Vidas Inexplicables

III Oro Verde: Monte del Juicio (Parte V)

Hace semanas que disfrutaba la hora del baño, no tenía esas imágenes aterradoras y sangrientas en la mente y no escuchaba voces que le gritaran: ¡corre!

Era como si Humberto hubiese desempolvado un viejo toca disco y una videocámara, Valentino tuvo un ligero ataque psicótico en su mente. Sino fuese por que en algún momento se acostumbró y sobrevivió a eso, quizá habría actuado de manera violenta, con histeria y su pobre mente colapsaría, quedando nuevamente loco. No estaba arrepentido al haber permitido que los esposos se quedaran en su casa y liberaran su pesadilla, las razones por las que lo permitió fueron: demostrar que pudo bloquear ese pasado oscuro y que lo llevó a lo más bajo, perdiendo la cordura en un lapso corto, siendo analizado por doctores y psicólogos. Y la otra razón, era para estar seguro que los esposos estaban equivocados.

Cayó en cuenta Valentino, que él se había equivocado.

Humberto se fijó en el rostro de Valentino, una ligera seriedad marcada con algunas venas que nacían desde la frente.

—En el 22 —susurró la esposa, quien ya estaba un poco más calmada.

Ese número le causó leves mareos a Valentino. Se sostuvo en la parte de abajo de la silla de madera para no caerse. Comenzó a sudar, a sentir calor.

«No perderé la cordura, no perderé la cordura», se decía una y otra vez.

Cerró los ojos, respiró profundo.

—Si en verdad fue en ese lugar… creo que no hay nada más que hacer —Valentino abrió los ojos, se había calmado.

La esposa rompió en llanto y se lanzó hincada hacia Valentino, lo tomó de las piernas y comenzó a sacudirlo.

—¡Usted salió vivo de allí! ¡Dígame cómo lo hizo! Por favor, por favor…

—Yo no hice nada…

—No le creo —lloraba.

—Cariño —dijo el esposo y la tomó de los brazos para que se sentara de nuevo.

—¿Cómo dieron conmigo? —preguntó Valentino.

La esposa de nuevo había tomado asiento.

—Después de enterarnos de todo, no perdimos las esperanzas en la red social. Vimos publicaciones de ese Guerrero Ancestral. Publica temas relacionados con sucesos extraños. Y vi un título que decía: KM 22 EXISTIÓ UNA HACIENDA MALDITA. Seguí viendo lo que publica y mencionaba lo que pasó el año pasado, vi el nombre del chofer y… vi su nombre.

«Sí lo publicó ese mocoso», se dijo Valentino. Luego se lamió la boca.

—Contacté a ese sujeto. No quería darme información. Pero al final, accedió.

—¿Cómo? —preguntó con dudas Valentino.

—Doné.

«Debí adivinarlo. Esa cucaracha se movió por dinero», pensó y luego soltó una sonrisita.

—Eres un sobreviviente del kilómetro 22, ayúdanos.

—No puedo, señor…

—¿Por qué no? —dijo Humberto con calma.

Valentino esperaba más arrebato. Supuso que Humberto ya había gritado y llorado lo suficiente o simplemente, no esperaba mucho de él.

—Si usted ya sabe la historia, ocho pasajeros murieron y no le contaré más. Pero están muertos, y sus hijas, lo más seguro, que ellas también lo están.

La esposa ahogó el llanto y dejó caer su cuerpo en el fondo del sillón.

—¿Cómo puede estar seguro?

—No le diré nada señor, no se lo dije a ningún doctor, ni a ningún psicólogo.

—No puedo hacer nada, ellas….

—¡No! —soltó la esposa.

—Los policías fueron a ese lugar y no hallaron nada —dijo Humberto—, llevaron a decenas de personas experimentadas en caminar montes, todos dijeron que, un protector cuida y no quiere a nadie cerca, de insistir, nadie sobrevivirá.

—Primitivo —susurró Valentino con la mirada distraída al piso.

—¿Qué?

—Nada, señor —hizo una pausa—. ¿Cuándo fue que desaparecieron?

—Miércoles por la tarde.

Valentino cerró los ojos y se atrevió a hacer algo que jamás creyó hacer; obligar a su mente a recordar todo lo que vivió. Lo hizo porque había olvidado recuerdos debido a las imágenes y voces que no pedía y que nunca pidió que se hagan presentes.

Recordó que, al llegar a ese lugar, el demonio tardó varios días en que él comenzó a cazar.

Con los ojos cerrados, su cabeza se movía con frenesí y el sudor iba en aumento. Las venas resaltaban en su rostro. Cuando tuvo una respuesta con la ayuda de las voces de sus compañeros muertos, abrió los ojos con brusquedad, quedando enormes.

Los ojos se encogieron a su estado normal y dijo:

—Probablemente ellas siguen con vida.

Se levantó de la silla y tuvo mareos intensos, cayó de rodillas y vomitó. Humberto reaccionó y ayudó a Valentino a reincorporarse. Pero Valentino lo detuvo.

—Estoy bien, yo puedo.

«No es tu lucha».

—¿Qué dijo? —preguntó Valentino mientras se ponía de pie.

Humberto lo miró desconcertado y lo ignoró por un momento. Miró hacia la cocina y vio el jalador, el cubo y en la orilla una jerga. Sin pedir permiso fue a la cocina.

«No es tu lucha».

—Mi cabeza —susurró Valentino.

La esposa estaba sumida en su derrota, estática, con la mirada perdida al vacío que ni siquiera prestó atención a las palabras de Valentino: …siguen con vida.

Humberto comenzó a limpiar el piso.

—No era necesario —dijo Valentino mientras se tocaba la cabeza por el dolor.

Al terminar de limpiar el piso, Humberto se acercó.

«No te atrevas a acercarte».

—¿Qué?

—Nada —Humberto seguía sin comprender a Valentino.

—¿Qué es lo que dices?

—No he dicho nada.

«Soy yo, Valentino, no es tu lucha».

Valentino dejó de tocarse la cabeza, el dolor desapareció. Esta vez la voz fue clara y supo de quien era.

Pero él no sintió lo que debía sentir: miedo. No se dio cuenta de que entró en un pequeño trance. Su mirada estaba clavada hacia la puerta. Al parpadear sus ojos fue como si él supiera toda la verdad. Se levantó de la silla. De haber sabido hace mucho tiempo que obligar a su mente a recordar todo lo que vivió en ese lugar eliminaría por completo esos gritos y esas imágenes, lo habría hecho.

—Iré por ellas —su determinación tranquilizó a Humberto. La esposa seguía perdida en su dolor.




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