Capitulo 18
El movimiento habitual de la oficina de Diego se interrumpió a media mañana cuando la puerta se abrió y apareció Mari. No era un lugar donde solieran cruzarse, y bastó una sola mirada para que Diego entendiera que esa visita no era de cortesía. El aire de la habitación cambió de golpe, cargándose de una gravedad que anticipaba lo inevitable.
A pesar de la hora, la oficina estaba en penumbras, con las persianas americanas completamente cerradas. La lámpara del escritorio iluminaba apenas un círculo de papeles desordenados; el resto del espacio quedaba sumido en sombras. El tic-tac del reloj marcaba un ritmo constante. Pesado.
Diego estaba sentado, inmóvil. Intentaba leer, pero no podía. Las palabras no se fijaban en el papel. Su mente estaba en otro lugar. No era distracción; era obsesión.
Mari entró sin golpear, sin pedir permiso. Su presencia cortó el aire estancado del despacho. Se acercó al escritorio con paso firme, decidida. No venía a hablar; venía a confirmar.
Sin titubeos, se sentó sobre el borde del escritorio. Frente a él. Cerca, demasiado cerca, dejándolo atrapado entre sus piernas. La postura era insinuante, pero en el ambiente no había un gramo de deseo. Había control. Presión. Dominio. Diego lo sintió de inmediato, no en el cuerpo, sino en la absoluta falta de salida.
—Decime qué está pasando.
La voz de Mari fue baja, pero cortante. Diego levantó la vista, sorprendido. No por la pregunta, sino por la frialdad de la forma. Intentó sostenerse, buscar una coartada en el aire.
—No es lo que pensás…
—No me mientas.
Mari no se movió. No parpadeó.
—Me di cuenta hace tiempo —continuó ella, marcando cada sílaba—. Entre ustedes algo se estaba tejiendo.
El aire se volvió denso, casi irrespirable. Diego bajó la mirada hacia el círculo de luz del escritorio. No había margen. No en esa posición, no en ese momento. El encierro ya no era físico; era mental. Mari lo tenía acorralado.
—Sí… —la palabra le salió sola, casi como un desahogo amargo—. Hay una atracción.
Respiró corto.
—Me obsesionó. Me desenfocó.
Su voz bajó un tono más, perdiendo la postura.
—Puso en riesgo mi vida habitual… y mi profesión.
El silencio cayó sobre el despacho. Pesado. Definitivo. Mari lo observó fijamente, sin sorpresa, sin enojo. Lo miró con algo mucho peor: certeza.
—Lo sabía —su tono fue firme, frío—. Lo que tenía que ocurrir… ya ocurrió.
Se inclinó apenas hacia él, lo suficiente para invadir su último espacio de seguridad.
—Ahora lo que queda… es ver cómo lo resolvés.
Diego sintió el peso de esas palabras, no como una advertencia, sino como una consecuencia inevitable de sus actos. La oficina pareció cerrarse sobre sus hombros: el espacio, el aire, las opciones. Todo se reducía a ese instante.
Mari seguía ahí, sentada sobre el escritorio, dominando la escena y obligándolo a mirar de frente lo que tanto había evitado. El silencio volvió, pero ya no protegía a nadie; ahora exponía. Porque lo que había nacido como una sospecha, ya era una certeza desnuda. Y ya no había forma
de volver atrás.