Vidas en espejo. El lugar que alguien dejó

Capítulo 4

Al cabo de unas horas, el evento está en su apogeo. Hay multitudes rondando por la plaza de la universidad. En cada evento cultural y deportivo se lleva consigo una gran cantidad de dramas juveniles, donde los populares se hacen más populares y los menos populares, menos visibles.

La esencia de Mariam no estaba hecha para los escenarios, pero aquí está, sobre uno, con un micrófono en la mano, sonriendo al público junto a Charlotte.

Mariam siente el peso del micrófono como si no le perteneciera, su mano lo sostiene con una seguridad que no reconoce como propia. Charlotte habla primero. Su voz fluye con naturalidad, modulada, segura. Presenta el evento, agradece a los asistentes, bromea con el calor y con la paciencia del público. La gente ríe. Todo parece ensayado… y quizá lo está.

Mariam sabe que, en algún momento, le tocará hablar.

Cuando Charlotte le cede la palabra con una sonrisa cómplice y un leve asentimiento, el murmullo se apaga poco a poco. Hasta quedar en completo silencio. Decenas de rostros la observan.

Abre la boca.

Durante una fracción de segundo, su mente se queda en blanco.

Llena sus pulmones de aire en un suspiro. Aclara la voz.

—Gracias por venir —dice finalmente, y su voz suena firme, demasiado firme para alguien que por dentro se siente en pánico—. Este evento… —hace una pausa, buscando algo que no aparece— …no es solo una muestra de talento, sino de comunidad.

No sabe de dónde salen esas palabras, pero el público corresponde. Algunos aplauden.

Mariam continúa, dejándose llevar por esa corriente ajena. Habla de pertenencia, de oportunidades. Cada frase parece correcta, adecuada, como si alguien más le estuviera dictando desde algún lugar al que no tiene acceso.

De repente esa fluidez se corta en seco, queda al borde de un vacío donde todo está en blanco, parece inalcanzable.

Y entonces, sin saber por qué, dice algo que no estaba ahí un segundo antes.

—A veces creemos que estamos exactamente donde debemos estar —continúa—, pero no lo estamos. A veces solo ocupamos el lugar que alguien más dejó libre.

El silencio cae de golpe.

Desde algún punto cercano al escenario, Kim frunce el ceño. Sam deja de mirar el celular.

Mariam siente que ha cruzado una línea invisible.

Charlotte interviene rápido, retoma el control, agradece de nuevo y da paso a la siguiente actividad. El momento se disuelve como si nunca hubiera existido.

Cuando Mariam baja del escenario, las piernas le tiemblan. Charlotte la toma del brazo, guiándola entre la gente.

—Estuviste increíble —le susurra—. Aunque… dispersa, ¿estas bien?.

Mariam intenta responder, pero solo sonríe tímidamente y asiente.

Sam toma a Mariam del brazo y se acerca lo suficiente como para que pueda sentir su respiración. Le observa las pupilas con detenimiento; luego, sin pedir permiso, le abre ligeramente la boca para ver su lengua y las amígdalas.
La invasión de su espacio personal la toma por sorpresa.

—No estás en drogas, ¿verdad? —pregunta Sam.

Mariam suelta una risa breve, nerviosa. No se esperaba esa pregunta.

—No —responde.

Por otro lado, Kim hace un gesto seco con el dedo índice, señalando la pantalla de su celular. Todas giran hacia ella.

—Tenemos una misión mañana en la noche. Les mandaré los detalles hoy en la tarde —dice, recorriendo a cada una con la mirada, asegurándose de que todas escuchen—. Recuerden sus preparativos. Esta vez debemos llegar antes.

—¿Misión? —susurra Mariam.

—Deberíamos ir al tiro al blanco, practicar nuestros disparos y hacer un picnic con postres, sándwiches y, ¿por qué no?, vino —propone Charlotte, formando una pistola con las manos, como en Los Ángeles de Charlie.

—De acuerdo —asiente Sam—. Pero solo si Mariam nos enseña su truco para hacer el tiro perfecto.

Mariam traga en seco.

Kim pone los ojos en blanco y curva apenas los labios en una mueca.

—Bien. Entonces nos veremos a las seis de la tarde, donde siempre —dice—. Y haremos eso.

Perdida en sus pensamientos, Mariam se siente llena de inquietudes ajenas, lejanas.

¿Hablan de armas de fuego de verdad?
Quizás solo sea un hobby, solo eso.
Yo nunca he tocado un arma… nunca he jalado un gatillo.
¿O sí?

Con la mano izquierda acaricia los dedos de la derecha, intentando imaginar el peso de un arma entre ellos. Un escalofrío le recorre los brazos y se le instala en la nuca.

La certeza llega como un pensamiento que no pide permiso.

—Tengo la sensación de que ya no podré despertar.




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