Vidas Inexplicables

II El Hombre del Farol (Parte II)

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Al llegar en la Hacienda, Claudia se bajó del taxi mirando las luces, los adornos llenos de vida. Por doquier había esas luces intensas. Había gente elegante afuera. Fausto pagó al taxista y éste se marchó. Él se sintió un poco cohibido cuando se dio cuenta de que la ropa que vestía no era el adecuado para ese evento.

—Buenas noches, caballero. Buenas noches, señorita —dijo un señor de traje negro que llevaba un sombrero negro de copa alta.

Fausto y Claudia respondieron al saludo. Cuando el hombre se alejó de ellos, ambos se miraron y sonrieron de burla. Nunca en la ciudad se había visto hombres vestidos con ese atuendo. Muy elegantes. Muy fuera de época y costumbres para la ciudad.

Dentro de la Hacienda, había un gran banquete, hombres y mujeres elegantes cuchicheaban entre ellos. El tono del ambiente era muy diferente a lo que ellos esperaban. Todos los hombres portaban smoking y sombreros; copa alto y bombín. Y las mujeres vestidos largos hermosos de colores rojos, blancos, negros.

En el centro de la gran habitación, relucía todo tipo de arte; cuadros, lienzos, estatuas, espadas, armaduras, piedras preciosas de diferentes tonalidades. Animales chicos, medianos, grandes disecados. Y muchas artesanías de culturas mesoamericanas; Olmeca, Teotihuacana, Zapoteca, Mexica, Tolteca y Maya.

—Vaya, ¿qué tipo de evento es este?

—De artesanías, mira todo lo que hay aquí. Yo pensaba que esta Hacienda estaba abandonada o que estaba vacía —susurró Claudia a Fausto.

—Mira que hermosas máscaras de nuestra cultura. Esa de ahí se nota que está hecha de jade, ¡mira! Esa está hecha de obsidiana.

—No creo que sean originales.

—¿Tú crees?

—Están en cubiertas con cristales, así que no sabremos si no las tocamos.

—No está permitido, ahí lo dice —señaló un letrero.

Ambos comenzaron a visitar cada rincón del lugar. Los hombres de negro saludaban constantemente a los hermanos. Claudia fue al baño sola, en su trayecto se dio cuenta de que había gemelos tanto mujeres como hombres, algunas personas tenían padecimientos de deformaciones en el cuerpo, pero estaban alejados del bullicio principal, ella sintió pena.

No había niños, no había adolescentes, solo gente adulta.

El dueño de la Hacienda jamás se presentó, hubo comida, bebidas, risas y hasta un hombre que hizo monólogos para aminorar el evento. Todos, incluyendo a Claudia y Fausto, rompieron a carcajadas. Luego su dinámica cambió, hizo actuaciones como Chaplin. Fausto percibió que a nadie le importó en cómo iba vestido para la ocasión. Le seguían diciendo caballero, le hablaban de usted, mientras todo el mundo fumaba.

El evento terminó cerca de las 3:00 am. Todas las personas comenzaron a salir de la Hacienda.

Claudia y Fausto caminaron hacia la salida principal, mucho antes de llegar allí, se fijaron que carretas llegaban, y las personas abordaban. Los caballos relinchaban y se alejaban. Fausto fue el que se desconcertó.

—Qué bonito.

—Sí —respondió Fausto sin entusiasmo.

Él miró hacia atrás en dirección de la Hacienda, notó que algunas personas seguían paradas mirando hacia la salida principal, como si fuesen estatuas y estén mirando algo o alguien. Las carretas venían y se iban.

Fausto sintió un aire frio y su inconformidad aumentaba. Miraba a Claudia quien parecía combinar con el ambiente extraño con el tono sombrío, gris. Sonreía, desprendía felicidad.

Fausto sacó el celular del bolsillo del pantalón y notó que el mensaje a la operadora de taxis, nunca se envió. Sospechaba que, al estar a las afueras de la ciudad, la señal fue escasa. Miró de nuevo atrás con la intención de ver a alguien y pedirle el favor de que pidiera un taxi. Su sorpresa; nadie de los que estaban cerca de él tenía en la mano un celular, todos permanecían parados mirando hacia la salida y algunos sostenían el brazo de sus parejas. Ellas permanecían junto al hombre con la misma postura desprendiendo humo por la boca. Una nueva carreta se estacionó y cuatros personas subieron sin antes decirle a Fausto:

—Buen viaje, caballero. A la próxima…

Claudia sonreía a todo mundo, como si el humo del tabaco la haya dopada.

Fausto asentía con la cabeza. Para él, era extraño, desde muy pequeño cuando algo iba a suceder, una punzada llegaba directo a su corazón. Cual fuese el tamaño del problema, casi como telepatía, su interior le avisaba del peligro. Esa noche, esa madrugada, parado esperando algo que ni él sabía con certeza de lo que era, no sintió esa punzada. Incluso en las relaciones amorosas, sabía cuándo la mujer estaba por terminarlo, y en su mente recitaba las mismas palabras que ellas decían, como si él estuviera en esas mentes. Al principio no le gusta saber anticipadamente lo que le decían, pero después, las tomó con diversión.

—Caballero, su carruaje ha llegado.

Fausto no escuchó.

—Caballeo, su carruaje ha llegado.

—¿Eh?

—Nuestro taxi ha llegado —agregó Claudia contenta—, ¿no es bonito?

El señor con smoking y su pareja con vestido rojo, labios del mismo tono, una belleza envidiable, mostraban amabilidad.

Fausto no dijo nada. No quería acceder, pero el señor, seguía insistiendo.

—Ese carruaje los llevará a la ciudad. Buen viaje, caballero.

Claudia dijo:

—Vamos, hermano.

Hasta donde recuerda Fausto, jamás Claudia le había dicho «hermano», siempre se dirigió por su nombre o su apodo «Mel».

Claudia se adelantó y subió al carruaje, los caballos eran de color blanco. Los caballos del resto de los carruajes, eran de color negro.

Fausto no le quedó de otra que subir con su hermana. Pronto el carruaje comenzó la marcha.

—¿No te parece todo esto extraño?

El jinete miró de reojo a Fausto.

—No. Creo que fue divertido. Me sentí espléndida.

—¿Espléndida?




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