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El segundo día comenzó sin ceremonias. Apenas clareaba cuando se despertó con el cuerpo protestando. Cada músculo parecía recordarle el esfuerzo del día anterior. Al intentar cerrar las manos, sintió cómo la piel tiraba —los nudillos estaban hinchados, cubiertos de pequeños cortes. El dolor era sordo, pero constante.
La señora Bellamy, que removía una olla junto al fogón, lo notó antes de que dijera una palabra. Le hizo un gesto para que se sentara y, sin comentarios, le trajo una palangana de agua fría.
—Meta las manos ahí antes de que se le agrieten —ordenó, como quien habla con un hijo terco.
Él obedeció. El escozor inicial le hizo apretar los dientes, pero el alivio llegó enseguida. La mujer se alejó un instante y regresó con un pequeño frasco de vidrio.
—Pomada de alcanfor y sebo. Sirve para casi todo. —Y, sin darle tiempo a responder, empezó a extender la mezcla sobre sus manos con movimientos rápidos y firmes—. No es un milagro, pero engaña al cuerpo lo suficiente para seguir.
Alexandre la observó en silencio. El contacto áspero, el modo práctico, sin compasión y sin dulzura, eran, paradójicamente, un gesto de bondad.
—Gracias.
Ella se encogió de hombros.
—Agradézcame cuando pueda agarrar un saco sin quejarse. —Hizo una pausa y su mirada se suavizó—. Tengo un hijo de su edad, muy lejos. Si algún día lo necesita, espero que alguien también le tienda la mano.
Por un instante guardó silencio, como si se hubiera arrepentido de haber dicho tanto. Luego volvió al fogón.
—Ahora vaya. El trabajo no se hace solo.
El aire de la mañana estaba frío y la niebla aún cubría el puerto cuando Alexandre llegó al muelle catorce. Ya sabía cómo ajustar el pañuelo que Andrews le había dado.
Esta vez nadie comentó su llegada. Los hombres le lanzaron miradas evaluadoras, algunas con curiosidad, otras con el cansancio de quien ya lo ha visto todo. Pero no hubo burlas ni empujones. Solo una aceptación tácita.
Trabajó en silencio. Aprendió los nombres poco a poco. Con el tiempo dejaron de llamarlo «caballero» para referirse a él simplemente como «muchacho» o «Alexandre». Patrick, el irlandés, fue el primero en sentarse a su lado durante los descansos. Compartían el pan y, a veces, intercambiaban dos o tres palabras —nunca más que eso.
Los días siguientes transcurrieron en un compás firme y silencioso. Alexandre pasó a ser uno más entre quienes descargaban hierro, apilaban sacos y se cubrían con el polvo del puerto. Empezó a comprender los gestos de sus compañeros, los ritmos de las cargas, las pausas implícitas. Sus manos dejaron de sangrar, su cuerpo reaccionaba con mayor agilidad y por la noche dormía en la pequeña habitación que la señora Bellamy le había conseguido.
Cenaba sopa aguada con pan tibio y, por primera vez en semanas, ya no se despertaba cada día con la sensación de haberlo perdido todo. Estaba lejos de haberse reencontrado, pero comenzaba, lentamente, a sanar.
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Una tarde sin lluvia, aunque todavía húmeda, Andrews lo llamó hacia la pequeña oficina acristalada que daba al muelle.
—Venga aquí.
Alexandre se limpió las manos con un trapo y entró. El interior era estrecho, cargado con el olor a papel y humo de pipa. Un armario de madera estaba lleno de registros amontonados, y un mapa de la costa este, sujeto con chinchetas, dominaba la pared. Andrews hojeaba un conjunto de papeles arrugados. Le lanzó un cuaderno de registros gastado, con letras desiguales y números desordenados.
—¿Sabe contar? —preguntó sin levantar la cabeza.
—Sí. Y sumar, multiplicar, organizar listas. Sé escribir con claridad.
—¿Y pensar?
Alexandre alzó la mirada.
—Cuando me dejan.
Andrews le lanzó una mirada breve, enigmática, y empujó el cuaderno hacia él.
—Estos proveedores no saben escribir bien. Tengo pedidos con errores, listas cambiadas, cuentas que no cuadran. Quiero que organice esto.
Alexandre hojeó las páginas. Era un caos de columnas, tachaduras y notas sueltas. Sonrió, sin ironía.
—¿Para cuándo lo quiere?
—Tiene hasta mañana por la tarde. —Andrews cerró el cajón con un chasquido seco—. Trabajará al final del día, aquí. Le pagaré lo mismo.
Alexandre asintió.
—Gracias.
Andrews lo observó un instante más largo, como si evaluara algo más allá del trabajo. Luego lo despidió.
Salió de la oficina con el cuaderno bajo el brazo. El sol ya se ponía entre las grúas metálicas, proyectando largas sombras sobre el empedrado de los muelles. Patrick lo vio pasar y alzó las cejas.
—¿Ahora eres hombre de letras? —bromeó.
Alexandre se detuvo.
—Hombre de letras… y de sacos.
Patrick soltó una risa breve, seca, pero no cruel. Alexandre siguió caminando, sintiendo el peso del cuaderno en la mano. Una oportunidad.
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Editado: 11.03.2026