VÍctimas Del Deseo

29. Jaque Mate

Capitulo 29

Definir un comportamiento habitual como un patrón de conducta no es un acto prematuro; es una deducción elocuente. Diego había impuesto su control de forma implacable, cerrando cada grieta y sin concederle a su entorno el menor margen de maniobra. Pero en ese punto crítico, tras elevar los informes y asegurar las piezas del tablero, sintió la necesidad imperiosa de regresar a su verdadera esencia. Desde esa misma naturaleza indomable, tomaría las decisiones finales.

El festejo en la penumbra del bar irlandés pronto se transformó en algo más profundo, una descarga de adrenalina contenida durante semanas. Entre los murmullos de la clientela y las luces mortecinas, Diego y Mari se abrazaron con un fervor apasionado que ya no encontraba diques que lo contuvieran. El alivio de la victoria técnica los empujó a buscarse con urgencia. Salieron del lugar casi sin hablar, arrastrados por una corriente magnética, y se dirigieron directo al departamento. El mismo escenario donde, días atrás, un triángulo perturbador se había establecido por un instante para quedar desarticulado casi al mismo tiempo.

Mientras caminaban apurados bajo la frialdad de la noche, el celular de Diego vibró en el bolsillo de su saco. Se detuvo bajo un farol. Al ver la pantalla, una punzada de intriga le recorrió la espalda. Atendió en silencio.

—Por favor, no me cortes. Escúchame, solamente escúchame —la voz de Ana sonó urgente al otro lado de la línea, quebrada por la distancia pero sosteniendo una firmeza de hierro.

Diego guardó un silencio sepulcral, escuchando el eco de la ciudad detrás de ella.

—Debo reconocer que tu plan resultó —continuó la detective, sin esperar una respuesta que sabía que no vendría—. No sé cómo, pero lo has logrado. Me has desactivado por completo del tablero. Por lo tanto, solo te digo... adiós.

La comunicación se cortó abruptamente, antes de que él pudiera articular una sola palabra. Era la misma frialdad que Ana había demostrado tantas veces en el despacho del tercer piso. Una pasión sin miedos a los extremos la habitaba, una fuerza latente que no la abandonaba ni siquiera en la derrota absoluta. Vencida, pero jamás rendida, Ana siguió su camino hacia el exilio de una nueva identidad, distanciándose para siempre de quienes, en otro rincón de la ciudad, saboreaban el triunfo.

Diego guardó el teléfono, asimilando el impacto de esas últimas palabras, y miró a Mari. Ya no había fantasmas persiguiéndolos.

Al cruzar el umbral del departamento, la penumbra los envolvió y la pasión se adueñó de inmediato del clima de la habitación. Diego y Mari dieron rienda suelta a sus sentidos, despojados de tapujos, de sospechas y de remordimientos. Fue un encuentro carnal y voraz, una comunión de cuerpos que buscaba celebrar la supervivencia en medio del caos.

—¿Cómo sigue todo esto? —preguntó Mari mucho después, rompiendo el espeso silencio de la madrugada mientras descansaba con la cabeza en su hombro, envuelta en la calma del postrimerio.

—¿En qué sentido? —inquirió Diego, con la vista fija en las sombras que proyectaba el ventanal, sintiendo el latido pausado de su propio pecho.

—En el único sentido que realmente importa... —Mari se incorporó levemente, mirándolo fijo a los ojos—. ¿Qué vas a hacer con Luciana?

Diego guardó silencio un instante. Pero esta vez no era el silencio de la culpa, ni el de la duda moral que lo había devastado en la habitación 406; era el silencio de una certeza profunda y oscura que terminaba de cristalizar en su interior. Miró hacia la nada y una sonrisa casi imperceptible, fría y segura, se dibujó en sus labios.

—No tengo que definir nada, Mari —respondió finalmente, con una voz cargada de una seguridad nueva, despojada de máscaras—. Porque ahora tengo más claro que nunca cómo seguir adelante.

Se incorporó en la cama, dejando que la claridad de su propia naturaleza lo invadiera por completo. Esa lucidez le permitía, por primera vez, dar total libertad a sus pensamientos. Su esencia no se había roto; se había fortalecido, alimentada precisamente por el riesgo y la dualidad.

Comprendió, con una calma inquietante, que una existencia desprovista de peligro, de esa adrenalina constante que te mantiene suspendido al borde del abismo, no era vida para él; era simplemente una forma lenta y previsible de marchitarse en la rutina. La seguridad del hogar era un desierto estéril donde nada crecía. La pasión, con su doble filo y sus secretos, era el agua que le daba vida a ese desierto. Un caudal salvaje que, a partir de esa noche, ya no tendría límites.




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