VÍctimas Del Deseo

28. Caso Cerrado

Capitulo 28

Al llegar a su oficina, Diego tomó el teléfono con un movimiento seco y marcó el número que daría inicio al cierre de la partida. El tiempo de la teoría había terminado; ahora solo quedaba la ejecución pura y fría.

—Mari, todo está dispuesto para que entres en escena —sentenció Diego, con la voz firme del estratega que sabe que cada segundo cuenta.

—Ni bien cortes, pongo en marcha lo planificado —respondió ella, con la misma determinación metálica—. Espero tu señal.

Cortaron la comunicación y Mari movió su pieza en el tablero invisible. Sin perder un segundo, llamó directo al interno de Ana.

—Hola, Ana.

—¿Quién habla? —la voz de la detective sonó alerta, con la guardia alta de manera instintiva.

—Soy Mari. Necesito hablar con vos.

—¿Sobre qué?

—Es un asunto meramente laboral, urgente. Te espero en mi despacho —respondió Mari, sin ofrecer una sola grieta de información que permitiera a la otra prepararse.

Ana, aunque intrigada por el tono de la jefa de personal, aceptó el encuentro.

—Termino con algo pendiente y voy —respondió. Pero antes de cortar, añadió un detalle con una naturalidad ensayada—: ¿Te parece si merendamos en tu oficina? No tuve tiempo de nada hoy.

—Claro, te espero —aceptó Mari, sellando la trampa.

Ana colgó, se giró hacia su asistente y le dio una orden precisa, casi mecánica:

—Eugenia, ¿me buscás en la cafetería dos cortados y cuatro berlinesas? Por separado, si es posible.

—Sí, cómo no —asintió la asistente, levantándose de inmediato.

Salieron juntas de la oficina y subieron al ascensor en un silencio cargado de una tensión sorda que solo una de ellas comprendía.

—Te espero directamente en el despacho de la jefa de personal —le indicó Ana a Eugenia antes de que las puertas se abrieran en el piso correspondiente.

—De acuerdo —asintió la asistente, alejándose por el pasillo hacia las escaleras de la cafetería.

En el preciso instante en que Ana caminaba por el pasillo hacia la recepción de Mari, el teléfono de esta última vibró sobre el escritorio. Era una señal muda, pero letal. Mari atendió, sabiendo que el tiempo corría.

—El plan está en marcha —susurró Mari al aire, divisando la silueta de la detective a través del vidrio.

Del otro lado, Diego no respondió; simplemente cortó. El camino estaba limpio.

Subió al tercer piso con paso seguro, aprovechando el vacío del pasillo, y se deslizó dentro del despacho de Ana. El escritorio lo recibió con un orden perfecto, casi antinatural, cargado de expedientes alineados con precisión quirúrgica. Pero Diego no buscaba papeles comunes. Sus ojos recorrieron el santuario hasta que lo vio: el bolso de Ana. Aquel objeto que guardaba los secretos y las pruebas que ya no necesitaban ser contados. No dudó. Con un gesto definitivo, lo abrió, extrajo el informe confidencial que la detective custodiaba con recelo y salió sin dejar más rastro de su presencia, llevándose consigo la prueba final.

De regreso en su propia oficina, Diego comenzó a cerrar el informe definitivo para la empresa. Todo estaba en condiciones, limpio y listo para ser elevado al directorio. Preparó el triplicado con la frialdad técnica de quien acaba de completar una misión.

Mientras tanto, la reunión en el piso de personal terminaba y Ana regresaba a su sector. Eugenia ya la esperaba en la recepción con la bandeja de la cafetería. En apariencia, todo estaba en su lugar, pero en cuanto Ana cruzó el umbral de su despacho y se acercó a la mesa, un detalle mínimo, casi imperceptible para cualquiera que no fuera ella, la golpeó de frente: la pila de expedientes sobre su escritorio se había desplazado apenas unos milímetros. Estaba desalineada.

Alguien había irrumpido en su búnker. La sospecha se convirtió en certeza instantánea cuando revisó su bolso y confirmó el vacío.

No dudó un segundo. Sabiendo que el juego había terminado y que la red se estaba cerrando, tomó sus pertenencias restantes y se dirigió a la puerta con una urgencia contenida, manteniendo la barbilla alta.

—Salgo un rato… no me demoro —le dijo a Eugenia al pasar por la recepción.

Serían sus últimas palabras en ese edificio. Ana no iba a volver.

Poco después, el teléfono de Diego sonó. Era Mari confirmando el éxito rotundo de la maniobra.

—¿Novedades?

—Todo resuelto. Acaba de irse —respondió ella, dejando escapar un suspiro de satisfacción profunda.

—Diego, esto merece un festejo —propuso Mari con otro tono, más distendido.

—Estoy totalmente de acuerdo.

Se encontraron minutos más tarde en el hall central de la planta baja. Sus miradas se cruzaron con la chispa de la complicidad recuperada tras semanas de secretos y, casi al unísono, como si el instinto los guiara al mismo refugio, pronunciaron el destino:

—Bar irlandés.

Sonrieron, compartiendo el alivio de la victoria y el peso del secreto que ahora los unía. Para ellos, al menos en los papeles y ante el directorio, el caso estaba cerrado.




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