Vidas Inexplicables

IV Milpa de Semillas (FINAL)

Tomaron un camino diferente hacia las ruinas. El clima seguía siendo frío, y cada vez que el viento arremetía contra el cuerpo de Valeria, sentía como si su piel fuera cortada por una guillotina. A la niña parecía no afectarle el clima.

La pequeña se detuvo y le hizo señas a Valeria para que hiciera lo mismo. Ambas se agacharon y notaron que las mujeres embarazadas hacían una larga fila; Valeria se preguntó de dónde habían salido tantas mujeres.

Las mujeres entraban por el arco de la ruina. Minutos más tarde, cuando ya nadie estaba afuera, la niña bajó y le indicó a Valeria que la siguiera. Rodearon la estructura de piedra y, en la parte trasera, había un hueco, de nuevo a gatas, entraron por allí. A mitad del camino se escuchaban los gritos de dolor de todas las mujeres, y cada vez que se acercaban, se hacían más claros los quejidos.

La niña le susurró a Valeria que pasara al frente para ver lo que ella ya sabía. Valeria se asomó y, entre piedras y hierbas, se dio cuenta de que las mujeres estaban recostadas sobre camas de piedra levemente levantadas, y todas estaban con las piernas abiertas. Debajo de ellas se encontraban unos objetos de color azul brillante, similares a unas canastas. Las mujeres gritaban y los bebés caían dentro de ellas. Pronto el sitio se llenó de quejidos y de llantos.

La niña le tocó la pierna a Valeria para que la siguiera de nuevo.

Llegaron a otra habitación que, al igual que la anterior, estaba casi en ruinas. Valeria no concebía lo que sus ojos veían: había cientos de cápsulas negras ovaladas con una luz azul en el centro de cada una, como si fuesen sus corazones, porque parpadeaban lentamente. Notó en la pared que una sombra gigante se acercaba a esa habitación. Al estar más cerca, se distinguía en la pared que la silueta tenía en la boca lo que parecía ser un bebé y se lo estaba tragando. Desde su escondite, pudieron ver las manos, el cuerpo y las piernas del bebé que estaba siendo devorado; se movía como si fuese una rama que el viento ha sacudido.

—Vámonos —dijo la niña.

La niña no perdió tiempo y corrió lejos de aquel lugar. Valeria la perdió de vista y corrió por donde había venido. Llegó a donde estaba la escalera y miró a su alrededor para ver si veía a la niña. Al notar que no había nadie, subió con prisas la escalera y fue hacia la casa.

Olvidó los cigarrillos que estaban en el capó y no se dio cuenta de dónde había perdido el encender. Entró agitada a la choza y caminaba de un lado para otro. Itzel estaba afuera de su propia choza y vio entrar a Valeria despavorida.

Trataba de acechar por las ranuras de la madera; su cuerpo tiritaba, pero no era por el frío. Su respiración era agitada. Comenzaba a sudar y sus manos estaban temblorosas. Podía ver la plaza vacía; pronto las mujeres regresaron en fila, como soldados marchando a la perfección.

Como si recibieran órdenes, rompieron filas y cada una se fue a su casa. Valeria sentía el rostro acalorado. Se alejó por unos instantes de la ranura; se comía las uñas y no sabía si decirles a sus amigos lo que le había pasado, lo que había visto y lo que sabía por lo que la anciana le había contado.

Mientras peleaba con su mente, la puerta fue golpeada. Ella se asustó y dejó escapar un chillido. Se acercó de nuevo a la ranura, pero no veía a nadie en la plaza. Con miedo, abrió lentamente la puerta y no se encontró con nadie; solo escuchaba las ramas y los tallos de maíz chocar entre sí. Su vista bajó y vio la pulsera que le había regalado a Itzel. Valeria miró por toda la plaza, hacia cada casa que tenía al frente, y no vio a nadie; recogió la pulsera y se dispuso a cerrar la puerta. Permaneció inmóvil, mirando la pulsera.

—Lo sabe —susurró—. Ella lo sabe.

Su corazón comenzó a latir demasiado rápido, y su angustia y temor no la dejaban pensar con claridad.

—Ella ya sabe que yo fui… No, no, no —dijo tras una pausa y se agarró el cabello con fuerza—. Debo despertar a los chicos, decirles lo que está pasando y salir de aquí.

Se dio la vuelta hacia donde estaban ellos. Con rapidez se acercó a Lourdes, pero solo encontró la manta. Sintió punzadas en el corazón y el miedo aumentó. Se lanzó con arrebato a donde deberían estar los chicos y cayó sobre el suelo, entre mantas y ropas.

No se levantó; permaneció boca arriba y soltó un llanto ahogado, amargo. Se agarraba el cabello con fuerza, provocándose dolor, y se pegó una bofetada para ver si solo era un mal sueño. El dolor era tan real como su llanto y su miedo.

Pasaron varios minutos en los que se sintió abatida; estaba en posición fetal y las lágrimas se habían secado en sus mejillas.

Ella reaccionó al escuchar un grito estrepitoso que venía de afuera.

—¿Lourdes?

De nuevo escuchó el grito desgarrador.

—Lourdes.

Se levantó a toda prisa y salió de la casa. Fue hacia el coche. Escuchó una vez más el grito y corrió en dirección a las ruinas. Bajó las escaleras sin importarle si tropezaba. Se detuvo frente a un árbol enorme y, al escuchar de nuevo el lamento, se dirigió inmediatamente donde las mujeres desfilaban.

Entró por la entrada principal. La niña estaba a la orilla del barranco, agachada detrás de unas ramas; observó la desesperación de Valeria y cómo entró al lugar sin más, lo que le hizo sentir tristeza.

Valeria caminaba cuidadosamente y no tenía problemas con la oscuridad: había una luz de color azul igual a la que tenía la anciana en su madriguera. Escuchó quejidos y supuso que se trataba de sus amigos.

Avanzó varios metros hasta llegar a una habitación en donde había plataformas metálicas inclinadas a ciento cuarenta grados. Sus amigos estaban allí sujetados con algo que Valeria no distinguía bien, notó que todos estaban inconscientes. Lourdes y el resto estaban desnudos.

Valeria no podía creer lo que veía. Con un temblor en el cuerpo se acercó a Lourdes, quien estaba cerca de ella.

—Lourdes —dijo sollozando—. Despierta, Lourdes.




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