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El carruaje se detuvo frente a la residencia de Damien con un crujido discreto. Gabriel descendió primero, seguido por el Duque. La puerta se abrió casi de inmediato, y el mayordomo, al reconocer a los visitantes, vaciló un instante antes de inclinarse.
— Milores… seguidme, por favor. El señor conde os espera en el salón.
Entraron y lo siguieron en silencio, el suelo de madera crujiendo bajo sus pasos mientras cruzaban el vestíbulo. El aroma a café y bacon flotaba en el aire matinal. Sims abrió la puerta del salón y anunció con voz comedida:
— Vuestra Gracia, el duque de Cavendish y el conde Sinclair.
Cuando los dos hombres entraron, cerró la puerta. Damien estaba sentado en un sillón, sirviéndose una taza de café. Vestía de forma impecable, como siempre, pero se notaba que había adelgazado. Alzó la mirada y suspiró, como si el momento que tanto temía finalmente hubiese llegado.
— Gracias por venir… Por favor, sentaos.
Gabriel y el Duque asintieron y tomaron asiento.
— ¿Por qué nos llamaste? — soltó Gabriel de inmediato, sin rodeos.
Damien se levantó y caminó hasta la ventana, dándoles la espalda.
— Hay algo que necesitáis saber —su voz sonaba baja, cargada de una tensión densa—. Amo a Clara —añadió, y su voz, aunque ronca, fue clara.
Un silencio se apoderó de la sala. El peso de aquellas palabras cayó como plomo. Damien respiró hondo y se volvió, encarando a Gabriel.
— Y todo lo que hice… fue para salvarla.
— ¿Amarla? —el desprecio en la voz de Gabriel era evidente. Se levantó de golpe, como si la rabia no le permitiera permanecer quieto—. Si la amas, ¿por qué demonios casi destruiste su reputación? —Sus pasos resonaron apagados por la alfombra al avanzar hacia Damien, los puños cerrados—. Mírame a los ojos y dime que eso fue amor.
En un segundo, lo agarró del brazo. El Duque se levantó también, dispuesto a intervenir si era necesario. Pero entonces, lo que Damien dijo hizo que ambos se congelaran.
— Porque estoy siendo chantajeado.
— ¿Por quién? —preguntó el Duque, con voz cortante.
Antes de que Damien pudiera responder, la puerta del salón volvió a abrirse. Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada.
Alexandre entró y cerró la puerta tras de sí con calma. Sus ojos se encontraron con los del Duque de Cavendish. El reconocimiento fue inmediato, cargado de historia. El Duque mantuvo la compostura, aunque un leve endurecimiento de la mandíbula lo delató. Alexandre fingió no notarlo y se acercó a Damien, apoyando una mano en su hombro.
— Ya era hora de que alguien le arrancara esa verdad —dijo con voz serena, aunque cargada de exasperación. Sus ojos recorrieron la sala—. No tenéis idea de lo difícil que ha sido traerlo hasta este punto.
Gabriel miró de uno a otro, confuso y furioso.
— Explicaos.
Alexandre suspiró con cansancio.
— Damien lleva semanas ahogándose en brandy, asistiendo a fiestas como un cadáver ambulante. ¿Y sabéis por qué? —hizo una pausa—. Porque Lady Evangeline Montrose lo tiene atrapado con un lazo de seda.
Gabriel se dejó caer de nuevo en su asiento, atónito.
— ¿Lady Montrose? —su incredulidad era palpable.
Alexandre asintió.
— Sí. La encantadora y vengativa Lady Montrose. Ella tejió esta red y ha intentado arruinar a Clara.
Damien permanecía en silencio, los nudillos blancos por la tensión. Gabriel miraba a ambos hombres sin poder creer lo que oía. La rabia volvió a encenderse.
— ¿Lady Montrose? ¿Y qué puede saber ella sobre Clara para chantajarte?
— Sabe que Clara es ilegítima —respondió Damien—. Que es hija de Lady Penélope. No podía arriesgarme.
El Duque, que había escuchado en silencio, habló entonces con frialdad:
— ¿Y qué te exigió exactamente?
Damien dudó, pero luego contestó con sinceridad.
— Que me alejara de forma definitiva.
Gabriel apretó los dientes.
— ¿Y simplemente obedeciste?
Damien sostuvo su mirada.
— Pensé que era la única manera de protegerla —murmuró.
— Esa chantagem termina aquí —interrumpió el Duque, con la voz gélida.
Gabriel frunció el ceño, dispuesto a protestar, pero el Duque alzó una mano para silenciarlo.
— Haré pública la verdad sobre Clara —anunció—. Pero no ahora. Esperaremos al baile anual del duque de Suffolk.
Gabriel lo miró sin comprender.
— ¿Por qué esperar? ¿Qué cambiará?
— No podemos exponerla al escándalo de forma precipitada. Es mi sobrina. Ya ha sufrido bastante. —El tono del Duque se volvió protector—. Pero Lady Montrose… esa mujer va a pagar por todo lo que hizo.
Damien alzó la vista por primera vez hacia el Duque.
— ¿Qué piensa hacer exactamente?
El Duque respiró hondo, como quien ya ha calculado cada paso.
— Después del baile, haré pública la historia: que mi hermana tuvo una hija en Padua, durante su primer año de matrimonio; que un incendio destruyó los registros parroquiales; que, más tarde, se descubrieron errores en los libros de bautismo.
Hizo una pausa para servirse una taza de café. Bebió con calma mientras todos lo observaban.
— Diré que esperábamos el resultado de una larga investigación, temiendo que fuera una falsedad. Pero no lo era. Mi hermana siempre quiso reconocer a Clara. Y yo, como par del Reino, usaré mi voz y mis recursos. Pediré audiencia a Su Majestad si es necesario. Difundiré la verdad entre nuestros pares.
Una vez hecho, la chantagem se volverá inútil.
Alexandre esbozó una sonrisa.
— Es un movimiento elegante. Clara dejará de ser un blanco, porque no habrá nada que usar en su contra.
Gabriel aún parecía receloso, pero el Duque lo miró con firmeza.
— Al final, la verdad será incuestionable. Y quien difame a mi sobrina… pagará por ello.
Luego dirigió su atención a Damien.