Vidas Inexplicables

IV Milpa de Semillas (Parte II)

Valeria condujo hacia el parque de Colonia, avanzó hasta la última calle del pueblo y giró hacia la derecha. Condujo por dos horas cruzando algunos pueblos; mientras todos los que iban dentro del coche cantaban, percibieron que la vida de esos lugares era más tranquila que la de la ciudad de Los Santos Reyes. Los perros deambulaban por la carretera y algunos hasta dormían con una tranquilidad envidiable. Los niños jugaban a la pelota y otros corrían.

Pasaron en cinco pueblos sin detenerse. En el último pueblo, avanzaron cinco o cuatro kilómetros más y la carretera pavimentada había llegado a su fin. Había tres caminos de solo terracería con maleza baja; dos de ellos, izquierda y derecha, estaban más limpios que el de en medio.

Ellos se preguntaron qué camino tomar, pues ya no había camino pavimentado, y le preguntaban a Valeria si en verdad sabía hacia dónde ir.

Ella respondió con un simple y llano: «Sí».

Continuaron por el camino de en medio; era estrecho y solo podía pasar un coche. Todos miraban a los lados y solo veían árboles, zacate y maleza seca. Era un lugar de color amarillento, como si de una película antigua se tratara. Algunos pájaros cantaban para hacerlo menos terrorífico.

—¿Segura que es por aquí? —preguntó Samuel, mientras miraba hacia la ventana.

—Sí —sonrió Valeria—, no se preocupen.

—Más te vale, porque no quiero que nos quedemos varados —agregó Carlos.

—Ya cálmense, disfrutemos el viaje —dijo Sergio.

—Confíen, hemos visto las fotos y lo que nos espera es bellísimo —dijo Lourdes.

Cuarenta minutos después, notaron que comenzaba un extenso campo de zacate alto a los costados. Llenos de vida, estaba de un verde vivo y el viento lo hacía sonar. El recorrido fue de ocho kilómetros. Notaron que había dos postes viejos de madera como entrada, pero no había un letrero arriba ni en ningún otro lado en el que pudieran ver el nombre del pueblo.

—¿Es aquí?

—Sí, Lou —dijo Valeria.

Todos bajaron del coche.

—Vaya, pues creo que ya no es tan atractivo este sitio.

—No puedo creer que hayamos viajado tanto para encontrarnos con esto…

—Tranquilo, Sam. Sé que es este lugar —aseguró Valeria.

—¿Cómo estás tan segura? —preguntó Sergio.

—Lo vi en esta videocámara —sonrió ella y detrás de la espalda, la mostró—. Era de mi hermana y aquí me lo enseñó.

Valeria encendió la videocámara y, mientras lo hacía, agregó:

—La entrada ha cambiado un poco, pero estamos en el lugar correcto.

La pantalla se iluminó; la carga de la batería marcaba la mitad.

—Recuerdo haberla cargado… —murmuró Valeria.

Cerró la cámara e indicó que todos subieran de nuevo. Cruzaron la entrada, todos miraban los campos de maíz, eran lo bastante altos. Valeria condujo por un camino que luego zigzagueó hasta llegar a una segunda entrada que, al igual que la primera, no tenía ningún letrero. Por fin vieron el pueblo. Las casas eran de madera y guano y rodeaban una especie de plaza cívica. El centro era de tierra en forma cuadrada, y a su alrededor estaban bien ordenadas las chozas. Su alineación era tan precisa que las fachadas dibujaban claramente el cuadrado.

Todos se bajaron del coche y contemplaron que el lugar estaba rodeado de tallos de maíz altos, más altos que las chozas; era como si, a propósito, la naturaleza no quisiera que nadie supiera de esas casas.

—¿Está vacío? —preguntó Samuel.

—No lo sé —añadió Carlos.

Todos miraban cada rincón.

—No vayas a hacer ninguna estupidez como siempre, Sergio —sentenció Carlos.

Sergio infló el pecho y, con toda energía, soltó:

—¡Hoooooolaaaaaa!

—Pendejo —murmuró Lourdes.

Sergio soltó una sonrisa.

El resto del grupo estaba enojado con Sergio. En ese momento, Valeria se fijó en que una mujer, de aproximadamente dieciocho años, salía de una choza que estaba enfrente de ellos.

—Alguien viene —susurró Valeria.

—Hola —dijo Lourdes.

—Hola —respondió la joven.

—Venimos desde Los Santos Reyes —dijo Valeria y caminó hasta estar frente a ella—. Acabamos de terminado la universidad y vinimos aquí para disfrutar de unas últimas… bueno, nuestra última aventura juntos. —Valeria mostraba un rostro lleno de amabilidad para que pudieran disfrutar de lo que, según ella, era hermoso.

—Sí, somos los mejores amigos —secundó Lourdes con una sonrisa.

—Podemos pagar —dijo Sergio, bromeando.

—Vienen por el cenote.

—Sí.

—No quiero dinero, pueden pasar. Pero hay cosas que no deben hacer.

—Claro, lo que tú digas, amiga —dijo Valeria.

«¿Amiga?», pensó la joven.

—Me llamo Valeria y ellos son: Carlos, Samuel, Sergio y Lourdes —todos alzaron la mano al ser nombrados.

—Me llamo Itzel.

Era una joven delgada, llevaba ropa blanca con pocos bordados, tenía la piel morena y el cabello largo, lacio y de color negro. Valeria y Lourdes envidiaron brevemente el cabello de Itzel.

Ella estaba descalza y no comprendía los accesorios que ellos tenían, ni los aromas que cubrían sus cuerpos.

—Bien —hizo una pausa Valeria—. Tú nos dices qué podemos hacer y qué no. —Valeria miró al resto de sus amigos—. ¿Verdad?

—Sí —respondieron al mismo tiempo.

—No grabar, no alejarse del cenote.

—Bien, perfecto —dijo Lourdes con entusiasmo.

Itzel se giró y señaló el único camino detrás de ella.

—Allí, luego se van por la derecha.

Los amigos se alejaron de Itzel para ir en coche.

—No te despediste de tu novia —dijo Samuel de manera burlesca a Sergio.

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Cuento abarca: Ciencia ficción, Terror, Horror Biológico, Suspenso, Distopía.

¡Hola querido lector! Te mando un fuerte abrazo. ❤️

Gracias por el tiempo que le dedicaste a este cuento. ❤️

Gracias a todos :) ❤️ ❤️




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