Vidas Inexplicables

IV Milpa de Semillas (Parte I)

¡Último!

Valeria caminaba a ciegas y a oscuras. Pronto, su sentido del tacto le avisó que sus pies estaban desnudos, húmedos y asentados sobre algo suave y carente de olor. Trató de hablar, pero no tuvo éxito. De la nada apareció detrás de ella la luna llena, como una enorme luciérnaga. Valeria se detuvo, giró y la miró. El resplandor alumbraba su rostro pálido y desconcertado; su respiración iba en aumento. Notó a sus lados grandes tallos de maíz y al fin comprendió que se encontraba en un camino lodoso. Ella se giró nuevamente, dándole la espalda a la luna, la cual alumbraba hacia el frente como si estuviera señalando la salida. Caminó entre el lodo, poco a poco, los cantos de los insectos la acompañaban en su travesía.

—¿Hola?

Sus pasos eran medidos; su mente, su cuerpo y sus sentidos estaban alertas.

—¿Hola?

—Silencio, o te escuchará… —una voz de hombre nació en algún rincón de ese lugar.

Valeria escuchó la voz y eso le dio valor para continuar caminando hacia la nada.

—¿Quién eres? —preguntó insegura.

Pasaron algunos segundos y, al no tener respuesta continuó preguntando:

—¿Quién eres?

Miraba a sus costados y, por momentos, miraba hacia atrás, por encima de su hombro.

Un sonido agudo cubrió todo el lugar y Valeria no pudo resistir. Con rapidez, tapó sus oídos con las manos y se encogió. Frunció el ceño, cerró con frenesí los ojos y apretó con fuerza los dientes.

Entre el caos, sintió unas manos posándose en su cabeza.

—Levántate —la voz era grácil.

Valeria abrió los ojos al escuchar esa voz que reconocía de toda una vida. Ella se reincorporó mostrando un rostro impactante, sin explicación para lo que veía.

—No debes estar aquí.

—Yo… yo —articulaba Valeria.

Detrás de Valeria, los tallos de maíz empezaban a derrumbarse bruscamente, como si alguien los estuviera desprendiendo de la tierra con frenesí. Cuando ella giró para ver lo que sucedía, el desastre se detuvo y solo observó que los tallos se movían de un lado para otro, como si solo se tratara del viento. Pero se dio cuenta de que muchos tallos yacían en el suelo.

Su corazón latía descontroladamente y su respiración era más fuerte, no podía girarse de nuevo para mirar a quien le había hablado. Era como si su cuerpo se hubiera quedado quieto, sin voluntad y gélido, mientras su corazón y su respiración iban en aumento. Por alguna razón, ella sabía que algo o alguien estaba allí entre el maíz, y debía verlo con sus propios ojos.

Primero fue un brazo, después una pierna. Sabiendo que pronto iba a verlo por completo, de nuevo escuchó la voz del hombre.

—Ya te vio.

Sin tener voluntad, su cuerpo se giró hacia el frente, aquella imagen de quien le tocó la cabeza ya no estaba. Ahora veía una casa de madera rústica y, allí, un hombre sentado en un tronco de madera, jadeando. No podía reconocerlo porque el hombre estaba levemente inclinado hacia adelante, como mirando al suelo.

—¿Quién eres?

—No es de mí de quien debes preocuparte, es de él —el hombre seguía en esa posición y jadeando.

Valeria ignoró todo lo anterior y avanzó hacia él.

—¿Dónde estoy?

—¿Qué haces aquí? —dijo el hombre.

—Vine con mis amigos…

—Debes irte, no continúes… —interrumpió el hombre.

—No comprendo, señor.

—Regresa por donde viniste —el hombre levantó la mirada y ambos rostros chocaron. Él seguía jadeando.

Valeria lo miró y sintió escalofríos, miedo, exaltación. Reconoció al hombre. Era el mismo que había visto sobre la carretera, en plena noche, unos minutos antes de que ella y sus amigos llegaran a ese pueblo donde ahora descansaban, en una de tantas posadas que ofrece el lugar.

—Vete.

De nuevo se escuchó el sonido agudo y ella se tapó los oídos. El lugar quedó oscuro y todo desapareció.

Ella había despertado. Sus ojos estaban bien abiertos y sus pupilas estaban pequeñas. Comenzaba a percibir la mañana fresca y el olor a café recién hecho. Los primeros rayos del sol entraban en su ventana y podía sentir cómo calentaba levemente su brazo, su cabeza y parte de su espalda.

Los ojos de Valeria parpadearon varias veces como asimilando la realidad antes de que ella tuviera la intención de levantarse. El cuerpo se sentía pesado y, de repente, experimentó un mareo. Se tocó la cabeza y bostezó.

El resto de sus amigos no estaba en la habitación; las colchas individuales lucían vacías y ordenadas. Se levantó, estiró el cuerpo y luego se frotó el cuello debido a un ligero dolor.

—Otra vez dormí mal.

La puerta se abrió y apareció su amiga Lourdes.

—Por fin despiertas —dijo con sorpresa, esbozando una sonrisa—. La que tanto insistía en tener una aventura está abatida.

—No es así.

Lourdes entró a buscar el cepillo y pasta de dientes que se encontraban en su mochila.

—Buenos días, dormilona.

—Buenos días.

—Solo faltas tú. Desayuna y continuemos; el café está delicioso —miró a Valeria con alegría.

—Enseguida voy.

Lourdes salió de la habitación. Valeria miró su reloj de pulsera; era pequeño, de color plata y pertenecía a su hermana. La hora marcaba las 7:05 am.

Llegó hasta la cocina, la dueña de la casa picaba verduras. El café estaba sobre la mesa de madera y, a un lado, había unos panes.

—Buenos días —dijo Valeria.

—Buenos días —saludó la dueña de la casa.

Mientras Valeria desayunaba, el resto del grupo se alistaba. Todos se habían duchado ya y estaban esperando a la conductora.

Pronto, ella también se duchó y por fin retomaron su camino.

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Cuento abarca: Ciencia ficción, Terror, Horror Biológico, Suspenso, Distopía.

¡Hola querido lector! Te mando un fuerte abrazo. ❤️

Gracias por el tiempo que le dedicaste a este cuento. ❤️

Gracias a todos :) ❤️ ❤️




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