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Existes muchos momentos felices, divertidos, momentos que quedan guardados siempre en la memoria y en el corazón. Momentos malos cargados de tristeza que amargan por un momento y en ocasiones amargan toda una vida. Una herida que no sana con ningún tipo de medicina, con ningún tipo de doctor. Ese dolor es tan peligroso que acorrala a quien no se libera de ello, y se vuelve parte de la vida, un dolor que deambula, que tiene ojos, manos, piernas, nariz, oídos, siente, huele y piensa. Julio probó ese sabor más agrío que el de un limón, siempre se escondía a comer limones sin cáscara con sal y chile, a pesar que le provocaba muecas y dolores en el estómago, no lo dejaba de hacer. Él tenía ocho años y su hermana menor tan solo dos años. Se había encariñado con ella y siempre le susurraba que él sería el protector. Le gustaba hacerla reír y le tarareaba una canción: “Tú eres bonita, tú eres un ángel, eres mi hermanita”. Le gustaba aplastarle a su hermanita, las mejías blandas y le gustaba jugar sus hoyuelos.
Un día llegó de la escuela, corrió a dejar sus cosas para salir a jugar con sus amigos cerca de su casa. Él escuchó que su hermanita lloraba sin parar y dejó el juego. Al entrar a casa, la madre tenía en brazos a la niña. Se notaba desesperada por no hacer que la niña dejara de llorar, Julio miraba sin decir nada sin poder hacer nada. Se acercó a la silla de la mesa, preocupado y casi con dolor como si el llanto de su hermanita lo sintiera él, preguntó:
—¿Por qué llora?
—¡No lo sé! Ya estoy harta —su voz fue firme y esas palabras carecían de suavidad.
Julio no comprendía en ese momento esas palabras. Solo se quedó mirando mientras el sudor de su cabello se deslizaba por su cuello y en su rostro de inocencia.
—Creo que tiene hambre —dijo Julio con la voz quebrada. Seguía compartiendo el sentimiento tosco a través de las lágrimas y llantos desconsolados de su hermanita.
—¡No quiere comer! Ya deja de llorar, ya deja de llorar —masculló con desdén esas últimas frases—, estás agotando mi paciencia —trataba de calmar a su hija.
Julio miraba toda la escena y seguía sin comprender por qué su madre estaba con esa actitud negativa y anormal.
Mari, la madre, con desesperación fue a la habitación. Recostó al bebé en un cesto pequeño de ropa sucia, se giró para tomar más ropas que estaban en una silla de plástico y las dobló con urgencia para formar una especie de pelota grande, después tapó el rostro de la pequeña para que el llanto se escuchara menos.
Julio permanecía parado, callado en la cocina, su corazón latía con irregularidades y el sudor comenzaba a secarse en su piel y en su cabello. Miraba hacia la habitación donde su madre se había perdido con la bebé en brazos. Las ultimas gotas de sudor que se deslizaban desde la frente hasta a la nariz, le provocaron un ligero cosquilleo que ignoró. Con una mano, levantó su playera al nivel de su rostro para limpiarla. Cuando bajó la playera, su madre salía de la habitación con un rostro pálido y sin expresiones sin importarle que Julio estuviera allí, como si ella no se haya dado cuenta de que su hijo la estaba esperando y observando. Ella se fue hacia el lavabo rustico y comenzó a lavar los vasos, platos y las pocas cucharas que tenían. La casa era de madera y algunas partes de los lados que eran las paredes; estaban cubiertas de cartón. El fogón de cemento era nuevo, pero ya había sido utilizado que el techo de la casa de guano ya había comenzado a tornarse negro, por el humo de la leña.
Las piernas de Julio no se movían y le costaba obligarlas a moverse. Miraba a su madre que sonreía mientras lavaba, esa felicidad que en días no la había visto. Sin dejar de lavar con la mirada al frente y con esa sonrisa llena de júbilo, dijo:
—¿No piensas moverte?
Julio no respondió.
—Se hace tarde, pronto anochecerá. Ve a bañarte, pero no hagas mucho ruido o despertarás a tu hermanita.
La madre miró a ver julio con una sonrisa amable y con mucha dulzura.
Julio miró a sus espaldas, hacia la puerta principal, y notó que el cielo comenzaba a perder la luz del sol. El color azul azabache indicaba que deben darse prisa, para la gran mayoría como en la familia de Julio, pronto todo quedaría a oscuras. En un tiempo donde la energía eléctrica solo era para los pudientes y más cercanos al centro de la ciudad, los marginados tenían que vivir en muchas partes de la ciudad los Santos Reyes, con trozos de vela y debían ser ahorrativas. En esas épocas, a más tardar a las 6:00 pm todos ya estaban aseados y a las 7:00 pm con vela en la mesa, cenaban. 8:00 pm de la noche, todos dormían.
Julio suspiró y su pequeño pecho se infló. No dijo nada a su madre y fue en busca de ropa para que se bañara. Mari comenzó a tararear una canción y movía su cabeza suavemente a los lados, como si una sinfonía dentro de su cabeza, disfrutara.
Acomodó los trates lavados, tomó unos cerillos y encendió la vela, que después colocó en medio de la mesa. Seguía sonriente, sacó el pan de la bolsa y preparó café.
Sirvió tres tasas de café, las colocó en dirección de cada asiento.
—Para Julito, para mi… y para…
Ella escuchó un ligero ruido de la puerta del baño. No le importó y siguió ocupándose en lo que hacía.
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A julio no le importo entrar al baño sin luz y con el agua un poco fría. Se tiraba agua por la cabeza y se pasaba jabón, tallaba lo más rápido que podía su cuerpo tierno. Cuando terminó, se puso su ropa con rapidez y salió del baño como bala sintiendo que alguien o algo estaba con él en el baño. Caminó hacia la habitación donde su hermanita dormía, antes de llegar a ella, miró a escondidas a su madre, quien seguía cerca del fogón distraída. Julio, estaba extrañado que su hermanita Lupe, no llorara, se había aprendido las horas en el que ella lloraba por su comida, la curiosidad fue tan grande que decidió ir a donde descansaba. Con la poca luz de la luna que se colaba por la ventana de madera, notaba como el cuerpo pequeño de Lupe hundía ligeramente la hamaca deshilada. Era un “tamalito”, como Julio siempre decía.
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Editado: 09.05.2026