La lluvia continuó por el resto de la tarde hasta calmarse como a las 10:15 pm. Todos los del pueblo dormían, incluso los jóvenes. El viento intentaba colarse por las ranuras de madera de la choza donde ellos estaban. Valeria tuvo escalofríos y se sintió helada.
Despertó y, sin hacer demasiado ruido, fue hacia donde la puerta principal. La abrió, el aire frío golpeó todo su cuerpo y contempló la noche. Escuchaba las ramas y las hojas chocar entre sí, y también hacían lo mimo los tallos del maizal. Por momentos se escuchaban más fuertes y claros. La plaza estaba vacía. Caminó en dirección de su coche, hacia la puerta del conductor, y se cubrió con su sábana cuando de nuevo el aire frío golpeó su cuerpo.
Abrió la portezuela y se inclinó en busca de una cajetilla de cigarros. La tomó debajo del asiento del conductor y se reincorporó. Sacó un cigarro de la cajetilla junto con el encendedor. Cerró la puerta del coche y caminó hacia el capó. Trataba de crear una flama en el encendedor, pero este no cooperaba.
Una silueta pequeña estaba frente a ella.
—¡Enciende! —susurró Valeria.
Casi como una palabra mágica, el encendedor creó una flama. A punto de prender el cigarro, la mirada de Valeria se posó en la silueta pequeña.
—¿Qué carajos?
Valeria miró hacia la plaza y no veía a nadie. Regresó su mirada al frente y la silueta seguía allí. El aire que chocaba en su cuerpo era cada vez más frío o, al menos, así lo sentía. La silueta levantó una mano y le hizo señas de que se acercara.
La curiosidad fue más fuerte que Valeria; dejó los cigarros sobre el capó y fue hacia la silueta.
A escasos metros de alcanzarla, esta se movió y caminó hacia atrás. Valeria miraba de vez en cuando hacia el coche por si alguien aparecía. Continuó persiguiendo la silueta sin darse cuenta de que el coche ya no estaba a la vista.
Al llegar a un barranco, se dio cuenta de que la silueta ya no estaba. Miró hacia abajo, donde había una escalera de piedras que iba hasta el fondo.
Miró todo a su alrededor sin ver nada más que piedras y árboles.
—Shshshshshshs.
Valeria sintió escalofríos al escuchar el sonido y se llevó un susto al notar que una niña, aproximadamente de nueve años, estaba a su lado. Estaba descalza, con ropa blanca de manta más grande que su cuerpo. Tenía el cabello desaliñado y los dientes amarillentos. Valeria miró nuevamente al frente, hacia abajo, donde estaba la escalera; luego miró a sus lados y, después, por donde había venido.
—¿Quién eres? —susurró Valeria.
La niña quitó el dedo de sus labios. Valeria se agachó y le acomodó el cabello para que pudiera verle el rostro. Creó una flama con el encendedor y notó que la cara de la niña estaba sucia, como si la mugre fuera parte de ella. Miró sus dedos y los tocó, sintiendo su aspereza. Las uñas estaban desgastadas. La flama se apagó.
—¿De dónde saliste?
La niña solo sonreía.
—Vamos a casa.
—No —respondió con seguridad la niña.
—¿Cómo te llamas? Yo soy Valeria.
—Valeria —repitió la niña.
—Sí, ¿y el tuyo?
—No tengo.
Valeria titubeó.
—Em… ¿qué haces aquí?
—Salí por comida.
—¿Dónde vives?
La niña señaló hacia abajo.
—¿Y tus papás?
—No tengo.
—¿Estás sola?
—No, me esperan.
—¿Quién?
—Los demás niños.
Fue allí cuando Valeria se perdió en sus recuerdos desde que llegaron. No se había percatado de que, hasta ahora, nunca había visto niños ni hombres en el lugar. Tampoco ruidos comunes que provocan los niños al estar jugando. Solo mujeres.
—Ven conmigo.
—No, nadie sabe que vivo. Si se enteran, me entregaran a Aj Xiinbal.
—¿Quién?
—El viajero.
Valeria no comprendía del todo.
—No debiste haber venido aquí. El viajero no dejará que se vayan.
Valeria nuevamente sintió escalofríos.
—Había una mujer como tú, tenía tus ojos. Vino con un amigo, se fueron. Pero el viajero es malo y brujo; dijo que los mataría.
Valeria tenía los ojos desorbitados. Una sensación de curiosidad nacía desde su estómago y sintió punzadas en el corazón que iban en aumento.
—¿Quién era esa mujer?
—Era igual a ti.
—¿Sabes cómo se llama?
—Sí.
La niña miró hacia atrás cuando escuchó un sonido que, al parecer, solo ella escuchó.
—¿Cómo se llama?
La niña regresó la mirada a Valeria.
—Samantha, y me dijo que tiene una hermana llamada Valeria.
Valeria sintió girar todo: el suelo, la niña, el cielo y los árboles. Era el nombre de su hermana melliza.
Un dolor en la sien le advirtió que vomitaría.
—¿La conociste?
—Sí.
—Debo irme, debo irme —susurraba Valeria. Su corazón galopaba.
—El viajero ya sabe que están aquí. Mañana las embarazadas entregarán a los hijos del viajero.
Valeria seguía sin comprender lo que la niña decía o lo que trataba de advertile.
—Debes venir a ver lo que el viajero esconde. Y puede que nos ayudes.
—Vamos a la casa, con mis amigos, y te sacaremos de aquí.
—No puedo dejar a los otros. Ven conmigo.
Valeria dudaba. Pero la niña sabía de su hermana. Antes de que la hermana de Valeria muriera, le contaba que soñaba con maizales y con el cenote. Con ruinas que ella aseguraba que jamás había visto, y con una silueta oscura y alargada. Decía que muchas veces la venían a visitar. Pero nunca le contó a Valeria de la niña.
Valeria tomó valor y dijo:
—Llévame.
La niña bajó la escalera de piedra y detrás la seguía Valeria sin saber con certeza si obtendría información real de su hermana.
Juntas y con prisa se fueron hacia la izquierda una vez abajo. Caminaron muchos metros hasta llegar a donde los árboles eran más densos y frondosos. La niña tomó la mano de Valeria y ella fue la primera en cruzar un tronco grueso que estaba caído. Avanzaron un poco más. La niña se detuvo y alzó una especie de puerta en el suelo que estaba hecho de palos delgados y cubierta de zacate y hierbas. Ella entró a gatas, como un conejo entra a su madriguera. Se detuvo una vez dentro y dijo:
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Editado: 15.06.2026