Capitulo 26
En el despacho que compartía Jorge y Natalia se percibía la energía que ellos generaban .
El orden y la estructura que caracteriza al detective Jorge Ibáñez hace que los momentos signados a la labor que ambos llevan a cabo.
En cambio con una personalidad extrovertida y audaz Natalia logra que en ese mismo despacho por momentos el amor sea protagonista.
El complemento se destaca ambos se complementan Y eso queda reflected en sus caras y gestos.
Son libres de ser y esa libertad se demuestra en cada situación en que ambos confluyen.
Jorge y Natalia cautivos por los sentimientos que los une viven un momento totalmente opuesto al de sus compañeros de trabajo.
En la penumbra del bar irlandés que no tenía nada de especial en apariencia, pero sí funcionaba como un refugio para Diego y Mari. El aire flotaba espeso, impregnado de una música baja que se perdía entre los murmullos de los parroquianos El aroma de la cerveza tirada y una luz tenue, de un tono ámbar, lo envolvía todo, especialmente el rincón elegido por ambos.
Mari lo había sugerido con una naturalidad casi excesiva al final de la tarde, y Diego había aceptado. No lo hizo por un interés real, sino por esa inercia brutal que lo venía arrastrando en los últimos días, una necesidad de huir de su propia casa, de la mirada inocente de Luciana y del fantasma de Ana que parecía perseguirlo en cada esquina. El lugar estaba lleno, pero la atmósfera no resultaba invasiva; cada mesa parecía habitar su propio universo aislado.
Conversaron sobre el trabajo. Las palabras iban y venían, rozando apenas la superficie de lo cotidiano, sin profundizar en nada verdaderamente importante. Era una coreografía segura, un anestésico para el pecho devastado de Diego. Sin embargo, Mari no era una observadora casual. Lo miraba en silencio entre sorbo y sorbo, analizando la rigidez de sus hombros, la fijeza de su mirada que se perdía en los vasos de la barra, esperando el momento exacto para quebrar la puesta en escena.
—No estás acá —dijo ella de pronto, rompiendo el hechizo de la charla superficial con una precisión de cirujano.
Diego levantó la vista, parpadeando, intentando enfocarse en los ojos de ella, forzando una sonrisa que no llegó a formarse.
—Estoy. Claro que estoy.
—No —respondió Mari con una tranquilidad que desarmaba, apoyando los brazos sobre la mesa de madera—. Estás en otro lado. Tu cuerpo está acá, pero tu cabeza quedó atrapada en alguna parte de la que no podés salir.
El silencio que siguió fue una confesión absoluta que Diego no se molestó en negar. Sentía el peso de la noche anterior calando hondo en sus huesos. Salieron del bar antes de lo previsto, empujados por una incomodidad invisible pero densa. Bajo la frialdad de la noche de la ciudad, mientras el viento les golpeaba la cara en la vereda, Mari lo miró fijo y lanzó la pregunta definitiva, barriendo las últimas defensas:
—¿Oficina?
Diego dudó apenas un segundo antes de responder. Ir a la oficina significaba mantener las distancias, proteger el último reducto de su cordura. Pero el deseo de escapar de sí mismo era más fuerte.
—No. Al departamento.
Ese “no” rotundo lo cambió todo, acelerando las pulsaciones de una noche que ya no tendría retorno.
El departamento los recibió envuelto en un silencio absoluto, una boca oscura que parecía tragarse el ruido de la calle sin necesidad de transiciones ni excusas. Mari dejó su abrigo sobre el respaldo del sillón con un movimiento pausado, deliberado. Diego hizo lo mismo, pero sus movimientos eran más mecánicos, más pesados. La distancia física entre ambos se había vuelto casi inexistente en el espacio confinado de la habitación, pero la distancia mental seguía siendo un abismo. La tensión no necesitó aparecer de golpe, porque ya estaba allí, impregnando el aire de una lujuria reprimida.
Mari se acercó primero. No hubo necesidad de un contacto físico inmediato para sentir la vibración que emanaba de su cuerpo, un impulso ganado por el deseo que le quemaba los sentidos y la empujaba a buscar refugio en la piel de Diego. Él respondió con decisión, sin dudar; ya no había nada que pusiera freno a sus manos. De pronto, los movimientos sutiles y calculados desaparecieron, poseídos por un fervor intenso liberado por ambos. Todo se tornó vertiginoso, buscando estremecerse el uno al otro en una entrega cruda, cargada de una urgencia que buscaba anestesiar la mente a través de la piel.
En el punto más álgido del encuentro, el ruido de la llave girando en la cerradura y el sonido de la puerta abriéndose rompió el aislamiento. El ingreso al departamento fue tan inesperado como oportuno, congelando una imagen que quedó grabada de inmediato en la retina de Ana.
Diego y Mari reaccionaron interrumpiendo el movimiento, girándose apenas para observar cómo Ana, con una parsimonia inquietante, tomaba asiento en la silla del rincón, cruzándose de piernas y reclinándose en el respaldo. Lo que aparentaba ser un momento de incomodidad absoluta terminó convirtiéndose en un catalizador que aumentó la intensidad en el aire.
—Sigan con lo suyo. Disculpen si los interrumpí, no era mi intención —dijo Ana, con una voz que era un susurro firme.
Ante el silencio estupefacto de ambos, ella insistió, dominando la escena con su sola presencia:
—No me digas nada, Diego. Tampoco tenés por qué decirlo. Solo sigan, no se detengan. Y vos, Diego… permitite ser vos.
La sorpresa inicial mutó en algo más oscuro. Desafiados por la mirada atenta de Ana y arrastrados por el morbo de lo inevitable, Diego y Mari retomaron el contacto, pero el eje de la habitación ya había cambiado. Ana inclinó apenas la cabeza, captando el mensaje implícito en el aire, acortando la distancia psicológica que los separaba. Una leve sonrisa, cargada de misterio y triunfo, se dibujó en sus labios. Se levantó de la silla con lentitud y avanzó, sin apartar los ojos de Diego, ignorando por completo la presencia de Mari.