Vidas Inexplicables

III Oro Verde: Monte del Juicio (Parte IV)

Pasaron algunas semanas y Valentino no quiso, ni trató de encender la tableta para leer el post del Gurrero Ancestral. Sentía una ambivalencia extraña: tenía muchos deseos de que él lo hubiera publicado para poder leerlo, pero al mismo tiempo le daba pánico encontrase con su relato. Lanzó la tableta al bote de basura de la cocina. Había comprado bolsas negras grandes para basura. Comenzó tirando envases de plásticos de comidas, algunas eran vacías y otras aún quedaba restos podridos. Botellas y latas de refrescos y de cerveza. Algunos trastes fueron metidas en la bolsa negra. Pronto con un cubo de agua y detergente, inició lavando el piso.

Las horas pasaron y su cuerpo le dijo hasta aquí. Tomó asiento en el sillón, destapó la última lata de cerveza y se la bebió de un solo trago. Eructó y se limpió la boca, pequeñas gotas de lágrimas corrían desde sus ojos. Aplastó la lata con ambas manos y la lanzó en el bote de la basura de la cocina que ahora ya estaba limpia y por primera vez, la lata cayó dentro.

—¡Ya era hora! —sonrió.

Encendió la Tv, quiso recostarse en el sillón para disfrutar el olor a limpio y a frescura, pero fue interrumpido cuando alguien golpeó su puerta repetidas veces.

Sin enojo y descalzo, se levantó y giró el pomo de la puerta, al ver a dos personas paradas, dijo:

—¿Sí?

Ambas personas tenían aproximadamente cuarenta a cuarenta y cinco años, él llevaba ropa de vestir y ella vestía pantalón de mezclilla y una blusa sencilla. Los ojos de la mujer estaban cansados e hinchados, ambos sostenían miradas de desesperación, angustia. Él y ella se miraron como preguntándose si Valentino era a quien buscaban. O al menos eso parecía.

—Si vienen de alguna religión, no estoy interesado —Valentino tomó la iniciativa para cerrar la puerta.

El hombre detuvo la puerta repentinamente y agregó:

—¿Valentino?

Valentino sostuvo el pomo de la puerta.

—Por favor, no cierre. Hemos venido por ayuda. Por favor, por favor.

Valentino abrió la puerta encontrándose con la mirada del hombre suplicante, abatida.

—Por favor —la voz era suave y quebrajosa.

Valentino miró una vez más a ambos antes de decirles que pasaran.

Ya dentro de la casa, Valentino les ofreció sentarse. Por suerte para él, la sala, la cocina, lucía impecable, como si siempre estuviera arreglada.

—¿Cómo saben mi nombre? ¿Quiénes son ustedes?

Ambos se miraron una vez más.

—Me llamo Humberto Salazar y ella es mi esposa, Esmeralda Mendoza. Nos dieron tu nombre y nos dijeron que tú, nos puedes ayudar.

—¿Quién les dio mi nombre? —se apresuró a decir.

—Se hace llamar, el Guardián Ancestral.

—¿Guardián? —repitió Valentino.

—Guerrero —dijo la esposa.

—Ese maldito… mocoso —susurró—. No les puedo ayudar, es mejor que se vayan. No tengo nada que darles.

—Escúcheme, por favor.

—Lárguense.

—Por favor —dijo la esposa suplicante.

Valentino fue a donde la puerta y la abrió.

—Váyanse, no tengo nada que pueda ayudarlos, fuese lo que fuese.

Los esposos se levantaron.

—Puedo pagarle, ¿cuánto quiere? —Humberto sacó su billetera que estaba en el bolsillo en la parte trasera del pantalón. Con las manos temblorosas, sacó unos cinco mil pesos—. Tome, tome —, su mirada lo decía todo: estaba acorralado y Valentino era su último recurso, era todo o nada—. No tengo más por ahora, ¿quiere mi reloj? Se lo doy —Humberto con desesperación comenzó a quitárselo y agregó—: Amor, entrégale tus alhajas.

—He estado allí —dijo Valentino.

Los esposos se detuvieron por un momento y miraron a Valentino.

—Estar acorralado sin salida, con esa desesperación de entregar todo y recibir una pizca de ayuda.

Los esposos estaban un poco confundidos. Valentino agregó:

—Es, ¿su hijo?

«Le dije que no vaya a ese lugar, estúpido mocoso», pensó Valentino.

Los esposos negaron con la cabeza.

—Son… —dijo Humberto.

—Son nuestras hijas —la esposa soltó un quejido acompañado de lágrimas.

Valentino sintió un poco de alivio al saber que el mocoso no hizo nada estúpido, pero lamentó que unas niñas estuvieran en alguna especie de peligro que los padres le tengan tanta fe a él, como para pedirle ayuda y ofrecerle dinero.

—No sé cómo ayudarles, no sé lo que quieren de mí. Hay policías…

—La ayuda que necesitamos, no es de policías… —decía Humberto interrumpiéndolo.

—Sólo usted puede hacerlo, solo usted salió con vida de allí —interrumpió la esposa.

Valentino supo en ese mismo instante que la ayuda que ellos necesitaban iba más allá y al escuchar lo que dijo la esposa, solo un único lugar se le vino a la mente. Para no verse afectado, agregó:

—Guarde su dinero y no me den nada.

Los esposos dudaron si Valentino aceptó dar la ayuda o de nuevo les iba a insistir a que se fueran. Valentino cerró la puerta y les dijo que tomaran de nuevo asiento. Fue por una silla de madera que tenía cerca de la cocina y se sentó a un costado de ellos.

—Bien, ¿cómo saben lo que me sucedió? —los miró fijamente, pero no era aterrador, era curiosidad.

—Creo que todos lo saben en esta ciudad, todos saben que terminó en un hospital psiquiátrico —dijo la esposa sin pensar en sus últimas palabras.

Valentino se disgustó ante ese comentario y su rostro lo demostró.

—Lo siento —dijo la esposa con voz apagada.

—Escuche —tomó las riendas Humberto—. Su caso se propagó en los periódicos, nosotros lo leímos. A decir verdad, yo fui escéptico, sostuve que fue falso todo, un montaje para cobrar un seguro, para maquillar un asesinato y algunas teorías más —su voz parecía más calmada.

—Hay otro sobreviviente, ¿fueron a interrogarlo? —dijo con ironía.

—No. Él… está…

—¿Loco? —dijo Valentino ayudando a Humberto a terminar su frase.

—Sí —ambos esposos respondieron.

—Yo igual podría estar loco —sonrió Valentino.

Los esposos se pusieron rígidos al escucharlo.




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