Vidas en espejo. El lugar que alguien dejó

Acto I - El despertar. Capítulo 1

Un lunes por la mañana, Mariam se despertó con la sensación de haber llegado tarde a un lugar al que no recordaba haber ido.

Miró a su alrededor y se dio cuenta de que
el techo no era suyo.

El silencio tampoco.

Se sentó en la cama, abrazando las cobijas contra el pecho. El corazón le latía con fuerza y supo, incluso antes de mirarse al espejo, que algo estaba mal.

Después de sopesar, decide levantarse de la cama y averiguar qué más hay a su alrededor. Coloca las plantas de los pies en el suelo: está frío.
Camina por la habitación y abre una puerta de madera. Es el baño.

Desde la ventana entra el resplandor del sol de la mañana, que se refleja en el espejo y proyecta una sombra blanquecina sobre sus brazos. Mariam recorre el lugar con la mirada, minuciosa: el mármol de la bañera, la tela de las cortinas, cada detalle. Para ser un sueño, todo se siente demasiado real.

Se acerca al lavamanos. Sobre él, el espejo.
Al ver su reflejo, se queda estupefacta.

No es ella.
No como lo recuerda.

Lleva las manos a su rostro, toca sus mejillas, abre los párpados con los dedos para observar el color de sus ojos: ahora son grises. Se pasa la mano por el cabello, largo y negro. Sus labios… más carnosos.

Ese rostro le pertenece.
Pero no es el suyo.

Se pellizca el brazo izquierdo. El dolor es inmediato.
No es un sueño.
Mariam no puede despertar.

Baja las escaleras en busca de alguna pista, algo que le explique qué está sucediendo. La casa cruje suavemente bajo sus pasos, como si la reconociera.

Entra a la cocina. Revisa los mesones, abre la nevera: está llena de insumos, ordenada, habitada. Nada parece fuera de lugar.

Sobre el comedor hay varios sobres. Toma uno y lo abre.
Es una factura del servicio de luz.

Lee su nombre impreso allí.
La dirección. La fecha.

Es como si llevara tiempo viviendo aquí.

Suena un tono de llamada a lo lejos.
Mariam regresa a la habitación y revisa entre las sábanas. Encuentra un celular que no recuerda haber visto nunca. En la pantalla hay una llamada perdida.

Desbloquea el teléfono por instinto.
Una notificación aparece de inmediato.

«¡Hola, floja! Recuerda que hoy pasaré por ti temprano. Más te vale que estés lista.
Sam.»

Mariam frunce el ceño.
¿Quién es Sam?
¿Y a dónde se suponía que iban a ir?

El teléfono permanece tibio en su mano, como si hubiera sido usado hace solo unos minutos.

Arroja el celular de nuevo a la cama.
Al extremo de la habitación, sobre un tocador, descansan varios portarretratos. Entre ellos hay uno que la obliga a detenerse.

En la imagen aparece quien ahora es Mariam, junto a una chica de cabello rubio cenizo, piel clara y ojos verdes. Ambas sonríen, abrazadas, con una feria iluminada de fondo.

Mariam toma el portarretrato con cuidado, como si temiera romper algo más que el vidrio.
Lo abre y gira la fotografía.

Sam y Mariam.
Feria de las estrellas.

El aire se le queda atrapado en el pecho. No reconoce ese recuerdo…
pero la imagen insiste en pertenecerle.

Antes de poder sentarse a recapacitar —de buscar entre sus recuerdos ese instante que la fotografía prometía—, el sonido de un auto estacionándose rompe el silencio.

Mariam se asoma por la ventana.

Es Sam.

Un frío le recorre la espalda de inmediato. Lleva las manos al cabello, enredando los dedos entre los mechones; una manía que aparece cada vez que la ansiedad la supera. Su respiración se vuelve irregular.

¿Qué debería hacer?
¿Qué espera Sam de mí?

El corazón le late con fuerza, casi doloroso.

Necesito despertar.

Mariam intenta regular su respiración.

El timbre suena.

Baja las escaleras corriendo, pero justo antes de abrir la puerta se detiene en seco. Un recuerdo cruza su mente de golpe, vívido, invasivo. No se siente suyo.

Evento universitario.

El timbre suena por segunda vez.

Mariam abre la puerta.

Sam la observa de arriba abajo y, antes siquiera de saludarla, frunce el ceño.

—¿Aún no estás lista? Te he llamado y dejado mensajes —dice, impaciente—. Vamos tarde al evento de la universidad. Gracias a ti somos anfitrionas, ¿y mírate? Sigues en pijama.

Mariam mueve los labios y habla sin pensar.

—El evento empieza a las diez de la mañana y no son ni las ocho —dice—. Relájate. Ve a la cocina y prepara café mejor.

Apenas termina la frase, se lleva las manos a la boca. El tono, las palabras… todo salió con una naturalidad que no le pertenece. Asimila, demasiado tarde, lo que acaba de decir.

Sam la observa por un segundo, arquea una ceja y pone los ojos en blanco. Sin responder, pasa a su lado y se dirige directo a la cocina.




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