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El carruaje se detuvo ante la residencia londinense de los Cavendish poco después de las diez y Alexandre descendió sin vacilar. El traje era el mejor que poseía. Por fuera, se presentaba con la dignidad de un hombre seguro; por dentro, era la esperanza lo que lo mantenía en pie.
El criado lo anunció formalmente y lo condujo a un salón discreto, donde el silencio pesaba como una sentencia. Minutos después, el duque entró. Solo.
No hubo sonrisas ni cordialidad.
—Lord Halbridge.
—Vuestra Gracia —dijo Alexandre, inclinando ligeramente la cabeza.
—Dígame, milord, ¿qué motivo lo trae a mi residencia? —preguntó el duque, seco, eligiendo un sillón y sentándose sin siquiera ofrecerle asiento.
Alexandre permaneció de pie.
—Lady Penélope, Vuestra Gracia. —Se aclaró la garganta, y la voz le traicionó la tensión—. He venido a pedirle autorización para desposarla.
Siguió un silencio breve, pero pesado.
—¿Es esto una broma, milord?
—En absoluto.
—¿Quiere casarse con mi hija?
—Quiero. Y estoy dispuesto a afrontar lo que sea necesario para que así sea.
El duque soltó una risa seca, casi imperceptible.
—Es usted un hombre audaz.
—Soy un hombre que la ama.
—¿Y cree que eso es suficiente? —El duque sonrió, sin humor—. Tiene deudas por todas partes, un padre que hipotecó todo lo que pudo. —Se levantó entonces; era un hombre alto, seco, y se acercó despacio, con las manos cruzadas a la espalda—. Vive en un club pagado por antiguos favores, tiene un título manchado por escándalos y una alianza acordada con los Somersby, ¿y cree que puede venir a mi casa y pedir la mano de mi hija? ¿Usted?
—La alianza con los Somersby fue impuesta.
—Fue acatada —interrumpió el duque—. Y si tuvo miedo de alzar la voz en presencia de su padre, no espere hacerlo ahora, en mi despacho.
Alexandre no vaciló.
—Si dice no… ¿ella tendrá derecho a elegir?
—Ella obedecerá —respondió el duque, sin apartar la mirada.
El silencio se prolongó, pero Alexandre no bajó los ojos. Lo sostuvo.
—No le estoy pidiendo un favor —dijo al fin, con voz controlada—. Le hablo como un hombre que la ama. Sin artificios.
El duque lo observó largamente.
—El amor es cosa de poetas. Mi hija necesita estabilidad, un nombre honrado. No promesas vacías hechas por un hombre arruinado.
—No sin luchar por ella.
—Hágame el favor de no dramatizar, milord. Mi hija tendrá un destino acorde a la posición que ocupa. Y, a partir de este momento, no volverá a cruzar palabra con usted. Me encargaré personalmente de ello.
El silencio que siguió fue absoluto. Alexandre sintió el mundo derrumbarse a su alrededor, pero no cedió —no delante de él. Hizo una reverencia breve, contenida, orgullosa.
—Le agradezco su tiempo, Vuestra Gracia. Y su franqueza.
Y salió. La puerta se cerró tras él.
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Ya había pasado la hora del almuerzo cuando Alexandre regresó al Albion. Había pasado toda la mañana recorriendo Londres como un hombre sin rumbo, buscando una salida que se negaba a aparecer, hasta que una única idea se impuso: «tenían que huir».
Subió a sus aposentos, se quitó el abrigo y permaneció unos instantes inmóvil, frente a la ventana. Cuando el criado llamó a la puerta ofreciendo el almuerzo, lo rechazó con un gesto distraído y pidió que regresara más tarde.
Se sentó al escritorio. La mente, cansada, insistía en volver siempre al mismo punto. «¿Sabrá ya ella? ¿Le habrá contado su padre que él fue a pedir su mano?» Se pasó la mano por el rostro, respiró hondo y dejó que el pensamiento tomara forma. «Gretna Green. Matrimonios por contrato, testigos anónimos, promesas selladas sin bendición ni anuncio. Un comienzo, al menos.»
Abrió el cajón y sacó la pequeña caja donde guardaba la alianza de su madre. Pasó los dedos por la plata envejecida, recordando cómo brillaba a la luz de las velas cuando su padre aún sonreía. «Si Penélope aceptara, encontrarían la manera de llegar allí.» No le parecía una locura —le parecía, por primera vez, posible. ¿Y no era así como comenzaban todas las historias verdaderas? ¿Con alguien eligiendo lo imposible?
Se levantó y volvió a vestirse, con un gesto rápido y decidido. Capote oscuro, guantes, sombrero. Sabía dónde estaría ella esa noche: en una recepción ofrecida por amigos de los Cavendish, aristócratas de nombre sólido e influencia suficiente para atraer a toda la familia. Decidió ir a pie; necesitaba el aire frío para ordenar sus pensamientos.
Londres bullía a esa hora; el tránsito de cocheros llenaba las calles de voces y risas, el aire olía a carbón húmedo y a hojas aplastadas, y la niebla ascendía lentamente desde el Támesis, pintándolo todo de gris y oro. Aun así, había algo que lo inquietaba —un sonido breve, repetido, un eco que parecía acompañar sus pasos. Volvió la cabeza, despacio. Nada. Solo una mujer que cruzaba apresurada la calle y un carruaje que desaparecía al doblar la esquina. Respiró hondo, reprendiéndose por su imaginación.
Continuó caminando. Estaba ya a menos de tres manzanas del lugar de la recepción; veía a lo lejos el brillo de los faroles y el movimiento de los carruajes ante la puerta. El corazón se le aceleraba con la expectativa de verla, de hablarle, de proponerle lo imposible.
Y entonces todo se deshizo.
Un sonido sordo, un golpe certero en la nuca, el suelo que se alejaba en un torbellino. No vio rostros, no oyó voces. Solo la oscuridad cerrándose a su alrededor, densa, definitiva.
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Editado: 11.03.2026