Capitulo 22
—¿A dónde vas tan apurado?
La voz y la pregunta repentina de Jorge descolocaron por completo a Diego, quien se dio vuelta titubeando, buscando una respuesta rápida al no haber detectado la presencia de su compañero en el pasillo.
—Tengo… una reunión en el tercer piso. Nada importante —respondió Diego, intentando forzar un tono casual que no convenció a nadie.
Jorge lo observó de arriba debajo de brazos cruzados.
—Acepto tu respuesta, pero tengo una lectura muy diferente de lo que veo —acotó Jorge, dando un paso al frente—. Dabas la imagen de alguien que va a ciegas tras una obsesión. ¿Me equivoco? —preguntó con un marcado tono irónico.
Diego apretó los dientes, incómodo, mirando de reojo cómo el indicador del ascensor marcaba que ya estaba por llegar a su piso.
—Es un tema largo para charlarlo en un pasillo, Jorge. Y menos en la puerta de un ascensor.
—En eso tenés total razón —concedió Jorge, cambiando el semblante y dándole una palmada en el hombro—. Te libero, andá tranquilo. Hacé lo tuyo.
—De acuerdo. Después te llamo —alcanzó a decir Diego mientras las puertas metálicas se abrían y se deslizaba dentro del cubículo.
Testigo silenciosa de toda la secuencia había sido la novata, Natalia López. En cuanto el ascensor cerró sus puertas y Diego desapareció de la vista, ella no dudó en romper el silencio con un comentario breve, pero punzante.
Mientras retomaban el rumbo por el pasillo, Natalia se inclinó hacia Jorge y le dijo en voz baja:
—Diego está enamorado. O peor que eso… está perdido.
Jorge sonrió de lado, asintiendo con la cabeza, sorprendido por la agudeza de su compañera.
—Hiciste bien en no decir nada delante de él —le reconoció Jorge, mirándola con aprobación—. Fuiste reservada, tu gesto fue preciso y tu observación es, sin duda, la indicada.
—¿Y se sabe de quién? —preguntó Natalia, entornando los ojos con curiosidad.
—Vaya a saber uno en qué lío se metió —respondió Jorge, restándole importancia al asunto de Diego para concentrarse en lo que realmente le importaba en ese momento. Se detuvo antes de doblar la esquina del pasillo y la miró con otra intensidad—. Hablando de amor… quiero que pasemos la noche juntos. ¿Qué te parece?
Natalia lo observó fijamente, dejando escapar una sonrisa sutil, misteriosa, de esas que manejan los tiempos con total madurez.
—Es una propuesta muy tentadora —respondió ella, sosteniéndole la mirada con complicidad—. Pero todavía no tengo una respuesta definitiva. Dejame ver cómo avanza la tarde y más tarde te confirmo.
Jorge la vio alejarse hacia su escritorio con paso firme, sabiendo que ese “más tarde” ya era una promesa silenciosa de que la noche sería de ellos. La relación, lejos de las urgencias y los secretos destructivos que asfixiaban a otros en ese edificio, seguía creciendo sobre un terreno firme.
Mientras tanto Diego abordaba el ascensor que lo esperaba con las puertas abiertas, derramando una luz blanca y quirúrgica sobre la alfombra gastada del pasillo.
Entró y se detuvo frente al tablero metálico. Los números brillaban en una hilera ordenada. Las opciones. Las direcciones que podía tomar su vida en los próximos minutos. Y entonces, de la nada, apareció la duda.
No, se corrigió de inmediato mientras apretaba los dientes. No era duda. Era tentación. Era ese magnetismo oscuro que lo empujaba hacia el peligro justo cuando más necesitaba mantener la cabeza fría.
Marcó el tercer piso.
El descenso fue un suspiro. Las puertas se abrieron con un siseo casi imperceptible y el pasillo de la fiscalía se desplegó ante él en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el zumbido de los tubos fluorescentes. Avanzó con las manos en los bolsillos, forzando una postura relajada, la máscara perfecta del hombre que solo pasa a saludar.
—Buenas tardes —dijo Eugenia, levantando la vista de la pantalla de la computadora al notar su presencia.
Diego se detuvo ante el mostrador de recepción, barriendo el lugar con una mirada rápida y ensayada.
—¿Está la detective? —preguntó, manteniendo el tono de voz en una línea neutral, casi casual.
Eugenia acomodó unos papeles y negó con la cabeza, dedicándole una mueca de disculpa.
—Acaba de salir. Hace apenas unos minutos.
Pausa.
El silencio en el recinto de Ana se sintió extrañamente denso, como si las paredes guardaran el eco de sus secretos.
—Dijo que ya no volvería por hoy —añadió la secretaria.
El gesto de Diego cambió. Fue un movimiento sutil, apenas un leve endurecimiento en la comisura de los labios, pero lo suficientemente visible como para demostrar una supuesta desilusión que, en realidad, le servía de fachada.
—Entiendo —respondió, tragándose la contrariedad—. Una lástima.
—Que tenga una buena tarde.
—Igualmente, Eugenia.
Se retiró sobre sus pasos, esta vez más lento, midiendo cada pisada. El impulso se había activado de nuevo en su pecho. Otra vez esa misma fuerza ciega, la misma tracción inevitable que lo arrastraba hacia el borde, la misma caída libre a la que se había acostumbrado en el último tiempo. Pero esta vez era diferente. Esta vez había un plan de fondo.
Volvió a su despacho, el refugio temporal donde la luz de la tarde empezaba a morir. Apenas cerró la puerta, el teléfono sobre el escritorio vibró, rompiendo la quietud. Lo levantó sin mirar la pantalla.
—Hola.
—Soy yo. Ana —la voz de ella llegó nítida, cargada de esa seguridad aplastante que siempre lo descolocaba.
—Pensé que ya te habías ido —mintió Diego, sentándose en el borde del escritorio—. Pasé por tu área hace un momento.
—Tenía algunas cosas que hacer.—respondió ella, y Diego pudo adivinar la sonrisa felina del otro lado de la línea—. ¿Andabas buscándome?
Pausa.
Diego dejó que el silencio trabajara a su favor, simulando una timidez o un agobio que ya no sentía. Tenía que morder el anzuelo que ella le ponía enfrente.