La noche cae por completo. El rostro de Matthew se refleja en la pantalla de su computadora, iluminado por líneas de código y mapas abiertos. Lleva una mano al oído y ajusta el comunicador.
—¿Me escuchan bien? —pregunta, probando la conexión.
—Sí —responde Damián desde su garaje, mientras termina de preparar el auto.
—¿Listos para la acción? —comenta Logan, colocándose una chaqueta negra en la sala de su casa.
—¿Te crees protagonista de Duro de matar o qué? —replica Alan, cargando su arma y limpiándola con dedicación.
—Sería el más guapo —responde Logan, con una sonrisa confiada.
Matthew no sonríe.
—Recuerden: entramos, tomamos lo que buscamos y salimos —dice—. Nada de improvisaciones.
—Siempre tan romántico —murmura Logan.
Damián revisa una última vez la pantalla de su laptop.
—Las cámaras están trucadas. Sensores anulados por unos minutos. Es más que suficiente.
—No se confíen —advierte Matthew—. Si algo sale mal, abortamos.
Un breve silencio recorre la línea.
—No saldrá mal —responde Alan finalmente—. No esta vez.
Matthew apaga la pantalla.
Afuera, la ciudad sigue su ritmo nocturno. Cielo despejado y lleno de estrellas.
Por otro lado, Kim confirma la dirección del lugar una vez más.
—¿Cuántas veces harás eso? ¿Podemos irnos ya? —insiste Sam desde el auto, lista para arrancar.
—Las veces que sean necesarias —refunfuña Kim, fulminándola con la mirada.
—A ver, permíteme tu celular —dice Charlotte, arrebatándoselo de las manos.
—¡Hey!
—Eres una idiota, Kim. Te han intervenido el celular y ni siquiera te has dado cuenta —dice Charlotte, sin disimular la impaciencia.
Abre su computadora y empieza a investigar.
Kim se queda en silencio. La vergüenza le quema el estómago.
No podía equivocarse.
No así.
Charlotte frunce el ceño al ver la pantalla.
—Sí. Alguien nos ha trucado —dice al fin—. Pero ya tengo la dirección correcta.
Sam gira la llave y el motor responde al instante.
Mariam siente un escalofrío recorrerle la espalda.
Por primera vez, no sabe si llegar primero es una ventaja… o una advertencia.
Llegan a la propiedad con varios minutos de antelación. El portón ya está abierto.
Entran con cautela, sin decir una palabra. Cada uno sabe qué hacer.
Se distribuyen la zona privada: dos suben al segundo piso; los otros dos recorren la primera planta, revisando accesos, pasillos y posibles puntos ciegos.
El interior está impecable.
En la planta baja, Damián revisa con un dispositivo portátil los aparatos electrónicos y las paredes, buscando micrófonos o sensores de movimiento que puedan delatarlos.
Todo parece en orden.
En la pantalla apagada del televisor se refleja un movimiento que no debería estar allí.
Damián reacciona por instinto. Gira sobre sí mismo, empuja a la sombra contra la pared y le coloca las manos en el cuello antes de que pueda emitir un sonido.
—Tranquilo —dice una voz femenina burlona.
Sam sonríe.
—¿Nos echaron de menos?
Damián no afloja la presión sobre el cuello de Sam.
—Sin el sufrimiento de ustedes, esto sería aburrido.
Sam junta fuerzas, clava el codo en su costado y logra zafarse. Da un paso atrás, se acomoda la camiseta como si nada hubiera pasado.
—Tú eres el chico bomba, ¿cierto? —dice con una sonrisa ladeada—. El ruso raro.
—¿Y tú qué eres? —responde Damián, deslizando la mano hacia el arma oculta en su bolsillo—. ¿La rubia tonta o la machota?
Sam alza las cejas, divertida.
—No querrás empezar la fiesta tan temprano.
Detrás de Damián, con pasos silenciosos, Mariam se acerca despacio. El arma le pesa menos de lo que debería. La alza y la apunta a la cabeza de él.
—Baja esa arma, jovencita —susurra una voz a su espalda.
Logan está demasiado cerca. Siente el calor del aliento en su oído.
Mariam se queda rígida. El frío le sube por los brazos hasta el pecho.
—Logan, si das un paso más, pierdes la rodilla.
La voz de Charlotte suena firme, sin elevarse. No necesita hacerlo.
Aparece desde el pasillo lateral, el arma alineada con precisión exacta. Sus ojos no tiemblan. No parpadea.
Logan se detiene. Apenas. Lo suficiente.
—Vaya —murmura—. Así que sí vinieron en serio.
Damián siente el cañón aún cerca de su cabeza. Sam no ha retrocedido.