Caminó apresuradamente por unos veinte minutos sin encontrar a ninguna de ellas. No se fijó en un hueco por las hojas de los árboles que la cubrían. Al dar un paso con demasiada fuerza por la prisa, su cuerpo se hundió; el impacto de la caída fue estrepitoso como su grito. Nuevamente sintió perder el conocimiento, veía borroso y una especie de migraña atacó la sien.
Valentino caminaba ese monte con el atardecer sin poderse detener, como si sus piernas tuvieran voluntad propia. Miraba a los lados y atrás con cautela esperando a que Primitivo apareciera o que alguna de las chicas se le cruzara enfrente.
Avanzó unos metros y de repente sus ojos apreciaban a lo lejos una hacienda, llena de vida. Árboles alrededor, caballos, carretas y un extenso campo de henequén. Pronto notó como un grupo enorme de hombres, mujeres y niños cubrían el campo y comenzaban a cosechar la planta. Otro grupo que montaba a caballo gritaba con furia a todos los campesinos. Los ancianos que caían por el cansancio eran castigados con fuertes latigazos y golpes. Se los llevaban en dirección a la hacienda. El paisaje se tornó más oscuro; ahora muchas personas incluyendo niños eran golpeados hasta morir, los cargaban en una carreta y se los llevaban. El cuerpo de Valentino fue arrastrado por un frío viento para mostrarle una escena trágica; estaba cerca de la fosa donde los cuerpos caían, donde hombres arrojaban los cuerpos sin importarles nada.
—Nuestro sufrimiento no terminó.
Valentino giró por todos lados buscando de donde había venido esa voz infantil.
—¿No me ves?
Valentino seguía buscando y los hombres seguían arrojando cuerpos. Él miró al frente dándose por vencido, su mirada fue robada cuando encontró a un niño a lado de él que estaba sentado jugando con objetos de madera. Unos caballitos.
—¿Puedes escuchar los llantos, los gritos de dolor?
Valentino quedó gélido al ver que el cuerpo del niño era grisáceo y desprendía un olor insoportable. El niño miró a Valentino y todo el párpado era morado con ligeros toques a rojo. Valentino se tapó la nariz, no soportaba el olor.
«¿Eras tú, quien me dio la verdad?», se dijo a sí mismo.
—Antes no apestaba —el niño regresó la mirada a sus juguetes.
Poco a poco Valentino comenzó a escuchar lamentos, gritos desgarradores, que provenían de todas partes, eran de hombres, mujeres y niños.
—¿Ahora los escuchas? —el niño seguía jugando.
Los lamentos mezclados se centraron en la fosa y Valentino miraba todos esos cuerpos amontonados, unos encima de otros.
—No podíamos hacer mucho. Aquel que intentaba defenderse era traído aquí. Un día, un buen hombre sacrificó su vida por nosotros y prometió que, si nos uníamos a él, recuperaría nuestras tierras, nuestro honor y que cruzaríamos al mundo de los dioses para poder dormir eternamente —hizo una pausa—. Esos hombres que están ahí con pelo en la cara —Valentino miró a los que arrojaban los cuerpos—, tirarán al hombre que nos liberó de las maldades que sufrimos alguna vez y nos encadenó en este mundo.
Valentino observó como el cuerpo de un hombre con vestimenta blanca manchada de sangre era arrojado, se acercó un poco más para verle bien el rostro y cuando lo hizo susurró:
—¿Primitivo?
—Sí, un buen hombre que fue devorado por un demonio.
—Entonces, decía la verdad, su cuerpo verdadero es ese —susurró Valentino.
—Los hombres blancos fueron malos, mataban. Primitivo decidió cargar con toda esa maldad y ofreció su vida a nuestros dioses para que solo él fuera juzgado por lo que quería hacer: matar. Incluyendo mujeres y niños para que nunca naciera otro demonio blanco —el niño dejó los caballitos de madera en la tierra—. ¿Por qué esos niños sí podían jugar? ¿Por qué mis amigos y yo no podíamos?
Valentino no dijo nada y no entendía el sufrimiento de todos los que vivieron en esa época ni el del niño. El niño se levantó y marcó una sonrisa feliz.
Valentino sintió un viento aún más frío chocar contra su cuerpo; esa ráfaga lo transportó junto con el niño, en instantes, quedaron frente al ojo de agua con un tinte rojizo.
—Muchos años después el lugar se convirtió en este ojo de agua. Las almas están debajo. Y ese árbol somos nosotros —hubo un breve silencio mientras Valentino comprendía lo que el niño le decía—. Como dije, él prometió liberarnos a todos, asesinó a todos los hombres, mujeres y niños blancos. Pero el demonio se apoderó de Primitivo y asesinó a su propia gente y nunca dejó que cruzáramos al otro mundo. Fue consumido y seguía asesinando a quienes intentaban adueñarse de estas tierras. Pasó tiempo y ya nadie intentaba entrar aquí. Podíamos sentir que él se moría y al fin podríamos ser libres. Pero no quería irse, nos dijo que podría aparecer otra persona igual o peor que ellos y decidió juzgar a quienes son como ellos, es por eso que atrae a personas aquí. Mira a través de sus corazones, pensamientos y los juzga. Él solo quiere que las personas se aclaren y también es una manera de que él sobreviva, comer almas nuevas.
—Debe acabar —dijo Valentino.
El niño sonrió.
—Confía en tu instinto y encontrarás a las mujeres.
—Primitivo me dijo que una de ellas es buena y otra es mala, si logro hacer que la mala se aclare, podremos salir de aquí. ¿Cuál de ellas?
—Lo debes descubrir. Él te vigilará todo el tiempo cuando despierte.
—¿Cómo te libero, a todos?
—No tienes mucho tiempo si quieres salvarlas.
—Dime cómo.
El niño de nuevo sonrió y dijo:
—Debes cortar el árbol y sacar el cuerpo de Primitivo del agua. Enterrarlo. Eso romperá el ciclo y podremos ser libres.
El niño comenzó a evaporarse.
—Él está despertando y tú debes hacer lo mismo. El tiempo se acaba.
—¡Espera!
El niño desapareció por completo, el paisaje y Valentino se borraban con rapidez.
Valentino despertó.
Se levantó con una energía en todo su cuerpo sin explicación, sacudió su ropa que estaba impregnada de tierra y algunas hojas. Miró por donde había caído y se preocupó al ver que el sol se estaba yendo. Miró su reloj, marcaba 5:45 pm.
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Editado: 01.06.2026