Caminó a la izquierda para rodear la roca y para su sorpresa se encontró con ambas hermanas, quienes estaban sentadas en la tierra con la espalda apoyada en piedras grandes. Sostenían unos palos como armas para defenderse. Valentino las miró detenidamente y notaba a esa distancia el agotamiento físico. Los cabellos estaban resecos y dispersos. Tenían pantalones de mezclillas y solo vestían en la parte de arriba el sujetador.
Valentino caminó lento hacia ellas y ninguna levantaba la mirada. Cuando estuvo lo suficientemente cerca pateó el pie a una de ellas. Levantó la mirada encontrándose con la de Valentino.
—¿Están bien?
La otra hermana reaccionó, y ambas al ver a Valentino se levantaron con los ojos llorosos y juntas lo abrazaron.
—¿Verónica y Mirle Salazar?
Ambas asintieron con la cabeza. Lloraban desconsoladas.
—Gracias, gracias, gracias —repetía una y otra vez Verónica.
Valentino no podía ocultar su sorpresa de saber que ambas hermanas son gemelas.
—Dios escuchó mis plegarias, mis oraciones. Estamos asustadas —dijo Verónica mientras sollozaba.
Mirle se alejó de Valentino para secarse las lágrimas y soltó una sonrisa de felicidad.
—Pensé que estaríamos para siempre aquí —agregó Mirle.
—No —dijo con seguridad Valentino para calmarlas un poco—. Me llamo Valentino y sus padres me pidieron ayuda. Están sumamente preocupados.
Verónica soltó el llanto al saber de sus padres y abrazó a Valentino.
—Quiero ir a casa, quiero volver a verlos —Verónica mascullaba.
Valentino comprendió el dolor al ver a una jovencita de diecinueve años en malas condiciones físicas y quizá con la mente confusa de lo que han vivido. La abrazó dándole consuelo.
—¿Quién conducía? —preguntó Valentino en espera de quien de las dos contestaría de primero.
—Yo —dijo Mirle.
—Vamos, sentémonos un momento —indicó Valentino hacia la cueva. A provechó para mirar su reloj, marcaba 6:22 pm.
En la cueva encontraron algunas rocas que usaron como asiento. Valentino trató de alejarse de Verónica, pero ella se sentó a lado de él, se sentía más segura.
—¿Cómo ocurrió? ¿Cómo terminaron aquí?
—Al principio no supe, el volante se endureció y el coche entró al monte. Nos bajamos e intentamos salir, no pudimos, no encontramos una salida —dijo Mirle—. La primera noche nos quedamos en coche, por la luz, accionamos el claxon muchas veces para que alguien nos escuchara. No teníamos señal en los celulares. La noche cayó y nos quedamos dormidas y al despertar, estábamos fuera del coche. Fue allí cuando empecé a sospechar que algo estaba mal. Escuché sonidos extraños, pasos como si alguien nos estuviera siguiendo. Al menos yo sí las escuché.
—¿Al menos?
—Sí. Vero no las escuchaba. Creo que yo soy la paranoica —soltó una risita irónica.
Valentino sospechaba que Primitivo estuvo actuando, atormentarla en su juego, la estaba comenzando a juzgar…
—Me pareció ver sombras que se movían, siluetas que nos miraban. Y Vero me decía que solo era producto de mi imaginación, temor. Quise tener su valentía, la envidié.
La señal había llegado para Valentino.
Verónica mantenía una mirada de susto confirmando que, lo que decía Mirle era verdad. Durante ese tiempo que estuvieron juntas juraba que no escuchaba lo que Mirle sí. Ignoraba todo.
—Todo estará bien, saldremos de aquí.
«Debo hacer que aclare su corazón, su mente», pensó Valentino.
Primitivo escuchaba toda la conversación, llegaba a sus oídos como susurros del viento. Sonreía desde lo alto de un árbol. Escuchaba a los tres corazones latir con tranquilidad, pensó que al estar Valentino allí, le había dado una esperanza de salir.
—Sí, quiero salir de aquí —Mirle miraba a sus lados con desconfianza—. Su valentía comenzó a desaparecer —señaló a su hermana con la cabeza—, cuando al segundo día tuvimos heridas en los brazos, como garras. Creo que esa cosa, lo que sea, nos vino a visitar, nos vio dormir y creo que fue quien nos trajo aquí.
Valentino prestaba atención para que no se perdiera de ningún detalle. La noche comenzaba a cubrir todo el monte y los cantos de insectos hacían presencia.
Verónica se reincorporó y agregó:
—Intentamos salir varias veces de aquí —se notaba más tranquila y después soltó un suspiro de alivio—. Pero regresábamos una y otra vez al mismo punto. Encontramos un lago, un cenote. Es lo único bello de este lugar.
«¿Ya sabes cuál de ellas?», escuchó Valentino.
Él miró hacia arriba y a los lados.
—¿Ocurre algo? —dijo Mirle.
—No —respondió enseguida.
Él tenía ganas de preguntarles: ¿Cuál de ustedes es la mala y tiene pensamientos malos? Deben decirme o van a morir aquí.
Suponía que sería muy aterrador preguntarles eso de manera directa y que, en ese caso, como cualquiera en esa situación, dirían: Yo no. O tal vez, entre ellas se señalarían.
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Editado: 01.06.2026