Capitulo 21
El silencio en el despacho de Diego se rompió de la peor manera. El director se dirigió a su oficina sin anunciarse, con la impunidad que le otorgaba el cargo y la frialdad que arrastraba en cada paso. La puerta se abrió de golpe, un estallido de madera contra el tope que rebotó en las paredes desnudas. El sonido seco lo devolvió a la realidad, arrancándolo de los papeles que examinaba bajo la luz mortecina de la lámpara de escritorio.
El director se plantó en el umbral, con las manos apoyadas en el bastón, la silueta recortada contra el pasillo luminoso.
—¿Lo sorprendí, detective?
Diego ni siquiera parpadeó. Levantó la vista despacio, sosteniendo la mirada gris del hombre que controlaba sus movimientos. El pulso se mantuvo firme, aunque por dentro la maquinaria ya se había activado.
—No —respondió con voz neutra, acomodando los folios sobre la mesa con ademanes lentos—. Estaba ultimando detalles. El día fue largo, pero los cabos sueltos se están uniendo.
El director avanzó unos pasos. El eco de sus zapatos sobre el piso flotante pareció rellenar el vacío de la habitación. Se detuvo a un metro del escritorio, emanando un aroma rancio a tabaco y poder viejo.
—¿Ya tenemos resultados concretos? ¿O seguimos persiguiendo fantasmas en los pasillos?
Diego se tomó un segundo antes de contestar. El silencio que siguió fue una pulseada invisible.
—Sí —soltó al fin. Hizo una pausa dramática, dejando que el peso de la afirmación flotara en el aire—. Las sospechas quedaron confirmadas. Hay una doble identidad en juego. El entramado es real.
El director asintió lentamente, sin mostrar el más mínimo rastro de sorpresa. Sus facciones, endurecidas por los años de cinismo corporativo, permanecieron impasibles, como si ya hubiera anticipado el fango en el que estaban metidos.
—Buen trabajo —dijo, aunque el tono carecía de verdadera calidez. Era una orden de continuidad, no un elogio.
Diego no respondió de inmediato. Sintió el frío del metal del clip que sostenía las carpetas bajo sus dedos. Sabía que celebrar antes de tiempo en este negocio era firmar la propia sentencia.
—Aún no está finalizado —advirtió, entornando los ojos.
El director lo miró con una atención renovada, más aguda, casi rapaz.
—¿Qué falta entonces? Si la certeza ya está sobre la mesa, ¿qué nos detiene?
—Necesito una evidencia física, irrevocable —explicó Diego, inclinándose apenas hacia adelante—. Datos cruzados, registros que no puedan borrarse con un golpe de teclado.
El silencio entre ambos se volvió más denso, casi masticable. El aire de la oficina parecía haberse agotado de golpe.
—Es fundamental para respaldar el informe final —continuó Diego, manteniendo la voz baja, rozando el tono de una confidencia peligrosa—. Sin eso, cualquier acusación se disuelve en el primer juzgado. Necesitamos el golpe de gracia.
El director cruzó los brazos sobre el pecho, evaluando el riesgo en la mirada de su subordinado.
—¿Y cómo piensa obtenerla? Sabe perfectamente que esa información no está al alcance de cualquiera. Está blindada.
Diego sostuvo la mirada, sin desviar un milímetro sus ojos de los del viejo. Había cruzado una línea de la que no se volvía.
—Estoy elaborando un plan.
Respiró hondo, llenando los pulmones con el aire viciado de la oficina, buscando el eje de su propia determinación.
—Tiene que ser preciso. Milimétrico. En este punto de la investigación, no hay margen de error. Si fallamos, no habrá una segunda oportunidad para ninguno de los dos.
El director asintió con una lentitud casi ceremonial. La advertencia había calado.
—Me parece correcto —sentenció, descruzando los brazos—. No hay lugar para fallas, Morales. El costo de un traspié sería demasiado alto para esta estructura.
Se giró hacia la puerta con un movimiento ensayado, pero antes de salir, se detuvo a medio camino, perfilándose contra la penumbra.
—Si surge alguna novedad, por mínima que sea, notifíqueme de inmediato. No quiero sorpresas en mi escritorio a primera hora.
—Así será —concluyó Diego.
La puerta se cerró con un chasquido metálico que pareció sellar el ambiente. El silencio volvió a reinar en el despacho. Pero ya no era el mismo silencio de antes. No era la calma de la rutina; era la quietud que precede a la tormenta. Diego quedó inmóvil en su silla, con la mirada fija en la madera lustrada. Lo que sentía en el pecho no era duda. No había espacio para el arrepentimiento. Era presión pura, un peso físico que le oprimía las sienes.
Y en ese preciso instante, con la adrenalina dictando las reglas, tomó una decisión. Estiró la mano hacia el teléfono, sus dedos marcaron el número de memoria, casi por instinto. El tono sonó dos veces antes de que la línea se abriera.
—Hola, Mari.
La voz del otro lado llegó con una cadencia suave, pero despierta, rompiendo la rigidez de su aislamiento.
—Qué sorpresa… No esperaba tu llamada a estas horas, Diego. ¿Qué pasa?
—Necesito ayuda —soltó él, directo, desnudando la urgencia sin rodeos innecesarios.
La respuesta de ella fue inmediata, cargada de esa complicidad incondicional que los unía en los momentos más oscuros.
—Te doy las dos manos. Sabés que sí.
Diego esbozó una leve sonrisa, la primera de la jornada, sintiendo cómo una parte de la tensión acumulada en los hombros cedía ante la calidez de su aliada.
—Con una alcanza —bromeó a medias, recuperando el tono firme—. Subí a mi despacho. Ahora mismo.
—Ya voy. No me extrañes.
Mari llegó pocos minutos después. No golpeó; la confianza entre ambos prescindía de esas formalidades. Entró con paso firme, seguro, haciendo sonar sus tacos con una cadencia que a Diego siempre le había resultado extrañamente reconfortante. Cerró la puerta a sus espaldas, se apoyó contra ella y lo recorrió con la mirada, descifrando las marcas de cansancio y peligro en su rostro.