Vidas Inexplicables

II El Hombre del Farol (Parte I)

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Fausto y Claudia, ambos hermanos mellizos. Tienen el cabello oscuro y los ojos negros. Ambos han tenido mala suerte en el amor, prefirieron por el momento estar solteros. Sus padres murieron en un accidente de coche cuando ellos tenían quince años. Ahora ellos tienen veinticinco años y la unión entre ellos, va más allá de cualquier cosa. Han llegado debatir la existencia de una conexión astral, de una vida pasada que juntos comparten. En una de esas tantas noches donde ambos bebían ron, Claudia dijo:

—¿Te imaginas que alguien haya sido un tirano en el pasado y fue asesinado…

Fausto estaba en silencio bebiendo.

—…y antes de morir haya hecho un pacto con algún demonio? O ¿Qué haya sido una buena persona? Cual sea, se dividió en dos…

—Una teoría loca, pero quizá probable —agregó Fausto.

—A veces cuando estas cerca de mí, puedo sentir una sensación que no siento ni percibo con otra persona. Ni con nuestros padres lo sentí —ella bebió un sorbo que apenas mojó los labios—, ¿te acuerdas cuando te llamé?

—Sí.

—Tú estabas en casa de Salomé y yo estaba en casa de Bibi, te pregunté que hacías y me respondiste que mirabas por la ventana de la sala. Te pedí que me describieras todo lo que veías —Fausto bebió y miró a su hermana, ella comenzaba a sentir emoción y era tan visible—, de los árboles, de la calle, de los coches que estaban pasando, las luces, la ropa de las personas que cruzaban allí —hizo una pausa—, te dije que alguien pasaría en bicicleta.

—Sí, te dije que ya no lo hicieras.

Claudia soltó una sonrisa llena de alegría.

—A veces siento que no pertenezco aquí, en este mundo. A pesar de tener todo, siento que no tengo nada. Momentos que me siento vacía. Como un jarrón sin tierra, sin agua y sin planta.

—Son cosas de la edad.

—Siempre intentas dar una razón más sensata a estas sensaciones, ¿por qué? ¿Le temes?

—No precisamente, por culpa de expresar mis emociones y de lo que sentía, me llamaron loco. Todo lo que tú estás experimentado ahora, yo ya lo padecí.

—Creo que la experiencia debió ser por igual.

—¿Te refieres a que haya sido al mismo tiempo?

—Sí —ella comenzó a jugar con su cabello suelto—, tenemos la misma edad, nacimos en el mismo lugar, misma hora, misma madre, nos enfermábamos por igual.

—Supongo que, es como la sexualidad, primero las mujeres se desarrollan, crecen de altura, maduran mentalmente, y los hombres después.

—Hemos tenido tantas pláticas, pero creo que nos falta mucha verdad.

—Ya no lo pienses demás. Vivimos tranquilamente, no dañamos a nadie.

—Sí —ella sonrió y bebió de nuevo. Miró hacía la puerta de la casa que permanecía cerrada—, ¿quién será? Alguien tocará la puerta.

La puerta fue golpeada solo una vez.

—Te dije que no lo hicieras —dijo con voz neutral.

Ella se levantó del sofá con una sonrisa divertida. Abrió la puerta y no vio a nadie, pero a sus pies estaba un paquete envuelto con papel café y una nota en donde decía su nombre. Entró y cerró la puerta.

—¿Y ahora que has pedido por internet?

—Unos libros y algo para ti.

Claudia rompió el papel y sacó dos libros, los títulos eran: El Universo Cambiante y Lo que Esconde el Universo. Luego sacó un brazalete con pedazos pequeños de obsidiana.

—Toma, póntela y yo me pondré esta. Para que siempre estemos juntos.

Fausto no se rehusó, amaba mucho a su hermana.

Cuando ella se sentó de nuevo en el sofá, su celular vibró avisando que un mensaje de texto había llegado. Ella lo tomó de la mesita de estar. El mensaje decía:

Gracias por adquirir nuestras pulseras maravillosas, espero que sea de su agrado. De igual manera, quedan cordialmente invitados a una presentación de artesanías. Habrá sorpresas, regalos y una gran fiesta. No se les puede olvidar. Hoy sábado por la noche a las 10:00 pm. En la Hacienda Las Hermanas.

Ella ignoró el mensaje.

—Me iré a bañar —dijo Fausto.

Claudia pidió pizza para la cena. Y después se fue a su habitación para bañarse.

Más tarde los dos hermanos cenaban pizza y bebían refresco de cola. El celular de Claudia no dejaba de sonar. Cuando ambos terminaron de comer, Fausto dijo limpiar la mesa y dejar todo limpio. Claudia fue a la sala, tomó el celular y leyó los mensajes, todos eran de la misma invitación de artesanías. No le falta ni una palabra.

Los hermanos estaban distraídos en sus propios mundos, Fausto recortaba imágenes de los periódicos para hacer su gran mural, los recortes eran de noticias que para él eran relevantes. Entre los recortes se encontraban accidentes de tránsito, pleitos maritales que habían llegado a lesiones de gravedad, desapariciones de niños y jovencitas (falsa alarma, estaban con el novio), secuestros, asesinatos de la ciudad. Como no ha habido muchos autores asesinos en la ciudad Los Santos Reyes, no siendo el pan de cada día, tuvo la curiosidad de indagar cómo operaban y cómo llegaban a ese peñasco para cometer los asesinatos, ya que la ciudad está considerada como cálida, amable y nunca hay problemas de ese tipo: “Nunca pasa nada interesante en esta ciudad”. Entre el mural se hallaba el encarcelamiento de un violador llamado Julio y de su muerte años después. Y Claudia practicaba en sus lienzos.

Justamente a las 10:00 pm, de nuevo su celular sonó. Sin esperar nada de nadie, ella miró de nuevo dándose cuenta del mismo mensaje. Harta de esa situación decidió bloquear el número. A segundos de hacerlo, entró una llamada. Claudia miró la pantalla del celular e hizo muecas al no reconocer el número. Su curiosidad la hizo aceptar la llamada. Antes de que ella dijera algo, escuchó a través del intercomunicador un sonido agudo como el de una cigarra. Quedó en silencio manteniendo su mirada fijamente sin que los ojos parpadeen. Ella asintió y la llamada terminó.




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