Vientos de Pasión – Una Verdad Oculta L2

Episodio 2

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Dentro del salón principal, el murmullo era intenso. Las conversaciones se mezclaban con la melodía refinada del cuarteto de cuerdas que tocaba discretamente en un rincón. Los abanicos se abrían y cerraban en movimientos ensayados, ocultando susurros y miradas que apenas disimulaban sus verdaderas intenciones. Entonces, el tono del murmullo cambió.

Afuera, una carroza se acercaba a la entrada. El blasón de Damien brillaba bajo la luz trémula de las antorchas. El cochero tiró de las riendas con precisión, y un lacayo se apresuró a abrir la portezuela. Su abrigo negro le sentaba impecablemente sobre los hombros, pero había una tensión en sus movimientos —un peso invisible que le crispaba los músculos y endurecía su mirada. El pañuelo de seda, sujeto con un alfiler dorado. Su máscara estaba en su sitio. Pero si se observaba con atención, podían verse las grietas.

Alexandre descendió justo después. Su chaqueta azul oscuro irradiaba una sofisticación fría y calculada. Sabía demasiado bien el juego que estaba por desarrollarse aquella noche. Damien le lanzó una mirada de soslayo.

— ¿Qué te preocupa? —murmuró con voz baja, sin necesidad de alzarla.

El marqués guardó silencio unos segundos, sus ojos escaneando a los invitados que ya comenzaban a agruparse en la entrada, murmurando entre ellos.

— Debería preguntarte lo mismo.

Damien alzó una ceja, pero no insistió. Subieron por la escalinata principal y, al llegar al vestíbulo, el mayordomo de la duquesa los anunció:

— ¡El Conde Damien Wesley y el Marqués de Hawthorne!

La respuesta fue inmediata.

El salón pareció contener la respiración. El nombre de Damien había recorrido los salones y las tazas de té de la alta sociedad durante semanas. Las jóvenes damas lo espiaban por encima de sus abanicos con una mezcla de fascinación y deseo prohibido, cautivadas por el misterio que lo envolvía. Para muchas, Damien Wesley era ese peligroso equilibrio entre escándalo y seducción.

Las matronas de la sociedad, por su parte, lo observaban con la cautela de quienes reconocen a un hombre que nunca se sometió del todo a las reglas. Damien era conde, sí, pero no jugaba a los juegos correctos ni cumplía las expectativas de su estatus. Y ahora, con su reputación empañada por los rumores esparcidos por Lady Evangeline, lo miraban con mayor recelo. Como si su mera presencia pudiera contaminar la reputación de cualquier dama que se le acercase.

Los caballeros, por su parte, mantenían una distancia respetuosa, aunque cargada de desconfianza. Algunos lo veían como rival. Otros, como alguien que no pertenecía a ese mundo.

Pero Damien avanzó sin inmutarse, ignorando cada mirada que se posaba sobre él, cada susurro que lo seguía. A su lado, Alexandre escaneaba la multitud con mirada aguda. Sabía que la sociedad no estaba allí solo para bailar y beber champán. Esperaban un espectáculo. El que fuera.

Él soltó una risa baja.

— Me parece que tu encanto natural sigue haciendo estragos —musitó.

Damien apenas giró la cabeza hacia unos rostros semicerrados a su derecha.

— Sí, porque claramente vine a impresionar a un grupo de lores aburridos.

Alexandre rió entre dientes.

— Al menos, haz el esfuerzo de parecer encantador.

Damien no respondió. Y entonces la vio. Clara.

Estaba al otro lado del salón, junto a Lady Penélope, Theo y Gabriel, mientras el Duque conversaba con un grupo de nobles más adelante. El vestido verde agua abrazaba su figura con una gracia seductora, y el relicario reposaba sobre su cuello, justo donde comenzaba el escote.

Damien sintió un puñetazo invisible en el estómago. Olvidó dónde estaba. Olvidó quién lo rodeaba. Solo existía ella.

Y entonces ella alzó la mirada. Sus ojos se encontraron. No apartó la vista. No retrocedió. Pero lo que Damien vio en sus ojos hizo que el pecho se le apretara como una tenaza. Decepción. Y quizás… dolor. Se le secó la garganta. ¿Qué había hecho?

Dio un paso hacia ella. Solo uno. Pero no llegó a completarlo.

Una presencia familiar se coló a su lado, el perfume dulce y empalagoso envolviéndolo antes incluso de oír la voz melosa:

— Damien.

Él apenas inclinó la cabeza.

— Evangeline.

— Pensé que no vendrías —sus dedos rozaron su brazo, en un gesto íntimo. Posesivo.

— No podía decepcionarte —respondió seco, sintiendo la impaciencia crecerle dentro.

Por el rabillo del ojo, Evangeline vio cómo Clara erguía el mentón. Desdén contenido. Pero Lady Montrose conocía bien esa frialdad ensayada —era una máscara de orgullo herido. Una sonrisa diminuta cruzó sus labios. Había ganado. Se acercó más a Damien.

— Claro que no. Pero veo que no viniste solo.

Se volvió hacia Alexandre, quien hizo una leve reverencia sin dejar de mantener su rostro impasible.

— Lady Montrose.

— Siempre tan formal. Entre amigos, no hace falta —replicó ella con una sonrisa estudiada.

Alexandre alzó una ceja, pero guardó silencio.

El vestido azul profundo de Evangeline delineaba su figura casi de forma indecente, sin dejar nada a la imaginación, mientras su mirada ardía con algo peligrosamente cercano a la posesión.

Clara, desde su rincón, observaba lo que todos los demás también veían. Cuando Lady Evangeline se acercó a Damien, el tiempo pareció congelarse. “Ya no lo amo”, pensó, obligándose a hacer que la mentira sonara a verdad. “Se acabó.” ¿Entonces por qué dolía tanto?

Tal vez era la ilusión de un momento perdido. La nostalgia de algo que nunca fue realmente suyo. Pero esa ilusión moría ahí.

Por un instante, una esperanza traicionera le susurró al oído: “Tal vez Damien la aparte, diga algo, pruebe que todo eso es una farsa.”

Pero no lo hizo.

Permaneció inmóvil, permitiéndole a Evangeline tocarle el brazo como si tuviera derecho. Como si Clara jamás hubiera significado nada. Su corazón sangraba, pero él jamás lo sabría. Jamás.



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En el texto hay: humor, intriga, amor

Editado: 14.01.2026

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