Vientos de Pasión – Renacido de las Cenizas – Precuela

Episodio 3

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La mañana llegó envuelta en una niebla pálida. El silencio en el Albion Club era casi reconfortante… casi. Alexandre se había despertado temprano, aunque no sabría decir si había llegado a dormir. La habitación parecía la misma, pero algo en él había cambiado.

Sobre el escritorio descansaban las dos cartas: una formal, previsible, pensada; la otra —breve, contenida, sincera. Las miró sin tocarlas. Se vistió con gestos lentos, metódicos. Se lavó con agua fría, como si pudiera borrar la mancha que cargaba, y el espejo le devolvió el reflejo de un hombre que apenas reconocía.

Bajó al vestíbulo, aún vacío. Miró a su alrededor y vio a un criado cruzar el pasillo con una bandeja.

—¿Puede entregar estas? —dijo, tendiéndole las cartas.

El criado las tomó con una leve inclinación y se alejó. Alexandre lo siguió con la mirada. Por un instante, pensó en llamarlo de vuelta. Pero no lo hizo.

Regresó a la habitación. Se sentó. Se levantó. Volvió a sentarse. Abrió la ventana. La cerró. El aire parecía demasiado pesado. Se sentía culpable. Había traicionado el deber. Había quebrado una promesa que, por injusta que fuera, todavía le pertenecía.

Se sentó de nuevo, inmóvil. Pero no descansó. La carta ya estaba en camino.

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Dos días después, cuando el criado le entregó el sobre, Alexandre se sorprendió. No esperaba correspondencia —salvo quizá más deudas por pagar. Estaba a la mesa del desayuno. El periódico permanecía cerrado, intacto. Las noticias del mundo exterior parecían irrelevantes ante lo que tenía entre manos.

La respuesta venía en un papel delicado, escrita con tinta oscura y una caligrafía firme. Era breve, como cabía esperar, pero su contenido, aunque discreto, revelaba más que cualquier palabra pronunciada en público:

«Milord,
Yo tampoco he olvidado el instante en que hablamos. Encontré en sus palabras un consuelo y una verdad que hasta ahora nunca se me habían ofrecido. Escríbame de nuevo. Es lo que le pido.
P. C.»

Alexandre leyó la carta tres veces antes de guardarla en el bolsillo del chaleco. La chimenea crepitaba suavemente. La tensión acumulada se disipó de forma casi imperceptible. Y, por primera vez en semanas, sintió algo parecido a la alegría.

Al día siguiente, respondió. Apenas un párrafo. Comentó, con una ironía delicada, que la puntualidad de las mañanas en Hyde Park parecía ahora comprometida por las lluvias de primavera —y que, si acaso volvía a cruzarse con ella, prometía no interrumpir el paseo.

Lady Penélope devolvió la respuesta con igual sutileza, elogiando su talento para prever el tiempo y sugiriendo que, si Hyde Park se volvía poco conveniente, siempre quedarían los corredores de Somerset House, donde la exposición de acuarelas prometía atraer a media ciudad y alejar a la otra mitad.

En los días siguientes, cumplió el papel que le correspondía: visitas formales a la casa de los Somersby, paseos públicos con Lady Beatrice, conversaciones vacías. En cada evento, la representación se volvía más perfecta. Pero por las noches, los criados le entregaban pequeños sobres sellados, discretos, y era en ellos donde reposaba la única verdad que aún le pertenecía. Las palabras de Lady Penélope se convirtieron en su refugio silencioso. Así nació el hábito.

Un billete, luego otro. Pequeños párrafos, delicadamente doblados y entregados por criados discretos. El contenido, siempre elegante, nunca impropio. Entre líneas, Alexandre empezaba a reconocer el tono de alguien que veía más allá de la máscara que él mantenía con tanto cuidado.

En cierto momento, comenzaron a encontrarse en jardines menos concurridos, corredores discretos de galerías o bajo el pretexto de paseos ocasionales. Hablaban poco en esas ocasiones —siempre existía el peligro de ser oídos—, pero el silencio entre ambos se volvía tan revelador como las palabras intercambiadas.

Los días se hicieron más soportables. La mañana ya no comenzaba con el ruido de las cuentas y las obligaciones, sino con la expectativa: ¿habría llegado algo? ¿Habría respuesta? Lady Penélope no escribía todos los días, pero cuando lo hacía, él leía con atención y guardaba cada billete en una pequeña caja, junto al anillo de compromiso de su madre. Y empezó, sin darse cuenta de cuándo, a compartir también pequeños detalles: un libro que lo había marcado, un lugar de la infancia, un recuerdo suelto de su madre. Nada demasiado íntimo, pero todo verdadero.

Con ella, no necesitaba fingir. Y eso —solo eso— ya era un lujo que no se atrevía a confesar en voz alta. En uno de esos billetes escribió apenas: «Aún no he encontrado una salida. Pero hoy, gracias a su carta, he encontrado esperanza».

No esperaba una respuesta inmediata. Pero días después, ella le devolvió, con la sencillez que solo las mujeres sensibles saben ofrecer:

«A veces, la esperanza es cuanto basta para atravesar la noche».

Y él supo, sin margen para la duda, que estaba perdido —no solo por ella, sino por todo lo que ella representaba. Y que el mundo jamás le permitiría vivir esa ilusión.

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En el texto hay: traição, renascimento, luta

Editado: 10.02.2026

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