------------------------------------------- 3 -------------------------------------------------
Pasaron cinco años desde lo sucedido, Julio ya tenía trece años y había dejado la escuela. Durante esos años de transición, tuvo trabajos de ayudante; jornalero fue el primer oficio, debido a su padre, pasó por taller mecánico, hojalatería, pintura, carpintería, electricidad, plomería y limpiador de terrenos baldíos. Éste último fue con el que se consagró.
Para ese entonces un señor buscaba con urgencia alguien que limpiara un terreno suyo, Julio iba por las calles vagando como un niño en busca de aventuras y con quien jugar. El señor vio pasar a Julio pateando una piedra y le dijo:
—Niño, ¿no quieres chapear?
—¿Por qué?
—Para ganar dinero.
—Entonces, sí.
El señor invitó a Julio entrar a su casa, le mostró el terreno atiborrado de yerbas bajas, altas y muchas matas medianas.
—Quiero que quede limpio, ¿podrás?
—Sí, necesito un machete. Iré a buscarlo a mi casa.
—Yo tengo.
El señor fue por ello y luego se marchó con su coche a casa de un familiar. Julio sostuvo el machete, lo miró y sonrió. Durante varias horas Julio estuvo trabajando, al entrar la noche cuando el señor llegó, Julio estaba sentado en la acera en espera.
El señor estacionó el coche en su cobertizo, se bajó y fue a donde Julio.
—Pensé que ya te habías ido.
—No. Ya terminé.
Julio entró de nuevo a la casa y fue detrás del señor.
—Veamos tu trabajo.
Con los últimos rayos del sol, se podía apreciar con claridad el trabajo de Julio.
—¡Vaya, jovencito! Has hecho un buen trabajo.
Estaba sorprendido por que toda las yerbas y matas estaban amontadas en un montículo, se veía la tierra.
—Ven, te pagaré.
Julio con su inocencia, esperó a fuera de la casa, mirando desde la reja de fierro. El señor salió y le entrego un peso, de aquella época. Una moneda color plata con un ícono gravado: Morelos y Pavón. Julio la sostuvo en su pequeña mano y observó.
—Tienes tu paga, has hecho un buen trabajo. Ve a casa.
El señor entró a casa.
Julio guardó la moneda en su bolsillo del pantalón. Miró sus manos sucias, sus uñas que almacenaban tierra, olfateaba su ropa por el sudor.
—¡Señor! —gritó.
—¿Qué pasa?
—Me dio un peso, falta.
—Es todo lo que tengo, vete —de nuevo el señor entró a casa.
Julio desapareció de la vista del señor. Julio regresó y lanzó tres piedras sobre el coche y corrió en dirección a su casa. Él no tenía nada de tonto, pues había trabajado con su padre de jornalero en potreros y sabía más o menos cuanto se pagaba por trabajo o por día.
A pesar de esa mala experiencia, decidió que haría limpieza de terrenos. Cada mañana después del desayuno, tomaba su coa y machete e iba en casa en casa pronunciando palabras que duraron por décadas siguientes en las calles de los Santos Reyes, los niños decían: ¿Hay chapeo?
Cada terreno que Julio limpiaba, le traía paz. Respiraba todo el aire que podía, se recostaba bajo los árboles y comía cuanta fruta estaba a su alcance; china, mandarina, anonas, pitaya, toronjas, ciruelas, zapotes, caimitos, mamey, papaya. Consideraba que eso era la verdadera felicidad.
Se iba de casa por la mañana y regresaba hasta la noche. Sus padres no le decían nada, Julio no veía tanto interés por el dinero que se lo entregaba a su madre. Enrique le decía a Julio que será un hombre de bien y estaba satisfecho porque Julio no era un holgazán. Aunque en su momento si se disgustó cuando Julio dejó de ir con él a chapear potreros.
Limpio tantos terrenos que perdió la cuenta. Todo cambió cuando el destino lo llevó a limpiar una quinta donde solo había mangos; mangos manila y manglobas. Hizo amistad con el dueño y cayó en cuenta de que esos mangos se los llevaban por cajas. Su curiosidad lo llevó a preguntar que hacían con todos esos mangos. Se enteró que, esos mangos se distribuían en los mercados y algunas cajas se llevaban fuera de la ciudad. En su mundo de ignorancia, lo encontró excitante, desconocía muchas cosas y una de ellas, era la producción de mangos y que abastece a muchas personas. El mango se convirtió en sus favoritas y como todo buen local, se hartaba de comer mangos verdes con sal y chile. Brevemente dejó de limpiar terrenos que no fuese la quinta y se dedicó a plantar, regar y cosechar mangos.
El dueño le tomó cariño, incluía a Julio para ayudarlo a bajar cajas cuando iba al mercado o en las fruterías. Un par de años estuvo en esa quinta.
En un día soleado, el dueño le dijo a Julio que se subiera a la camioneta para entregar un pedido especial. La camioneta estacionó en una escuela secundaria, los dos entraron hasta llegar en el área de la tienda. Descargaron los mangos y justamente todos los niños salieron a la hora de recreo. Julio miró a todos ellos jugando y sintió un poco de celos, pues él hace tiempo que dejó de jugar en las calles y se había puesto a trabajar.
Su atención fue robada cuando vio grupo de chicas, bonitas, olorosas. Fue allí cuando Julio tuvo deseos carnales, pues su pubertad fue despertada bruscamente a sus dieciséis años. Fue tanto el deseo, que tuvo una semi erección. No podía entender que le pasaba a su cuerpo. Encontró una bolsa negra de alza y la colocó disimuladamente en la parte de abajo para que no se notara lo que le había pasado.
Al regresar a la quinta, cualquier mujer de su edad que veía no podía ocultar sus deseos. Se preguntaba si eso era normal o se estaba volviendo loco. Varios días estuvo así hasta que se dio cuenta de que esos deseos, impulsos, eran temporales.
A sus diecisiete años, decidió renunciar a la quinta y con sus ahorros compró un triciclo y decidió ser vendedor de mangos y de otras frutas.
Lo hizo por varias razones; dejar de trabajar en la quinta, ser de nuevo libre sin patrón, vagar por las calles como alma viajera y, sobre todo, volver a oler perfume de mujer, mirarlas, acosarlas con la mirada y volver a sentir excitación. Y para ello tenía que acercarse a ellas, y la única manera era ir a donde fue cuando despertó esa atracción: la escuela.
#1485 en Otros
#264 en Relatos cortos
#143 en Paranormal
misterio suspenso paranormal, cuentos cortos y relatos, sucesos extraños
Editado: 09.05.2026