Vida

VIDA

     «La vida debe continuar», había oído una vez. Aún podía recordarlo como si hubiese sido ayer, pronunciando aquella última frase con sus labios secos y rasgados en un susurro, como si retase al universo entero a llevarle la contraria, gesto que contrastaba fuertemente con el aspecto de fragilidad que transmitía. Lo había dicho con tenacidad, no como una petición, sino como una orden que yo debía cumplir, porque era su última esperanza, la de ella y la de todo el mundo. Sí, aún después de los ciento treinta y cinco años que me separaban de aquel recuerdo, lo tenía gravado con detalle, aunque para algo que ha sido creado para tener una memoria eidética, recordar no era nada especial.

     «La vida debe continuar», había dicho antes de cerrar sus ojos para siempre. Sí, lo recordaba bien.


 

     Caminaba con lentitud, y a cada paso su rostro se contraía en una mueca de dolor. Hacía ya un par de horas que permanecía en silencio, simplemente arrastrando los pies con debilidad, los cuales rozaban, descalzos y rojizos, la tierra árida acompañada de diminutas piedras que se le clavaban en la carne como cristales, aunque ella intentaba no quejarse. Se había deshecho de su calzado un par de días atrás, cuando a uno de ellos se le había desprendido una suela por el uso y se le había hecho inservible. Algo parecido ocurría con sus prendas de vestir, harapos hechos jirones que apenas cubrían la piel maltratada, de un color gris oscuro que en un pasado había sido blanco.

     Tosió, y al hacerlo se contrajo en sí misma soltando un leve gemido. Me hizo un ademán para que nos tomásemos un descanso y yo obedecí, quedándome al lado del lugar en el que mi dueña había decidido sentarse.

     Quitó la mochila que llevaba a sus espaldas y la abrió. Removió en su interior desesperada, arrojando fuera las latas y botellas vacías, buscando algo con lo que saciar su estómago. Vi como su mano se volvía un puño y como se lo llevaba a la boca para morderlo con fuerza, intentando que el dolor la evadiera de la realidad. Unos segundos después, apartó la mano dejando ver la sangre que fluía entre sus dedos. Sacó de la mochila una pequeña lata de comida y la abrió. En un pasado abría racionalizado el alimento para que le durase todo el día, pero ahora ya no era así, comenzó a comer salvajemente, sin preocuparse por los duros días que aún la esperaban. Aunque no serían muchos. No, no viviría mucho tiempo más.

     Una vez acabó la lata, se quedó observándola con los ojos perdidos, como si estuviese muy lejos de allí, en otro lugar, en otro tiempo.

     —No creo que fuera su culpa —dijo observando aún la lata vacía—. No, no lo creo. Él sabía que iba a ocurrir, pero se dio cuenta tarde. Aún lo recuerdo. Me llamó gritando, estaba muy pálido, me dijo que me metiera en el bunker, pero no era uno normal. Me prometió que volvería pronto. Pero no lo hizo—. Suspiró y alzó los ojos, contemplando con pesadumbre el paisaje—. Echo de menos el color verde, no me gusta el gris... No me gusta el polvo gris que ahora cubre toda la tierra, porque hace que todo huela a muerte.

     Observé el paisaje. Ya no había rastro de agua, sólo en el cielo las espesas y oscuras nubes impedían ver un azul claro, pero hacía meses que no llovía, incluso antes del incidente. Tampoco había ya vegetación, sólo estaba la hierba seca y los árboles muertos. Un paisaje desolado, sin vida, pero lo que ella veía era la propia muerte.

     La tierra se moría junto con mi dueña.

     Removió la mochila de nuevo, buscando algo diferente. Sacó de uno de los bolsillos una pequeña bolsa de piel que aferró con fuerza. Después se levantó.

     —Vamos — dijo caminando de nuevo mientras atrás dejaba la mochila ahora vacía. Y el reloj comenzó a contar el tiempo que le quedaba.

     Sin agua y sin comida, con un largo camino por delante y un calor asfixiante para un humano, las probabilidades que llegase a la montaña antes de que desfalleciera eran nulas. No lo iba a lograr, porque al igual que la tierra ella también iba a morir. A penas tenía ya color su piel, y pegada a sus huesos dejaba ver una extrema delgadez que hacían que sus posibilidades se redujesen, si cabe, todavía más. Pero ella no se rendía, se aferraba a la pequeña bolsa de piel y seguía adelante.

     Los días siguientes continuaron igual, la única diferencia sustancial era que mi dueña estaba cada vez más débil y cada día le costaba más respirar. «El aire es cada vez más denso», decía ella mirándome un segundo, luego fingía una sonrisa y continuaba andando.

     Cuando llegaba la noche buscábamos un lugar y ella se quedaba dormida por puro cansancio. «Buenas noches», decía antes de entregarse a las pesadillas, tal vez intentando aferrarse a algo de su pasado. Yo me desconectaba, pues funcionaba con la energía solar y aunque podía guardar un poco de energía pronto me descargaba. Aún así, en medio de la noche solía activarme de nuevo para observar la oscuridad, a veces las nubes me permitían ver las estrellas, nunca las había visto con tanta intensidad por causa de la contaminación lumínica. Me gustaba observarlas porque me hacían creer que en mí había más que circuitos y metal, pero sabía que eso era imposible. Yo no era más que una máquina antigua, ni siquiera era uno de los últimos modelos que habían salido al mercado antes del incidente. No. Yo pertenecía al tiempo del padre de mi dueña, pero como me habían tomado cariño no se había desecho de mí cuando había quedado anticuado con el paso de los años. Tal vez fuese porque yo había sido el primer modelo y había sido creado por las propias manos de su padre.



Noah Lloil

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En el texto hay: vida, robot, esperanza

Editado: 18.04.2020

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