Capitulo 24
Ana despertó con un sobresalto, con el corazón latiéndole con una fuerza desmedida en el centro del pecho. Abrió los ojos de golpe, pero la habitación de la suite 406 del Tower Hotel seguía envuelta en penumbras, sumida en una oscuridad artificial que solo dejaba adivinar los contornos del mobiliario pesado. El aire acondicionado soplaba un murmullo constante, monótono, inyectando un hilo de frío que le erizó la piel desnuda. Por puro instinto, extendió la mano hacia el costado de la cama, buscando el calor del cuerpo que la había acompañado hasta hacía unas horas, pero sus dedos solo acariciaron la sábana de hilo revuelta y fría. El espacio estaba completamente vacío.
Diego se había ido en absoluto silencio, deslizándose como una sombra entre las rendijas de la madrugada, dejándola sola en la inmensidad del cuarto. El perfume sofisticado de la noche anterior aún flotaba en el ambiente, espeso, mezclado con el aroma frutal del vino derramado sobre la mesa de luz y el eco lejano de una pasión que, entre sábanas y promesas mudas, se había transformado en una confesión descarnada.
Mientras Ana se incorporaba despacio, apoyando los codos en el colchón, el crujir seco de las sábanas rompió la pesada quietud de la suite. Sus ojos de detective, acostumbrados a registrar los detalles en la penumbra, recorrieron la habitación en un barrido mecánico. La copa con los hielos ya completamente derretidos, la ropa desordenada y tirada en la alfombra, el reflejo difuso de las luces de la ciudad recortándose contra el ventanal de vidrio tintado. Todo en ese espacio hablaba de una presencia potente, de un encuentro arrollador que ya no estaba. En ese instante, la ausencia física de Diego pesaba mucho más que el propio silencio de la noche.
Diego, en cambio, ya estaba lejos. Deambulaba por las veredas de la ciudad sin un rumbo fijo, con las manos hundidas en los bolsillos del saco y el cuello de la camisa levemente desabrochado. El rumor constante de los pocos autos que cruzaban las avenidas a esa hora, el olor dulzón y penetrante del asfalto húmedo por el rocío y el aire frío de la madrugada le golpeaban la cara, intentando despabilarlo. Caminaba para bajar las revoluciones, para procesar la descarga de adrenalina. De golpe, en medio de la neblina mental, la imagen de Luciana apareció en su mente con una nitidez violenta, provocando una reacción inesperada de urgencia y desamparo en su pecho. El contraste lo sacudió. Con un movimiento instintivo, estiró el brazo y detuvo un taxi que pasaba con la luz roja encendida. El motor del auto arrancó con un rugido seco tras subir él, un sonido metálico que lo devolvió de golpe a la realidad de sus obligaciones. Se dio vuelta en el asiento y se dirigió directo rumbo a su casa.
Eran cerca de las dos de la mañana cuando introdujo la llave en la cerradura. Al cruzar el umbral, el silencio sepulcral de la vivienda se convirtió en un ruido ensordecedor dentro de su propia mente, una marea de pensamientos que no podía callar. Aturdido, sintiendo la boca pastosa, caminó a oscuras hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua. El sonido cristalino del líquido golpeando el fondo del cristal lo acompañó en la penumbra como un recordatorio exacto de la limpieza que necesitaba.
Entró al baño de la planta baja cuidando de no hacer crujir el piso. Abrió la ducha con un chorro fuerte y caliente; el vapor comenzó a elevarse de inmediato, empañando los espejos y borrando cualquier rastro físico, cualquier olor ajeno o perfume clandestino que pudiera delatarlo. Al salir, con una toalla atada a la cintura, introdujo toda la ropa de la noche anterior dentro de la lavadora. Escuchó el zumbido del tambor empezar a girar: cada prenda era una evidencia molesta que desaparecía bajo el agua y el jabón químico.
Subió las escaleras descalzo. En el dormitorio matrimonial, Luciana dormía profundamente. El ritmo pausado e inalterable de su respiración era sereno, una balsa de paz completamente ajena a la tormenta de fuego y cálculo que Diego arrastraba en el cuerpo. Se deslizó debajo de las mantas con lentitud, sintiendo el frío de las sábanas limpias. Se acostó a su lado y, dejándose llevar por una necesidad imperiosa de conectar con algo real, comenzó a recorrer con una caricia suave y pausada la piel tibia de su esposa. Luciana esbozó una leve sonrisa, aún dormida, acomodando el cuerpo hacia su lado, como si las manos de Diego hubieran llegado directo a su esencia, al refugio de siempre. Pero al despertar por completo, la realidad interrumpió de golpe ese viaje íntimo.
Luciana parpadeó, acostumbrándose a la silueta de su esposo a su lado en la cama.
—¿Cuándo llegaste? No escuché nada —preguntó ella, con la voz adormecida, ronca por el sueño roto.
—Hace un rato —respondió Diego con un hilo de voz, manteniendo el rostro en la sombra—. Me di una ducha abajo y me acosté para no despertarte.
Luciana se dio la vuelta, apoyando la cabeza en la almohada para mirarlo de frente.
—¿Se puede saber de dónde venís a estas horas, Diego?
—De la oficina —mintió él, sin que le temblara un solo músculo de la cara—. Tenía que dar por concluido un caso que se había estirado demasiado. No podía dejarlo para mañana.
Luciana lo observó en silencio. Un silencio largo, pesado, que se llenó rápidamente con el tic-tac monótono del reloj de pared y el murmullo lejano de la ciudad que entraba por la rendija de la persiana. La mirada de ella buscaba algo en los ojos de Diego, una grieta, una inconsistencia. Su voz, poco a poco, se volvió más firme, perdiendo la bruma del sueño:
—Tu trabajo últimamente te demanda demasiado tiempo, Diego, y te está alejando cada vez más de tu familia. De nosotros. Elijo creerte porque te amo, aunque cada vez me cuesta más trabajo sostener esa venda en los ojos.
Diego permaneció frío, inmutable, como un témpano de hielo en medio del océano. Su mente operaba con una desconexión aterradora. En cuestión de minutos, había pasado del fuego ardiente que encendió en el hotel a la distancia helada que ahora se instalaba de manera definitiva entre ellos en el cuarto familiar.