó Jorge en voz alta.
Una extraña sensación de desamparo técnico lo invadió. Dirigió una última mirada de sospecha hacia su monitor apagado antes de volver a clavar sus ojos, fijos y cansados, en la figura de su compañera. Natalia suspiró, dejó caer las manos sobre el teclado y se reclinó lentamente en su silla de oficina, estirando los brazos para liberar la tensión acumulada en la espalda.
—Mira, lo mejor que podemos hacer es distendernos —dijo ella, y su voz sonó más suave, rompiendo por completo el tono profesional que los había distanciado durante el día—. Son muchas horas las que estamos dando vueltas sobre un mismo punto, Jorge. Necesitamos un break.
—Sí, es verdad —coincidió él, exhalando el aire contenido y relajando los hombros por primera vez en toda la noche—. Es necesaria una pausa para despejarnos. La mente ya no me responde.
—¿Y qué propones? —preguntó Natalia.
El tono de su voz bajó una octava, volviéndose sugerente, casi un susurro en medio de la oficina vacía. Su mirada, fija en los ojos de Jorge, insinuaba algo mucho más profundo, íntimo y definitivo que un simple descanso laboral. Era el quiebre de una compuerta que ambos venían sosteniendo a fuerza de profesionalismo y horarios compartidos.
Jorge la miró en silencio, asimilando el cambio sutil pero eléctrico en el aire de la habitación. El cansancio pareció esfumarse de su cuerpo, reemplazado por un pulso acelerado.
—¿Qué propongo? —repitió, más como una confirmación para sí mismo que como una respuesta.
Se puso de pie con lentitud. A medida que él se iba acercando al escritorio de Natalia, arrastrando los pasos en la penumbra, la distancia entre los dos comenzó a acortarse de una manera irreversible. Natalia no se quedó estática; se incorporó de su silla para enfrentarlo, sosteniéndole la mirada con una determinación que helaba la sangre. Cuando Jorge estuvo lo suficientemente cerca, ella acortó el último centímetro de distancia: lo tomó firmemente de la cintura, atrayéndolo hacia sí.
Jorge reaccionó de la misma manera, rindiéndose ante el impulso que tanto había callado. Sus brazos la rodearon con urgencia, buscando la calidez de su cuerpo. Comenzaron a abrazarse, a reconocerse fuera del rol de compañeros de armas. Los primeros besos fueron tentativos, pero en cuestión de segundos encendieron una temperatura que aumentó hasta volverse intolerable. La pasión contenida durante meses de encierro se multiplicó en el acto. El deseo más puro y carnal se apoderó de cada rincón del despacho, sumergiéndolos por completo en un mar de lujuria sin frenos, sin límites racionales, donde solo importaba el roce de la piel, la respiración entrecortada y el latido desbocado de sus corazones. El desorden de los papeles de la investigación quedó relegado a la nada absoluta; el caso ya no importaba.
Siguieron besándose con desesperación, ciegos ante el entorno, hasta que Natalia, con la respiración completamente agitada y el pulso temblando, comenzó a reaccionar. Apartó los labios con esfuerzo, aunque sin soltar el agarre de sus manos en los hombros de Jorge. Lo miró fijamente a los ojos, buscando un rastro de cordura en medio de la tormenta sensorial, y lo detuvo con una suavidad firme.
—Este no es el lugar indicado para nuestra primera vez —murmuró, con la voz entrecortada por la agitación.
Jorge la sostuvo por la cintura, sintiendo el calor que emanaba de ella y asimilando el impacto de sus palabras. El peso de la realidad caía de golpe, pero la verdad ya estaba dicha sobre los cuerpos.
—Tienes razón, no es el lugar indicado… —admitió Jorge, pegando su frente a la de ella, intentando regular el aire—. ¿Pero cómo frenar lo que uno contiene durante todo el tiempo que compartimos? ¿Cómo evitar abrazarte, besarte e ir por todo cuando te tengo así de cerca? ¿Cómo evitarlo, Natalia?