Victoria

Parte I - Capitulo I: Nueva Lumen.

Año 870.

Una brutal invasión asolaba la tierra de las Bestias. El reino de los Esqueletos —hijos de Victoria— había decidido que era hora de expandir su dominio y tomar nuevos prisioneros. Aquella región, montañosa y árida, era ahora un campo de muerte: la arena teñida de rojo y los cuerpos mezclados en un festín de polvo y sangre.

—¡Kirio! —gritó una voz áspera entre el estruendo del combate—. ¡Vamos, maldito saco de huesos! ¡Debemos avanzar e infiltrarnos en el fuerte! ¡Es nuestro momento, deja de dormir, holgazán!

El aludido, un soldado esqueleto de armadura gastada, estaba recostado en una silla, los pies sobre una mesa improvisada, disfrutando de una siesta mientras sus compañeros luchaban. Ante los golpes insistentes en sus botas, Kirio pegó un salto, cayendo de pie sobre la mesa con un estruendo metálico.

—¡No me despiertes, hijo de perra! —gruñó, con una voz hueca que resonó como hierro golpeado—. ¿Acaso no sabes que el sueño de un guerrero es sagrado?

—Ya cállate y muévete —replicó su compañero con fastidio.

Kirio esbozó una sonrisa ladeada.

—Está bien, está bien… —bostezó— ya voy.

Kirio descendió de la mesa con un salto ágil. Tomó sus dagas y las hizo girar entre sus huesudos dedos como si fuesen simples ramas arrancadas de un árbol. El filo silbó en el aire con precisión perfecta. Tras mostrar su destreza, las guardó en sus fundas cruzadas y se colocó un manto negro que cubría su cabeza. En el centro, bordado en rojo, brillaba el símbolo de Victoria, su diosa y señora.

Kirio y su compañero salieron de la carpa. Al instante, los demás soldados esqueléticos detuvieron lo que hacían y lo observaron. Un murmullo creció entre ellos, hasta volverse un grito unísono que estremeció el aire.

¡Kirio! ¡Kirio! ¡Kirio! ¡Kirio!

Las voces huecas resonaban como un tambor de guerra. Por un momento, las esperanzas regresaron a los guerreros de hueso. La batalla parecía perdida: los soldados Bestia eran enormes, brutales, auténticas montañas vivientes. Un solo enemigo podía destruir a más de diez esqueletos con sus garras o su fuerza descomunal. La diferencia de poder era abismal.

Kirio se adelantó, situándose en el centro de los pocos soldados que aún quedaban en pie. Su mirada ardía como fuego dentro de sus cuencas vacías. Entonces habló.

—¿Por qué esas caras largas? —gruñó Kirio, observando a sus compañeros—. ¡Aún no hemos perdido! Vamos, cabezas huecas, ¡demuestren que son dignos del poder de Victoria!

Las risas resonaron entre los soldados, secas, huecas, como el chasquido de huesos golpeando metal. En medio del alboroto, un oficial se acercó con paso firme.

—¿Vas a combatir o seguirás perdiendo el tiempo? —preguntó con tono cortante.

Kirio se encogió de hombros.

—Sí, sí… ¿qué tengo que hacer? —respondió, casi con desgano.

Otro soldado llegó portando un mapa enrollado. Lo desplegó sobre una mesa improvisada y señaló con el dedo.

—El frente está perdido. Necesitamos que captures este fuerte. Si bordeas las montañas, llegarás en poco más de dos días. Pero cuidado… el camino está plagado de enemigos.

Kirio sonrió con esa mezcla de ironía y arrogancia que lo caracterizaba.

—No te preocupes por eso —dijo—. Me encargaré de todos.

Comenzó a marcharse cuando el comandante volvió a llamarlo.

—Una cosa más, Kirio. Tendrás que ir solo.

Kirio se detuvo y giró lentamente.

—¿Solo? ¿Por qué carajos?

—Estamos perdiendo demasiados hombres. No pienso sacrificar otro pelotón intentando alcanzar el fuerte —respondió el comandante, con la voz tensa.

Kirio suspiró, ajustándose el manto.

—Está bien… —murmuró, y se marchó sin mirar atrás.

Una fuerte explosión sacudió el campamento, interrumpiendo de golpe la conversación. El suelo tembló bajo sus pies y una lluvia de polvo cayó del techo de la tienda.

—¿Tienen un mago? —preguntó Kirio, con el tono grave por primera vez—. ¿Aún hay magos en estas tierras?

—Así es —respondió el comandante—. Pocos… pero aún existen.

—Mierda… —murmuró Kirio, y su expresión despreocupada se tensó por un instante.

—¿Ocurre algo? —preguntó el comandante, notando el cambio en su voz.

—No… no, no es nada —respondió Kirio, intentando disimular.

El comandante asintió, aunque no parecía convencido.

—Por cierto, toma esto —dijo, entregándole un pequeño artefacto que emitía una luz roja palpitante—. Cuando llegues al fuerte, actívalo.

Kirio lo examinó con desdén.

—Ah… otra de esas baratijas de guerra. Está bien.

En ese momento, un caballero esqueleto irrumpió en la carpa, jadeante y cubierto de polvo. —¡Vamos a perder! —gritó—. Señor, le ruego que ordene la retirada. ¡No es solo un mago! ¡Son cinco! Por su culpa hemos perdido a cientos.

—¿Cinco? —repitió el comandante, incrédulo.

—¡Se lo aseguro, mi señor! ¡Los he visto con mis propios ojos! —exclamó el caballero, con el semblante descompuesto por el terror.

Una nueva explosión, más violenta que la anterior, los sacudió de pies a cabeza. El sonido fue ensordecedor. Las telas de las tiendas se agitaron como si el aire ardiera, y durante un instante, incluso los soldados esqueléticos —que no conocían el miedo— parecieron dudar.

—¡Alisten sus armas! ¡Ha llegado nuestro momento! —rugió el comandante, tratando de recuperar el control entre las explosiones.

Pero el caballero esqueleto volvió a irrumpir, desesperado. —¡Por favor, señor, se lo pido…!

No alcanzó a terminar la frase. Un sonido seco, apenas un suspiro de metal cortando aire, y una daga se incrustó en su cráneo. El silencio cayó de golpe. El cuerpo del soldado se desplomó con un golpe sordo, y todos los presentes miraron a Kirio.

—Ahora sí —dijo él, con voz tranquila—, sin interrupciones. Iré al fuerte. Aguanten todo lo que puedan, muchachos. Confío en ustedes.




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