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Las calles de Londres estaban agitadas aquella mañana soleada. Las tiendas y los cafés se encontraban repletos de aristócratas que aprovechaban el clima templado para sus paseos. Carruajes cruzaban las avenidas de adoquines y el murmullo de las conversaciones se mezclaba con los cascos de los caballos y el bullicio del comercio que palpitaba por toda la ciudad.
Clara caminaba al lado de Theo, relajada. Las dos jóvenes se movían con naturalidad por las calles, ignorando las miradas furtivas y los murmullos ocasionales que aún persistían cada vez que Clara pasaba. Ya habían pasado semanas, y nuevos escándalos ocupaban ahora las bocas de la sociedad. Pero el suyo aún flotaba en el aire, como un perfume desvanecido que se resistía a desaparecer del todo.
— Es curioso cómo la sociedad nunca se cansa de los chismes —comentó Theo, abriendo su sombrilla y colocándola sobre ambas—. Hoy tú eres el centro de atención, mañana será otra pobre alma en desgracia.
Clara le lanzó una mirada de soslayo, con una pequeña sonrisa en los labios.
— Mientras me dejen respirar en paz, no me importa.
Theo rió.
— Querida, aún eres tema de conversación en algunos círculos, pero pronto encontrarán otro escándalo con el que entretenerse. ¿Sabes qué puede resolverlo?
Clara arqueó una ceja.
— Dime.
— La presencia arrolladora de una mujer que no se esconde —respondió Theo, sujetando el brazo de su amiga y guiándola hacia la entrada de un elegante salón de té—. Y, por supuesto, un vestido fabuloso para el baile de la próxima semana.
Clara dudó un momento antes de asentir.
— Tienes razón. No voy a pasar el resto de mi vida evitando eventos por lo que ocurrió.
Theo sonrió, complacida, y ambas entraron.
El ambiente era refinado, con paredes cubiertas de papel dorado y mesas de mármol donde damas elegantemente vestidas bebían té y susurraban sobre los últimos acontecimientos de la alta sociedad.
En cuanto Clara y Theo se acomodaron junto a la ventana, comenzaron las miradas.
Algunas mujeres disimulaban mal la curiosidad; otras se inclinaban discretamente hacia sus acompañantes, murmurando palabras que Clara ni siquiera necesitaba escuchar para conocer su contenido. Theo, por su parte, las ignoró con descaro y llamó a un criado.
— Tráiganos té de jazmín y scones con mermelada.
Clara respiró hondo y enderezó los hombros. Si la sociedad quería observarla, que lo hiciera. No les daría el gusto de verla encogerse.
La conversación entre ambas fluía con facilidad, y mientras discutían sobre telas para los vestidos del baile, una voz melodiosa las interrumpió.
— Qué agradable coincidencia encontraros aquí.
Clara y Theo alzaron la vista al mismo tiempo. De pie ante ellas, se encontraba el Príncipe Dmitri Alexandrov.
El hombre hizo una reverencia cortés, sus ojos azules iluminados con un brillo divertido. Su cabello negro relucía con matices azulados, y su porte relajado escondía una presencia intensa.
— Alteza —saludó Theo con una sonrisa traviesa, aunque con un ligero matiz de nerviosismo—. Qué sorpresa.
Clara la miró, sorprendida.
— Espero que sea una buena sorpresa —respondió Dmitri, inclinando ligeramente la cabeza—. Veo que seguís brillando, incluso en medio de tanto murmullo.
Theo soltó una risa.
— Oh, no nos importan los susurros. Dicen que desaparecen con el tiempo.
Dmitri tomó una silla sin esperar invitación, acomodándose con confianza.
— Los rumores solo desaparecen cuando surge algo más interesante. Así es en todas las cortes, ya sean inglesas o cartianas.
— Parece que está bastante bien informado sobre los cotilleos de nuestra sociedad, Alteza —dijo Clara con una sonrisa.
Dmitri le sostuvo la mirada, una sonrisa enigmática jugando en sus labios.
— Eso creo. Pero también creo que el futuro aún me reserva muchas sorpresas.
Antes de que Theo pudiera lanzar algún comentario provocador, una voz estridente interrumpió la conversación.
— ¡Lady Clara Wellington!
Una dama de mediana edad, vestida con un conjunto de seda rosa y un sombrero adornado con plumas exageradas, se acercó a la mesa, con los ojos brillando de pura satisfacción. Era Lady Edith Montgomery, una de las mayores chismosas de la alta sociedad. Se inclinó ligeramente, fingiendo inocencia.
— Qué placer verla tan radiante, querida —dijo, sin siquiera disimular su intención de fisgonear.
Clara contuvo un suspiro.
— Lady Montgomery.
— ¡Oh, y Lady Theodora también! Y… ah, claro, el Príncipe Alexandrov —el gesto se amplió con falsa admiración—. Qué mesa tan distinguida.
— Lady Edith —saludó Dmitri con una inclinación de cabeza, aunque con tono visiblemente aburrido.
La mujer se abanicó teatralmente con un abanico de encaje.
— La ciudad ha estado tan agitada últimamente. Imaginen, dicen que Lord Wesley ha sido la compañía inseparable de Lady Montrose en todos los eventos de la temporada.
El silencio que siguió fue sofocante. Incluso el salón pareció enmudecer por un instante. Todos esperaban la reacción de Clara, como animales al acecho de una debilidad.
La frase cayó como una piedra sobre la mesa. Clara dejó la taza con calma en el platillo y alzó la mirada. No mostraría sorpresa ni dolor. Pero por dentro, sintió una puñalada. «Por supuesto que estaba con ella.»
Theo, sin embargo, se recostó en la silla y alzó una ceja.
— Vamos, Lady Edith, si va a traernos rumores, al menos que sean interesantes. Todos sabemos que Lord Wesley y Lady Montrose son amigos de toda la vida.
Lady Edith se sonrojó ligeramente, visiblemente disgustada con la respuesta.
— Bueno… tal vez. Pero aun así, no deja de ser curioso, ¿no cree, Lady Clara?
Clara alzó la vista y, con una sonrisa tan educada como helada, respondió:
— Me parece curioso cómo algunos disfrutan alimentando rumores que, al final, no significan nada.
Lady Edith se quedó sin palabras por un momento, antes de forzar una sonrisa tensa.
— Claro, querida. No os molesto más. Que tengáis un buen día.
Apenas se alejó, Theo reviró los ojos.
— Víboras.
Clara seguía mirando su taza, su mente dividida entre el dolor y la rabia.
— La ciudad puede decir lo que quiera —inspiró profundamente, recuperando la compostura—. Eso no cambia nada.
Dmitri inclinó ligeramente la cabeza, estudiándola.
— Admiro vuestra fuerza, Lady Clara.
Ella alzó la mirada y encontró la de él, firme.
— Gracias, Alteza —respondió, con la voz tan controlada como deseaba que estuviera su corazón.
La conversación tomó otros rumbos, pero el impacto de aquellas palabras quedó flotando en el aire. «Damien podía estar junto a Lady Evangeline, pero ella no sería la mujer humillada que todos esperaban ver.» Y en lo más profundo de su pecho, comenzó a crecer una nueva determinación.