Vidas en espejo. El lugar que alguien dejó

Capítulo 2

Al llegar, el sol está en su mayor esplendor. Bajan del carro y Sam se adelanta de inmediato para saludar a un par de chicas que observan, entre risas y cuchicheos, a un grupo de chicos al otro extremo de la plaza.

Mariam se queda un poco atrás.

Se detiene a mirar a su alrededor, absorbiendo cada detalle. El aire le resulta extrañamente familiar. El sol ya no quema; ahora acaricia, dibujando siluetas cálidas sobre el suelo y los cuerpos que cruzan el lugar.

Entonces lo escucha.

Kim clava la mirada en Mariam y hace un sonido de irritación, breve pero cargado de desprecio.

—Tiene que ser un chiste —dice, con el ceño fruncido.

Sam se ríe por lo bajo, disimulando, como si la reacción fuera exactamente la que esperaba.

Mariam, incluso a la distancia, siente la mirada juzgadora de Kim.

Rubia de un tono artificial, ojos azules afilados y una presencia que parecía siempre fuera de lugar.

Vestía con una elegancia excesiva para ser universitaria, pero aún distante de la sobriedad de una docente.

Kim no necesitaba decir nada: su silencio ya era una crítica.

Charlotte, la chica a la derecha de Kim, posa una mano sobre su hombro.

—Deberías relajarte —dice con una sonrisa tranquila—. Cuando tensas el rostro te salen arrugas… y no quieres eso, ¿verdad?

Kim hace una mueca, inhala despacio y, sin decir nada, saca un espejo de su bolso. Observa cada gesto, cada línea, como si buscara confirmar que aún tiene el control.

Cuando Mariam llega junto a las chicas, Charlotte le toma la mano y la saluda con una calidez inesperada.

Mariam se queda un segundo de más observándola. El cabello rojo de Charlotte, su piel canela iluminada por el sol, todo parecía encajar con el entorno. Sus ojos verde grisáceos atrapaban la atención con facilidad, y su voz… su voz tenía algo hipnótico, como si siempre supiera exactamente qué decir.

—Deberías volver a tu casa y no regresar —dice Kim, mirándose en el espejo mientras retoca su maquillaje, lanzándole a Mariam una mirada por encima del hombro.

Charlotte finge no escucharla. Da un paso al frente, interponiéndose apenas, lo suficiente.

—Deberíamos arreglarnos todas y estar listas para el evento —dice con naturalidad.

Se acerca a Mariam e intenta peinarle el cabello, pero las puntas están enredadas. Charlotte sonríe con paciencia, como si eso no le sorprendiera en absoluto.

Al sentir las manos de Charlotte en su cabeza, Mariam experimenta una extraña complicidad, una cercanía familiar, como si siempre hubieran sido amigas.

Cuanto más observaba a las chicas, más reales le parecían. Demasiado reales.

Eso era lo inquietante.

Porque aquello debía ser un sueño.

Entonces, ¿en qué momento iba a despertar?

Sam propone avanzar con un gesto.

Sin decir una palabra, todas se enlazan de los brazos y comienzan a caminar.

Hay algo poderoso en ese movimiento conjunto, una seguridad casi insolente.

Por un instante, Mariam siente que nada —ni nadie— podría detenerlas.

Mientras avanzan, Mariam siente algo extraño en el pecho.

No sabe por qué, pero desacelera un paso.

Al otro extremo de la plaza, apoyado contra una baranda metálica, hay un hombre observando el movimiento del lugar con una calma que desentona con el bullicio del evento.

Es alto, de complexión delgada pero firme. El cabello rojizo contrasta con su piel clara, y aunque está lejos, Mariam distingue el verde de sus ojos cuando el sol los alcanza por un instante.

No sonríe.

No parece interesado en nadie en particular… y aun así, Mariam tiene la inquietante sensación de que la está mirando a ella.

Parpadea.

Cuando vuelve a enfocar, él ya no está.

—¿Qué pasa? —pregunta Sam, apretando su brazo.

Mariam niega con la cabeza y retoma el paso, pero la sensación persiste.

En el baño, las chicas comienzan a arreglarse. Se maquillan unas a otras, intercambian brochas y comentarios frente al espejo. Sam apenas se peina, mastica un chicle y juega con su celular, apoyada contra el lavamanos, observando a las demás con una calma que contrasta con el ajetreo de las otras “damiselas”.

Mariam permanece cerca, sin saber muy bien dónde colocarse.

Sin previo aviso, Kim se acerca y le levanta el sostén bajo el escote, acomodándolo con un gesto rápido y experto.

—Mira lo que te pierdes por no tener buena postura —dice, con una sonrisa que no llega a ser amable.

Mariam se queda inmóvil. La incomodidad le sube por la nuca, pero no reacciona. No dice nada. Al mirar a las demás, nota que nadie se sorprende. Nadie interviene.
Eso le dice más de lo que esperaba.

Dentro de sí, se pregunta si esto era tener amigas.
Porque en su otra vida —la que recuerda— nunca había existido una cercanía así.
Ni una que se sintiera tan invasiva y normal al mismo tiempo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.