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Fausto se bajó lentamente. Observaba cada parte del lugar, miró a los dos caballos que estaban detenidos y que movían la cabeza con normalidad.
—¿Qué sucede?
—No lo sé —su voz de Fausto era de preocupación.
Claudia se bajó mirando a su alrededor.
—¿Dónde estamos? ¿Qué es este lugar? ¿Qué hacemos aquí?
Fausto sintió una punzada en la espalada al escuchar «¿qué hacemos aquí?».
—¿A qué te refieres?
—Todo está oscuro, debemos estar en casa durmiendo.
Fausto comenzó a sospechar de Claudia.
—Estuvimos en un evento de arte y estábamos yendo a casa… cuando el… —no sabía cómo dirigirse al jinete—, conductor —apuntó con molestias hacia los caballos—, se salió del camino.
—No recuerdo nada de eso…
—¿Cómo no vas a recodar, si tú estabas tan feliz…? —Fausto calló en seco.
La mirada de Claudia afirmaba que estaba desorientada y que no sabía exactamente lo que había sucedido. Fue ahí cuando pudo sentir la punzada en su corazón. Después de tanto…
—Vámonos de aquí —dijo Fausto con la respiración alterada.
Fausto caminó hacia la carreta cruzando a lado de su hermana con la mirada opuesta. Al llegar a la mitad de la carreta él se fijó que estaba rodeado de zacate, no había ningún camino al cual regresar. Y su hermana dijo:
—Fausto, hay alguien allí.
Fausto mirando el zacate a su alrededor, se giró bruscamente hacia su hermana.
—¿Qué dijiste?
—Hay alguien allí.
Fausto caminó con prisas a donde su hermana. A lo lejos ambos veían a un hombre con smoking negro y sombrero negro bombín que sostenía un farol de mano.
Fausto no supo que decir. No sabía que decir ni que hacer ahora. Su punzada en el corazón, lo había abandonado nuevamente.
El sereno comenzaba a tomar presencia y a adueñarse del lugar misterioso.
—Debemos ir con él —dijo a secas Claudia—, quizá él nos diga que hacemos aquí y como salir.
—No. Espera.
Claudia no hizo caso y caminó hacia el hombre desconocido.
—No, espera. Detente.
Claudia ignoró a su hermano. Mientras ella avanzaba, el sereno la comenzó a cubrir. Fausto fue detrás de ella.
—Espérame, no te adelantes.
Él podía ver tenuemente la espalda de Claudia que seguía caminado sin detenerse. Mientras caminaba detrás de su hermana, miró hacia atrás, el sereno había cubierto en su totalidad el carruaje con los caballos. Al igual, el sereno se los había devorado y borrado esa realidad.
El hombre misterioso, se dio la media vuelta y comenzó a caminar. Fausto corrió para alcanzar a su hermana. Él le tocó el hombro, pero no se fijó que los ojos de ella estaban blancos como el sereno. Claudia reaccionó y los ojos regresaron a la normalidad y juntos miraron una Hacienda menos grande en el que habían estado, estaba en ruinas, destruida, la maleza la había reclamado como suya y algunas partes tenían marcas de haberse consumido por el fuego. Quizá estaban en una de las habitaciones o sala. Avanzaron hasta llegar a un lugar donde alrededor solo era de piedra y tenía la misma facha; ruinas y partes negras por el fuego. Ya no había a donde ir.
—Fausto, ¿qué está pasando? No entiendo.
—Tranquila, es un mal sueño —dijo para darse valor.
Claudia empezaba a sentir la punzada en el corazón, misma sensación que la de Fausto. Ahora ella comenzaba a sentir miedo de verdad mientras que Fausto seguía sin poder sentir nada internamente. Le decía obligadamente a su mente que estaban en peligro. El sereno no llegó a donde ellos. Nuevamente él sacó su celular y miró la hora, 3:30 am. Activó la cámara y el celular quedó en negro, no captaba nada. Mejor lo guardó en el bolsillo de su pantalón.
—Quedate aquí, iré al otro lado del muro, está bajo y creo que podremos salir. Quiero estar seguro…
—Sí —dijo temerosa, cruzó ambos brazos por el frío y la punzada en el corazón no desaparecía.
Fausto empezaba a alejarse y cada momento volteaba a ver a su hermana.
—Qué frío hace —musitaba Claudia.
A unos metros de llegar, volteó a ver nuevamente a Claudia y el hombre con el farol estaba a lado de ella. El hombre se quitó el saco y se lo puso a Claudia.
Ella estaba desconcertada al ver a ese hombre y sintió calor. No pudo soltar una sola palabra, solo miraba. Era un hombre con la piel clara, ojos claros de color café de miel. No era robusto ni tenía el cuerpo de un atleta. No olía a nada.
Fausto corrió con prisas hacia su hermana. El hombre apuntó en dirección de Fausto señalando que alguien estaba detrás de él. Sin detenerse miró de reojo hacia atrás, cuando regresó la mirada hacia al frente, ninguno de los dos estaba; ni su hermana ni el hombre con el farol.
La velocidad con la que corría fue disminuyendo. Pronto se detuvo, hizo varios giros de 360 grados y no vio a nadie.
—Tranquilizate.
Seguía girando y repentinamente notó la presencia. Fue cuando empezó a detenerse y a escuchar.
—Detente.
Fausto lo hizo y sin perder tiempo fue hacia el hombre, cerró sus puños y conectó un puñetazo en la mejilla. El hombre del farol se inclinó por la fuerza de ese golpe. Al reincorporarse tomó su sombreo que había caído al suelo y se la colocó de nuevo a la cabeza con imperturbabilidad.
—¿Satisfecho?
—¿Dónde está mi hermana? ¿Quién eres? ¿Qué quieres? —dijo exaltado.
—Las inconfundibles preguntas a lo desconocido.
—No juegues conmigo… —su respiración de Fausto iba en aumento, brusco.
—Ella está bien, no tienes por qué saber quién soy, al menos no por ahora… y lo que quiero… no puedo decirlo. Todo tiene un orden, tiene su lugar. Las cosas deben darse con naturalidad, es el destino. Pero queda poco tiempo…
Cuando el hombre quedó frente a frente con Fausto, la mejilla donde recibió el golpe, estaba negra. Y el ojo de ese lado estaba negro y rojo. Fausto atónito observaba como la mejilla regresaba a su color normal de la piel al igual el ojo.
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Editado: 01.06.2026