VÍctimas Del Deseo

20. La Otra Cara de la Moneda

Capitulo 20

Dos mundos diferentes se hamacaban en la misma ciudad. Por un lado, el amor limpio y genuino que comenzaba a gestarse entre Jorge y Natalia bajo la luz del amanecer; por el otro, la cruda realidad que envuelve a Diego y Ana en la intimidad de su departamento. Son situaciones nacidas bajo el mismo contexto, pero que habitan diferentes realidades. La realidad que está viviendo Diego en este preciso instante es una sombra que lo perturba, que lo llena de dudas y le carcome el pecho tras el descubrimiento de un archivo clasificado. Un documento frío que la desenmascara por completo y deja en flagrante evidencia a Ana. Ya no quedan márgenes para el beneficio de la duda: ella tiene una doble identidad. Se trata de una decisión sumamente difícil de tomar, sobre todo cuando se trata de alguien que supo doblegarlo con astucia, que lo llevó deliberadamente hasta sus propios límites y que, sin obstáculo alguno, logró que él los rompiera sin escrúpulos.

Diego que en su mirada, siempre cargada de una devoción casi ciega hacia ella, apareció algo completamente nuevo. No era bronca descontrolada, no era el enojo impulsivo que nubla el juicio. Era decepción. Un dolor sordo, profundo, que desarma cualquier estructura interna.

Ana no lo notó, o simplemente no quiso verlo, confiada en el poder absoluto que ejercía sobre sus emociones. El descuido de ella había sido mínimo, un simple desliz al dejar la sesión abierta, un segundo de distracción en medio de tanta soberbia. Pero había sido suficiente para derrumbar el castillo de naipes. Y para Diego, que conocía al detalle cómo leer entrelíneas, ese descuido era todo lo que necesitaba para abrir los ojos. Esto no significaba un mero cambio de rol en la pareja ni el diseño de una nueva estrategia para sobrellevar la culpa. Era algo mucho más simple, más distante, más frío: la suerte. Y esta vez, por primera vez en mucho tiempo, la suerte jugaba de su lado del tablero. Había encontrado lo que tanto buscaba sin forzar los acontecimientos, sin arriesgar su posición y sin levantar sospechas. Ahora tenía material real entre las manos. Pruebas irrefutables. Algo concreto que podía sostener ante cualquiera y, sobre todo, ante sí mismo.

Ana lo miró desde la cama, manteniendo su postura firme, intentando recuperar el espacio de dominio que sentía que se le escapaba sutilmente en el silencio del cuarto.

—¿Te quedás conmigo esta noche? —preguntó, usando ese tono de voz que antes lo hacía claudicar sin remedio.

Diego no dudó ni un segundo. Se acercó a ella con pasos mecánicos, se inclinó y la besó. Fue un beso seco, desprovisto de cualquier intención, despojado del deseo que solía encenderlos. Un beso que sabía a despedida y a distancia.

—No.

Hizo una pausa tensa, sosteniéndole la mirada fría.

—Esta noche no.

Dejó correr otra pausa, permitiendo que el rechazo se asentara en el aire de la habitación antes de rematar:

—Nos vemos mañana en la oficina.

Porque lo que venía a partir de ahora no se hablaba; se hacía. Dio la vuelta y salió del departamento sin mirar atrás, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el pasillo.

Mientras caminaba apurado por las calles desiertas y gélidas de la madrugada, una frase grabada en su mente volvió a sucumbir su conciencia, repitiéndose como un eco molesto: «...confío en vos… y no sé por qué». Antes, cuando la pasión lo cegaba, esa frase había sido un impulso hermoso, una entrega total. Ahora, bajo la luz de la verdad, se revelaba como su mayor error.

«¿Cómo pude ser tan ingenuo?», se cuestionó en voz baja, apretando los puños dentro de los bolsillos del abrigo mientras el viento frío le golpeaba el rostro. «¿Cómo pude confiarle esto?».

No tenía respuestas lógicas para su propia estupidez. Y aun así, la frase maldita seguía ahí, flotando en sus pensamientos, recordándole su vulnerabilidad.

Ya en su oficina, se sentó detrás del escritorio y encendió apenas la lámpara auxiliar. El espacio estaba en un silencio absoluto. Frío. Controlado. Era exactamente el entorno que necesitaba para ordenar el caos que llevaba por dentro. Sin perder un minuto, comenzó a trabajar con una concentración rabiosa. Abrió carpetas, redactó notas manuscritas, realizó cruces de datos cronológicos y unió las ideas que venían flotando sueltas en su cabeza. El informe final empezaba a tomar forma en las páginas, pero sabía perfectamente que no era suficiente. Sabía que no estaba solo en esto; el peso de la paranoia lo hacía mirar la puerta de reojo. Sabía que lo estaban observando desde las sombras de la corporación. Y aun así, ya era tarde para el miedo. Había ido demasiado lejos, había visto información estrictamente clasificada y había cruzado un límite ético y profesional del que no había vuelta atrás.

Se detuvo un segundo, soltó la lapicera y pensó. El archivo era solo el principio. La verdadera clave de todo estaba en esa carpeta física etiquetada con las iniciales: DG. No alcanzaba solo el haber visto, Diego tenía que tenerlo en sus manos, definitivamente, para resolver el caso. Con ese documento su trabajo ya estaba resuelto.

Sin dudas de ninguna índole, sin interpretaciones cruzadas, sin dobles sentidos. Solo evidencia pura.

Ya en su oficina, habiendo abandonado a Ana sin contemplar en lo mínimo su actitud, la misma actitud, lo ordenaba, le daba la frialdad necesaria para calcular el próximo movimiento. Entre papeles desordenados, códigos y anotaciones rápidas, Diego empezó a trazar meticulosamente el plan. Uno que, lo sabía perfectamente, lo iba a llevar directo a tocar lo prohibido. Pero a esa altura de la noche, el peligro ya no importaba. Porque la decisión final estaba tomada. Y esta vez, pase lo que pase, no iba a retroceder.




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