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Al llegar al muro, no podía ver nada más que el denso sereno. Respiró profundo y exhaló. Cruzó un pie primero, el sereno tocaba la ropa. Con cuidado cruzó el otro pie. Ahora el sereno comenzó a cubrir todo el cuerpo de Fausto.
Caminó a ciegas, imaginando que iba en la dirección correcta. El sereno chocaba en sus brazos y en su rostro, sentía ligeramente un ardor, una frescura como cuando el agua fría toca por primera vez la piel.
—Ahí estás, creo que demoraste más de lo previsto.
Fausto se detuvo al escuchar la voz, dio giros de 360 grados y solo veía el espeso sereno.
—Aquí estoy, sigue mi voz —luego solo agregó—: Sssssssssssssssssss…
Fausto siguió el sonido y el sereno se fue disipando.
El hombre estaba ahí parado sin el farol y sin Claudia. Aunque no había amanecido, había suficiente claridad para verse las caras.
—Hola, Fausto. Ahora si podemos hablar.
—Deja a mi hermana —miraba a los lados, detrás del hombre por si Claudia apareciera por cualquier lado. Su respiración se notaba ligeramente alterada y mantenía una mirada desafiante. Mantenía una posición de alerta como si quisiera correr para escapar o para volver a atacar al hombre que tenía al frente.
—No es así como funciona. Has encontrado algunas respuestas, por eso estas aquí y por eso el sereno se ha alejado de ti.
—Haré lo que pidas, solo déjala irse.
—No, debo estar seguro que me darás lo que realmente quiero.
—No sé a qué te refieres.
—¿Seguro?
—Sí.
El sereno comenzó a acercarse lentamente hacia Fausto.
—El sereno tiene vida propia, sabe cuándo dices la verdad y cuando mientes, lee tu mente. Detecta miedo, tristeza, enojo, inseguridad y malos pensamientos. Debes hallar la respuesta por ti mismo…
—¡Dime que es lo que quieres!
—No puedo, no funciona así.
El sereno se acercaba cada vez más y Fausto comenzaba a sentir preocupación de que sea devorado.
—Yo sé que tienes la respuesta, Fausto. Mira en tu interior, en tu corazón y dímelo. Estás cerca.
La mente de Fausto se ofuscó perdiendo todos sus pensamientos positivos, su valentía y del motivo del porque regresó. El sereno cubrió al hombre hasta desaparecer.
—Dilo… sé que tienes la respuesta —la voz venia de todas partes, era parte del sereno denso.
Fausto empezó a sentir la quemazón en todo su cuerpo, gritaba de dolor. Entre sufrimiento nació recuerdos de su hermana de cuando niños, de cuando adolescentes, una mezcla de los bellos y los no bellos.
—¡Yo! —soltó Fausto.
—Sí…
El sereno se fue alejando poco a poco de Fausto.
—Te escucho, Fausto.
El hombre del farol miró a Fausto que seguía agachado con el cuerpo tenso, jadeando y con los ojos cerrados.
—Puedes levantarte. Ahora estoy seguro que tienes la respuesta.
Fausto se levantó con el cuerpo adolorido y tembloroso.
—¿Cómo sabes? —dijo con la voz jadeante.
—¿No te dije? El sereno puede leer tu mente y todo lo demás.
—Sí…
—Dime lo que quiero escuchar y ella será libre.
—¿Y si no lo haces?
—Lo haré, tienes mi palabra. Yo siempre cumplo.
Fausto no tenía más opción que confiar en todo.
—Quiero que dejes ir a mi hermana —el hombre esperaba con ansias lo que quería escuchar y el sereno permanecía en al aire—, a cambio, me quedaré.
El sereno se fue disipando poco a poco, el hombre y Fausto miraron alrededor.
—Bravo, Fausto. El sereno se ha ido, eso significa estas decidido.
El hombre del farol se acercó a Fausto, con el dedo índice le tocó el pecho a donde el corazón. Fausto sintió en su interior algo cálido. Sintió como si le hayan inyectado un suplemento que da fuerza. Y esa sensación cálida recorrió en sus venas, en sus tejidos hasta cubrir todo su cuerpo. Sus heridas sanaron, su ropa, zapatos, cinturón, su celular, billetera cayeron al suelo y el desapareció.
Minutos después, Claudia apareció en estado fetal cerca del muro más bajo. Ella despertaba sin saber lo que había pasado.
—¿Dónde estamos?
—Estamos en un lugar donde la realidad es verdadera.
Era un túnel de tierra rojiza, daba la impresión que había luces de neón de ese color.
—¿Y mi hermana?
—Te lo prometí, ella es libre.
—¿Cómo sé que no mientes?
—Los humanos vivos están inundados de mentiras y llenos de desconfianza.
Fausto que permanecía a lado de él, lo miró sin decir nada.
—Sígueme, se nos hace tarde.
—Espera, quiero hablar con ella por última vez.
—Has alcanzado la fase final. No sientes miedo, temor. ¿Lo puedes concebir?
Fausto no dijo nada. Ni siquiera había dado importancia a su cuerpo desnudo, vergüenza. Conservaba la pulsera que Claudia le regaló. El hombre del farol miró a Fausto directo a los ojos. El hombre notó mucha serenidad en esa mirada y sonrió de satisfacción.
—Bien. No podrás hablar con ella. Pero si verla.
El hombre se detuvo, tocó el muro de tierra y como si fuese una ventana, la limpió. Fausto vio a su hermana que estaba despierta y algo desorientada.
—¿Ella estará bien?
—Por su puesto.
—¿Por qué no siento alegría, tristeza?
El hombre no respondió a eso.
—Vamos, ya es hora.
La ventana desapareció convirtiéndose nuevamente en tierra.
—Tengo tantas preguntas.
—Lo sé —interrumpió el hombre.
—¿Por qué?
—La primera de todas, ¿no es curioso? Cuando eres niño es la primera cuestión que se emite para la duda.
Fausto no dijo nada.
Cuando los dos llegaron al final del túnel, una luz brillante los cubrió. El hombre del farol fue perdiendo su ropa y sombrero, al final ambos estaban desnudos.
Juntos desaparecieron.
Claudia caminó al ver algo tirando en el lugar. Se encontró con las pertenencias de su hermano, repentinamente se detuvo, ella lloró y asintió con la cabeza y dijo:
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Editado: 01.06.2026