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Hyde Park estaba lleno, como si todo Londres hubiera decidido exhibirse. El sol se asomaba entre las nubes, arrojando luz sobre los senderos de grava y volviéndolos dorados y traicioneros. Las damas paseaban bajo amplios sombreros, los caballeros intercambiaban saludos aburridos y los cocheros mantenían a los caballos bajo control con la resignación aristocrática de quienes ya habían visto demasiadas mañanas iguales.
Lady Beatrice caminaba junto a Alexandre con pasos cortos y decididos, el mentón erguido con orgullo y un aire de triunfo juvenil, como si desfilara ante un público invisible. La dama de compañía los seguía a unos pasos, silenciosa y vigilante: una mujer alta, severa, de expresión inalterable. Nunca se unía a la conversación, pero lo oía todo. Y Beatrice lo sabía. Tal vez por eso hablaba más deprisa de lo habitual y su risa sonaba más aguda de lo necesario.
El vestido de tafetán lila parecía salido de una ilustración de moda: cumplía todas las normas del buen gusto, pero le faltaba alma. Los encajes apagados y las flores artificiales lo volvían aún más insípido. El sombrero, demasiado grande, acentuaba su palidez, como si subrayara el esfuerzo por parecer lo que todavía no era.
—Mamá dijo que el azul me quedaría mejor —comentó ella, girando ligeramente la falda para exhibir el bordado—. Pero este color tiene el tono de las glicinas, y Lady Chastleton me dijo que queda precioso con ojos claros. ¿No le parece? —Le lanzó una mirada de soslayo, esperando aprobación.
Alexandre murmuró algo indistinto, con la mirada ya perdida en otra dirección. El brazo de Beatrice descansaba sobre el suyo, una falta de etiqueta que delataba su carencia de cuna. La incomodidad era absoluta.
Y entonces, la vio.
Caminaba por uno de los senderos laterales, junto al seto bajo, con un vestido de corte sencillo y elegante. La paleta de tonos neutros acentuaba su sobriedad, su equilibrio. Era un contraste vivo, no solo con Beatrice, sino con todo el escenario que la rodeaba.
Alexandre se detuvo durante un instante casi imperceptible. Cuando sus miradas se cruzaron, la presencia de su acompañante dejó de importar.
Ella no se detuvo. Pero la firmeza de su paso no ocultaba la tensión de los hombros ni el brillo contenido de los ojos. Pasó junto a ellos como si no fueran más que parte del paisaje. Orgullosa.
El mundo pareció desplazarse y, en ese instante, Alexandre sintió el peso exacto de todo lo que estaba mal en su vida. Instintivamente, intentó liberar el brazo, pero Beatrice lo apretó con más fuerza, sin darse cuenta.
—¿Todo está bien? —preguntó ella, sonriendo, ajena—. Oh, ¿ha reparado en esa señora, sin acompañante? Qué impropio. Y ese sombrero que llevaba… tan anticuado, ¿no le parece?
Él no respondió.
—¿Es alguien conocida suya? —insistió.
—Alguien… imposible de olvidar —murmuró.
—¿Perdón?
—Nada. ¿Vamos?
Y continuaron. Pero él ya no sabía si caminaba o si solo fingía mantenerse en pie.
Al final del paseo, fue la dama de compañía quien se acercó, con voz baja pero firme:
—Tal vez deberíamos regresar, milady. El sol está volviéndose demasiado fuerte para su tono de piel.
Beatrice se encogió de hombros con indiferencia, pero Alexandre se sintió agradecido por la intervención.
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Editado: 10.02.2026