Capitulo 23
Ana se acomodó en el sillón de pana, cruzando las piernas con una elegancia felina. El roce de la tela de su vestido fue mínimo, apenas un susurro en la penumbra de la habitación, pero suficiente para captar la atención de Diego, que la observaba desde la sombra.
—Qué hermosa habitación —comentó ella, recorriendo el lugar con una mirada lenta, relamiéndose en el lujo discreto del entorno—. Es justo lo que esperaba para una noche como esta…
Hizo una pausa dramática, dejando que sus ojos oscuros se clavaran en los de él con una fijeza magnética, cargada de una promesa silenciosa.
—Y también te esperaba a vos, Diego. No sabés cuánto.
Diego se dirigió al minibar sin responder, buscando un refugio temporal en la acción física para terminar de acomodar sus pensamientos. Sirvió vino tinto en dos copas de cristal. El sonido del líquido cayendo y el tintineo sutil del hielo golpeando el vidrio fue lo único que rompió el silencio de la estancia. Al darse la vuelta, descubrió que Ana lo observaba con detenimiento, analizando cada uno de sus movimientos como un predador que evalúa a su presa. Ella notaba algo distinto en él; había menos duda en sus hombros, menos tensión defensiva y una aparente decisión de entregarse por completo a lo que estaba ocurriendo. Lo que Ana no sabía era que esa decisión no nacía de la sumisión, sino del frío cálculo de un hombre que necesita ejecutar una distracción perfecta. En su mente, un reloj invisible acababa de ponerse en marcha.
Ana se levantó del sillón y se acercó a él con pasos felinos. Lenta. Sin el menor apuro. El perfume sofisticado que la precedía inundó las fosas nasales de Diego; un aroma denso que funcionaba en su cabeza como una advertencia constante de la amenaza que ella representaba.
—Sabés que no podemos romper ciertos límites, Diego —murmuró ella, repitiendo la vieja advertencia corporativa, con una voz suave que buscaba arrastrarlo, aunque sus ojos gritaban exactamente lo contrario.
Diego la miró fijo, sosteniendo la copa a la altura del pecho.
—¿A qué límites te referís? —replicó él, con un tono firme que la tomó por sorpresa—. Porque para mí ya no hay límites por romper. Y si aún existe alguno en tu cabeza, hoy va a dejar de serlo.
Diego sostuvo la copa, acortando la distancia que los separaba, dejando que la tensión psicológica creciera en el escaso espacio que mediaba entre sus cuerpos.
—Los sentimientos ya cruzaron ese límite hace rato, Ana —dijo con la voz baja, dándole el pie definitivo para que ella se sintiera la dueña absoluta de la situación.
—La pasión se transformó en algo más —admitió ella en voz baja, casi susurrando cerca de su oído, embriagada por la aparente victoria—. No puedo negarlo. Ya no quiero hacerlo.
Diego sintió el peso real de esas palabras en el pecho. No lo sorprendían en absoluto; al contrario, le ponían la firma a su estrategia. Su actuación estaba siendo impecable. Ella se creía ganadora, pensaba que lo tenía acorralado en su propia red de seducción.
—Yo tampoco puedo ocultarlo —respondió Diego, sosteniendo la mentira con una intensidad pasional que nacía de su propia esencia, de esa capacidad suya para jugar en el barro cuando las papas quemaban.
Respiró hondo, sintiendo el calor que emanaba de la piel de Ana a escasos centímetros.
—Me resistí, Ana. Mucho tiempo.
—Pero ya no —remató ella con una sonrisa de triunfo, relamiéndose en su supuesto dominio.
El silencio volvió a instalarse en la habitación 406, pero esta vez era más denso, más cargado de una electricidad íntima y peligrosa. Ana tomó su mano libre, deslizando sus dedos finos sobre los de él. El contacto fue leve, pero definitivo, una sutil declaración de propiedad.
—Entonces… —hizo una pausa, recorriéndole el cuello con una mirada hambrienta—. Dejalo fluir, Diego. Olvidate del mundo afuera.
Diego clavó sus ojos en los de ella, dándole la última estocada psicológica:
—Quisiera que vos me hagas olvidar del mundo.
Sin mediar más palabras, Ana tomó la iniciativa, arrastrada por el deseo de poseer por completo la voluntad del hombre que tenía enfrente. Diego no se opuso; se entregó al aparente dominio de Ana, dejándola guiar los primeros movimientos del juego.
Con una sonrisa cómplice, ella se despegó apenas y lo miró de reojo.
—Me gustaría compartir un baño de espuma… ¿Te gusta la idea?
—Me encanta la idea —respondió él, sin dudar.
En ese mismo momento, Diego se alejó apenas para activar el mecanismo del jacuzzi. El agua comenzó a correr con fuerza, un torrente espumoso que llenó el espacio con un sonido blanco, aislando la habitación por completo del resto del universo.
—Dame un segundo —le dijo Diego, deteniéndose al borde de la tina mientras el vapor empezaba a empañar los espejos.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Ana, ladeando la cabeza con curiosidad.
—Quiero saber si el agua está en su nivel correcto.
Ana, sin esperar un segundo más, se levantó, se despojó de la tela y se metió dentro del jacuzzi, hundiéndose en la calidez del agua. Desde allí, rodeada de nubes blancas, lo miró con picardía.
—El agua está perfecta y la espuma en su punto —dijo, estirando los brazos sobre el borde—. ¿Qué hacés ahí parado?
Diego la observó desde arriba, dibujando una sonrisa socarrona en los labios.
—Es que te tengo miedo… jajaja.
La risa contagiosa de ambos invadió la habitación, rompiendo la última barrera de formalidad. Más distendidos, despojados de las máscaras externas, comenzaron a enredarse dentro del jacuzzi, ocultando sus cuerpos y sus movimientos bajo la espesa capa de espuma que flotaba en el agua templada. Las manos se buscaban a ciegas, reconociendo el terreno en un juego que parecía no tener fin.
La noche avanzó a partir de ahí sin apuro, sin necesidad de más palabras que empañaran el encuentro descarnado de sus sentidos. El tiempo perdió su forma cronológica entre las sábanas de la cama y el vapor que todavía flotaba en el aire, transformándose en una densa bruma donde los cuerpos se buscaban con una urgencia feroz.