Malena despertó y miró el reloj, eran las once de la noche, estuvo durmiendo cinco horas, tenía una orquesta en el estomago; no comió nada durante todo el día. Se levanto para prepararse una ensalada pero cuando entro en la cocina se dio cuenta de que tenía más sueño, así que se tomo un vaso de zumo y se volvió a dormir en el sofá.
A las cuatro de la madrugada despertó con una terrible pesadilla. Buba estaba mirándola, el también despertó .Malena se preguntó si posiblemente hubiese chillado en sueños, era muy difícil despertar a Buba.
Poco antes de encontrar a Buba en el contenedor, la seguían, la llamaban por su nombre; por eso echó a correr, nadie conocía su verdadero nombre y eso la asusto tanto como para meterse de cabeza en aquel contenedor.
``Era una mujer´´ pensó. Acababa de soñar la escena una vez más, la escena de su peor pesadilla desde hacía ocho años, pero esta vez era diferente, no la llamaba un hombre para asesinarla, sino una mujer que quería contarle algo importante; la mujer que aquel día acabo tendida en el asfalto con una raja en el cuello era la que la llamaba aquella noche.
Malena se levanto del sofá y fue directa a un mueble –bar que tenia colgado de la pared, busco una botella de algo para beber, pero no encontró nada, vasos vacios; papeles desordenados; facturas…
``Tendría que haber cogido una botella esta tarde del supermercado´´, pensó.
Tenía la garganta seca, el pulso empezó a latirle con más fuerza y empezó a faltarle el aire para respirar, ``en el congelador´´, pensó, siempre guardaba una botellín de agua lleno de ginebra allí por si salía de viaje, se ponía nerviosa en los viajes.
Fue hacía la cocina y empezó a estar más tranquila; abrió el congelador y allí estaba; aunque casi congelada, pero no le importó. Cogió la botella y la puso en el fregadero, abrió el grifo del agua caliente y empezó a descongelarse.
A los veinte años Malena descubrió que podía dejar las botellas de ginebra en el congelador durante semanas sin que llegasen a congelarse, en aquellos tiempos era una de las cosas que más le preocupaban.
Malena abrió la botella se la acerco a los labios y sorbió dulcemente un profundo trago, sabiendo que estaba mal lo que hacía pero que pasaría mucho tiempo hasta la próxima vez que lo volviese a hacer.
Ahora lo veía todo con más claridad, como el tráiler de una película antigua le venían las imágenes que acababa de soñar a la cabeza, podía oír el ruido de sus tacones al seguirla; de haber sido un hombre la hubiera alcanzado. Dio el último trago a la botella y se quedo mirando el fondo vacio .era como encajar las piezas de un puzle, todas pertenecían al miso dibujo pero ninguna encajaba. Se quedo exhorta por un momento le pareció que todo tenía sentido….un ruido.
-¡oh!… ¡Buba que has hecho! …no está bien tirar toda la comida. Ven aquí que me tengo que ir a trabajar.
Llegaba una hora antes, el Tato estaba cerrando la puerta cuando la vio llegar.
Era un hombre de unos cincuenta años, no era mal hombre para ser jefe, pero si un poco roñoso. Malena la primera vez que lo vio le recordó a`` la historia interminable´´, porque llevaba todo el cuerpo tatuado de dragones, tenía una apariencia muy peculiar, el pelo canoso con un corte que le hacían la cabeza cuadrada y unas patillas que casi le llegaban a la barbilla, unas cejas puntiagudas siempre despeinadas; y tantas medallas de oro colgando que parecía el escaparate de una joyería.
Iba vestido con una camisa de seda por fuera de los vaqueros y tenía aspecto de cansado. Se sentó en la acera a esperar a Malena.
Esta se acercaba caminando con ropa de deporte y el pelo recogido en una coleta.
-¿Qué haces aquí tan temprano? –le pregunto el Tato.-
-No tenia sueño.
-No voy a pagarte horas extras.
Malena era una mujer que hacia doblegar a los hombres levantando un muro infranqueable a sus emociones.
El Tato seguía sin creer que llevase tanto tiempo trabajando allí. El ``Ameri´´ , como se llamaba el club era un intento de reproducir la elegancia de los clubs de Nueva York, un edificio de ladrillo rojo de tres plantas, techos altos y un increíble yacusi en el tejado, pero tenía algo siniestro, pues nadie había podido ver más allá de la planta baja. Todas las puertas estaban cerradas con llave y daba la impresión de que no se hubieran abierto en muchos años.
El Tato empezó a abrir la puerta, miró su reloj y vio que eran las siete y doce minutos, se giro hacia Malena escondiendo una sonrisa picara:
-Tienes suerte porque amanece antes si no, no te dejaría entrar. ¿Lo sabes verdad?
Malena no contesto, sabía que no encendería las luces porque consumían mucha electricidad, nunca conoció a una persona tan tacaña como él, cuanto más dinero ganaba más tacaño se volvía.
Los viernes por la noche el club se saturaba tanto de gente que apenas se podía caminar, pero no contrataba a nadie para trabajar, porque decía que el seguro del local le subía un diez por ciento más.
Entraron los dos en el local, Malena pensaba que él se marcharía, pero no lo hizo. Se giró y le puso el candado a la puerta quedando los dos allí dentro.
-¿Qué estás haciendo?-protesto Malena- si no abres las ventanas no veré nada.
-He pensado que ya que estas aquí tan pronto, podrías arreglar el piso de arriba.
-¿has reparado el yacusi?
-¿estarás de broma, no? ¿Sabes lo que cuesta mantenerlo?-le dijo el Tato riendo. -Sígueme.
Malena se sorprendió, si no iban al yacusi tenían que ir al segundo piso, donde nadie había estado nunca.
El Tato penetró en la barra a oscuras y abrió un cajón; saco una linterna y la encendió.
Malena lo miraba sin pestañear, no alcanzaba a entender lo que pasaba, pero le daba la impresión de que no era la primera vez que él hubiese hecho eso.
-Sígueme,-le dijo a Malena que estaba petrificad y entró en el almacén del club por una puerta junto a la barra.