Vidas Inexplicables

IV Milpa de Semillas (Parte III)

Se encontraron con dos caminos y, tal como dijo Itzel, tomaron el de la derecha. A unos trescientos metros comenzó la magia visual; estacionaron el coche y bajaron. Desde donde estaban, debían caminar ocho metros más para poder llegar al cenote.

En esos ocho metros de distancia, el piso estaba hecho de piedras planas y rectangulares. Los jóvenes notaron que el sendero se curvaba en circulo, rodeando aparentemente todo el cenote. Por su puesto, el piso llevaba muchos años allí. Se notaba que han sufrido los cambios climáticos, pero se resistía a desaparecer.

—Wow, desde esta distancia se puede sentir el aire fresco. Siento cómo llena mis pulmones de vida —soltó Valeria.

Todos cerraron los ojos y respiraron el aire profundamente. Sonrieron, y los hombres fueron los primeros en salir corriendo para llegar al cenote. Inmediatamente después, ambas mujeres caminaron hacia allí.

El cenote era grande y abierto al cielo, como si fuese un océano. El agua era de un azul turquesa brillante y limpia. Tenía cuatro árboles enormes de ceiba, como si hubieran sido sembrados a propósito para que uno fuera el guardián de los cuatro puntos cardinales.

Pronto todos estaban dentro del agua fría y cristalina. Jugaban y se divertían. Los árboles grandes, con sus ramas enormes, era suficiente para cubrir el sol y evitar que diera directamente a cualquier persona que estuviera allí.

Samuel salió del agua y se recostó en la orilla donde estaba el piso de piedra, mirando hacia arriba.

—Miren nada más qué bello se ve el cielo.

Todos se acercaron a donde él. Miraron hacia arriba y notaron la magia de la que siempre se habían perdido. Nadie suele mirar el cielo, pues ya es parte de la vida diaria y de las actividades cotidianas; se sabe que existe, pero no lo miran.

Cayeron en cuenta de que nadie había visto un cielo tan azul, con nubes enormes y espesas que parecía que caerían sobre ellos, pues se veían muy cerca. El viento se arremolinaba, cubriendo a todos, incluso a los árboles. El lugar desprendía una serenidad y una paz tales que sintieron que los estaba purificando. Era como un reinicio de vida, consideraron que era el mejor aire que habían respirado en toda su vida.

—Es hermoso y se ve que casi ningún foráneo ha venido hasta aquí. Está muy limpio y no hay basura alrededor, como latas de cerveza, botellas de plástico y esas cosas —dijo Lourdes.

—Sí —asintió Carlos.

Sergio salió del agua y se paró al lado de Samuel. Notó que se veían las rocas en el interior del cenote, como si fueran piedras preciosas incrustadas.

—Vaya, puedo ver el cielo y las nubes sobre el agua —dijo Sergio.

—No por nada el cenote se llama Nenil Ka’an —dijo Valeria.

—¿Eh? —dijo Lourdes.

—Significa «Espejo o reflejo del cielo». Y es conocido como «El lugar donde los viajeros descansan».

—¿Y tú como sabes eso?

—Mi hermana me lo dijo, es por eso que también quise venir aquí… —su voz de Valeria fue suave.

—Es hermoso —dijo Lourdes.

—Vamos a comer, iré por la comida —dijo Carlos y se fue en el coche.

Salieron del agua y tendieron mantas de colores para que pudieran poner toda la comida que habían traído. Incluía, mayormente, sándwiches, panecillos, frutas e incluso pay de queso y napolitano. También refrescos y agua. Mientras Valeria seguía dormida en la posada, la dueña fue quien les preparó los sándwiches y les entregó lo demás a un costo razonable. Los chicos habían ido a la tienda cercana de 24 horas por hielo, refrescos y agua.

Todos estaban disfrutando de momentos bellos y recordando todo lo que habían vivido durante la universidad; algunos de ellos ya se conocían desde la prepa. Recordaban los viajes que habían hecho anteriormente y era inevitable no romper a carcajadas cada vez que alguien revivía escenas graciosas o comentarios dichos.

Más tarde, las chicas se alejaron de los chicos; estaban del otro lado del cenote tomándose fotos con el celular. Lourdes encendió la videocámara y Valeria espetó que no lo hiciera. Pero ella la ignoró y comenzó a grabar a Valeria, alrededor y por donde estaban los chicos y, desde luego, ella también se grabó.

Decía ante la cámara que estaban en un lugar hermoso, que la vista era espectacular y que muchos deberían, al menos, visitarlo.

Luego todos se volvieron a meter al cenote y hacían competencia de natación. Las nubes se tornaron grises y el cielo estaba avisando que llovería.

Salieron del cenote, se cambiaron y, una vez hecho, se dirigieron al pueblo. Al asomarse, Valeria se detuvo y notaron que había más de diez mujeres de diferentes edades embarazadas. Itzel era la única que no lo estaba. Las mujeres sostenían en las manos canastas de bejuco llenas de frutas y verduras.

Todas ellas se quedaron inmóviles y sus miradas estaban sobre los jóvenes que permanecían dentro del coche.

—¿Y esas mujeres de dónde salieron? —dijo Lourdes.

—No lo sé —susurró Valeria.

Los chicos estaban echando bromas entre ellos y no prestaban atención a lo que ellas dos veían.

El cielo comenzó a relampaguear.

Las mujeres que estaban en la plaza comenzaron a irse a sus casas. Valeria se bajó del coche y comenzó a caminar a donde estaba Itzel.

—Hola.

—Hola —respondió Itzel con su voz suave y dulce.

—¿Será que podemos quedarnos?

Itzel no respondió.

—Podemos pagar por el hospedaje.

Itzel sonrió. No entendía qué significaba «hospedaje».

—Por el dinero no te preocupes.

Había escuchado la palabra dinero y vagamente sabía qué era. En su inocencia, Itzel señaló la pulsera de Valeria. Ella miró su mano y dijo:

—¿Te gusta?

Itzel asintió con la cabeza. Ella nunca había visto algo brillante en la mano, pues era una pulsera de plata con incrustaciones de pequeñas piedras brillantes.

—Te la puedo regalar, si quieres.

Valeria se la quitó y se la entregó. Itzel sonrió cuando ella amablemente se la puso en la muñeca.




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