Llego a “La Habana” antes de lo que hubo pensado. El local olía a tabaco y a un perfume de mujer barato.
Mario tenía un inmenso dolor de cabeza, estaba cansado, como si hubiera estado andando entre tinieblas, poco a poco fue recuperando la lucidez a pesar de la poca luz que había allí dentro.
Sacó las llaves y el móvil del bolsillo, decidido a sentarse en su rincón de siempre, cuando escuchó algo que le llamó la atención.
-Señores y señoras, distinguido público, buenas tardes a todos y bienvenidos a “La Habana”. Les deseo que pasen una feliz velada entre copas y amigos.
Mario se sorprendió al ver a Carmen sobre el escenario, acostumbrado siempre a verla tras la barra. Al parecer acababa de abrir el local, era la primera vez que Mario presenciaba la apertura, siempre solía llegar más tarde, se sentó en un taburete y allí se quedo esperándola.
Vio como Carmen bajo del escenario y fue hacia el tocadiscos, puso música y entró en la barra.
-Menos rollos tía,-le dijo este riendo- y ponme un vodka bien frio, si puede ser doble.
Carmen era la única mujer con la que Mario podía hablar claramente; sin asustarse y sin ponerse nervioso.
La cara de Carmen se iluminó al ver a Mario allí, era de los pocos clientes que le caían bien. Mario era el único hombre con el que Carmen podía tener una conversación tranquila, ya tenía cerca de los sesenta años y por ``La Habana´´ vio pasar a mucha gente, la mayoría bohemia y soñadora que le hablaban de amor, otros antiguos legionarios contando sus batallas y buscando un hogar (los cuales siempre acabaron en su cama y desaparecieron al día siguiente).Pero todo aquello a su edad ya era agua pasada.
-Vete a la mierda.-contesto Carmen guiñándole un ojo.
Mario se echó a reír, saco un cigarrillo y lo encendió; sólo fumaba en “la Habana”. Dejó de fumar hacia dos años, pero de vez en cuando se consentía un cigarrillo.
- ¿Me has echado de menos o qué?-le dijo Mario.
Carmen puso sobre la barra un enorme baso lleno de cubitos de hielo y comenzó a llenarlo de vodka blanco.
-Lleno, por favor.-susurro Mario, y se quedó escuchando el crujido del hielo al entrar en contacto con el vodka.
Carmen miró a Mario y trató de averiguar una vez más que hacia ese hombre en un lugar como aquel. No era que el club hubiese sido malo, si no, pasado al olvido cuando empezaron a levantar los grandes casinos y clubs de striptease con aquellos espectáculos, y bailarinas, “la Habana” que fue uno de los primeros clubs de los setenta; se quedo pequeña al disponer solo de un escenario y de una bailarina. Carmen, que entonces tenía veinte años y algo de dinero ahorrado, se quedo con el local y sustituyó los striptease por un piano colocado sobre el escenario en el cuál ella salía a cantar. Al principio, el lugar se llenó de gente; parejas románticas que buscaban un lugar tranquilo donde pasar la tarde; almas solitarias buscando consuelo en una copa de más; caballeros errantes buscando amores pasajeros… Entonces las mesas y las sillas relucían, los caballeros iban con trajes y bien afeitados oliendo a agua y jabón; las mujeres tenían un estilo de elegancia aunque de la clase media. Ahora las mesas estaban rajadas a punta de navaja con infinidad de nombres y de mensajes. Las parejas que antaño hablaban de amor, dejaron paso a adolescentes que buscaban un lugar donde meterse mano a la misma vez que fumaban hierba. Y estos adolescentes dieron paso a un fronterizo bar de barrio donde los pocos clientes que entraban era por casualidad; quitando de una docena de ellos que eran asiduos allí sin tener donde ir a pasar la noche, entre ellos estaba Mario, que a pesar de llevar años frecuentando el local, nadie sabía nada de él, ni tan siquiera Carmen era capaz de relacionarlo con algunos de los grupos de sus clientes. A veces se sentaba en la barra y miraba por la ventana en silencio, otras se adentraba en la penumbra del local donde no lo veía nadie y permanecía allí sentado bebiendo hasta que se marchaba.
A veces intentó preguntarle por su oficio para iniciar una conversación pero Mario esquivaba esas preguntas con una habilidad impresionante; como si hubiese ensayado la respuesta. En el momento en que Carmen fue a preguntarle cómo había pasado el día, se abrió la puerta:
-Hola tía…
La sobrina de Carmen entró repentinamente y se sentó junto a Mario; aunque sin darse cuenta de que este estaba allí.
-¿Pero qué haces tú aquí?-le preguntó Carmen irritada.-Te dije que no vinieras, vete a casa María Eulalia.
-Ssssss…..no me llames así,- volvió la vista mirando a su alrededor por si alguien escuchó a su tía llamarla por su nombre y advirtió la presencia de Mario.-Me llamo Linda y no me voy a ir a casa porque no me da la gana.
-Ponme un cubata.- le dijo a su tía sin poder quitar la vista de Mario, a pesar de que este le doblase la edad, pues era difícil que una mujer no se fijase en él.
-¿Tienes dinero para pagarlo?- le contesto Carmen.
Mario estaba medio de espaldas a Linda, como siempre que una mujer se fijaba en él, Carmen que con los años aprendió a fijarse en las emociones de la gente lo había observado muchas veces y sabia que se ocultaba de las mujeres cuando intentaban pavonearse delante de él, para que no notaran como le temblaban las manos.
Mario levantó su copa, ajeno a la discusión que las dos mujeres acababan de iniciar pero sin ignorar que era el centro de atención de ellas dos y se la acercó a los labios. A Carmen le parecieron nubes de algodón y se preguntó como besarían esos labios y porque tanto miedo a que los besaran. Volvió a dejar su copa sobre la barra y se pasó la mano por el cabello despeinado, dejando a la vista una cicatriz en el lado izquierdo de la frente que empezaba en la sien y terminaba en una de sus cejas; rectas y bien marcadas, casi perfectas como sus grandes ojos marrones y achinados que en ocasiones se volvían de un color gris oscuro.
-Ponle un cubata que yo se lo pagaré.-Dijo Mario, aunque sin mover un solo musculo.-Y otro vodka para mí.