Posicionados en la base de control, Charlotte y Matthew encienden los monitores.
Las pantallas cobran vida una a una, mostrando distintas calles de la ciudad: patrullas bloqueando avenidas, civiles corriendo, luces rojas y azules cortando la oscuridad.
Charlotte se encarga de inspeccionar las cámaras de vigilancia, recorriendo cada ángulo con atención meticulosa, intentando comprender la magnitud real del caos.
Matthew, en cambio, trabaja en silencio, concentrado en localizar el origen del ataque.
—Te estás tomando esta misión como algo personal —dice Charlotte, sin apartar la vista de la pantalla.
Matthew no responde de inmediato. Se aclara la garganta.
—Tengo asuntos pendientes con él —contesta finalmente.
El parpadeo de las imágenes se vuelve borroso por un segundo.
Mientras observa los monitores, su mente se desvía sin permiso.
El pasado irrumpe.
Su hermana, atada a una silla con cuerdas gruesas.
Las lágrimas recorriéndole las mejillas, silenciosas, desesperadas.
Un hombre de traje impecable, sosteniendo un arma contra su sien como si fuera una extensión natural de su mano.
—Hermano… ayúdame, por favor —su voz frágil, quebrada.
Matthew aprieta la mandíbula. Aparta el recuerdo y vuelve a centrar su atención en las pantallas.
—La propiedad que irrumpimos anoche pertenece a Derek. Él es el responsable de este ataque —dice por el comunicador.
—Lo sabía —responde Damián, sin sorpresa.
—¿Qué debemos hacer? —pregunta Alan.
Ambos avanzan armados entre las sombras, atentos a cualquier movimiento.
—Por ahora, esperar —ordena Matthew.
—Siempre tan aburrido —murmura Logan.
—Es una orden. No hagan nada.
Antes de que Logan pueda refutar, algo le llama la atención.
Mariam ya no está a su lado.
Mira a su alrededor con brusquedad. A unos metros, Mariam se interpone entre una mujer y tres sujetos que la rodean.
—¿Qué demonios…? —susurra.
—Malditos hijos de puta —escupe Mariam, con la voz firme—. Métanse con alguien que sepa defenderse.
Alza el arma y la apunta directo al pecho de uno de ellos.
El hombre se detiene en seco.
La mujer, detrás de Mariam, tiembla sin control, aferrándose a su abrigo como si fuera lo único que la mantiene en pie.
Logan aprieta los labios.
Uno de los hombres avanza un par de pasos, levantando el arma hacia Mariam.
Ella no duda.
Dispara antes de que él pueda hacerlo.
—¡Corre! —le grita a la mujer.
La mujer reacciona tarde, con movimientos torpes, pero el miedo le da velocidad. Se aleja tambaleándose hasta perderse entre la oscuridad.
Mariam siente entonces el peligro a su espalda.
Logan lo ve al mismo tiempo.
La toma del brazo y la arrastra hacia atrás, colocándose delante de ella.
Dos disparos rompen el aire.
Los cuerpos caen casi al unísono.
Logan gira hacia Mariam. —¿Qué demonios pasa contigo? —pregunta, entre la confusión y la rabia.
Mariam lo mira sin bajar la cabeza.
—Ella necesitaba ayuda —responde—. No iba a dejarla sola.
No hay duda en su voz.
No hay culpa.
Logan la observa, desconcertado. Busca en sus ojos la frialdad que vio la primera vez que se cruzaron. La distancia. El cálculo.
Pero no la encuentra.
En su lugar hay fuego.
Humanidad.