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La calesa que transportaba a Lady Evangeline recorría las calles a toda velocidad, y cada sacudida hacía que el desesperación le apretara más el pecho. Al llegar a su residencia, la doncella corrió a abrirle la puerta, pero ella pasó sin decir una sola palabra.
Su cuerpo se movía con una rigidez antinatural, como si cada paso fuera una batalla contra el peso de la humillación que la aplastaba.
El salón, iluminado por la chimenea, parecía frío, impersonal, distante.
Los espejos de marcos dorados devolvían su reflejo con una crudeza cruel: la piel pálida, los ojos desorbitados por la furia y el desespero, el cabello ligeramente desordenado tras el tumulto de la noche.
— Fuera — ordenó con un tono cortante.
Mary vaciló sólo un instante; al encontrar la mirada de su señora, se limitó a asentir y cerrar la puerta tras de sí.
Apenas se quedó sola, Evangeline se arrancó los guantes y los arrojó sobre la mesa con un gesto brusco.
Comenzó a caminar de un lado a otro hasta detenerse frente al aparador.
Se sirvió una copa de brandy y bebió un trago rápido, dejando que el ardor del licor le calmara el temblor de las manos.
— Malditos… — susurró, la voz cargada de odio.
«Damien. Clara. El Duque. Toda la maldita sociedad. Todos habían presenciado su caída. Todos la habían dejado caer.
Durante años construyó una reputación impecable, una red de influencias que creyó impenetrable.
Y en una sola noche, todo se desmoronó ante sus ojos.»
Con un gesto violento, lanzó la copa contra la pared; el cristal estalló con un estruendo que resonó como un grito contenido.
De inmediato giró sobre los talones, cruzó el salón a pasos rápidos y salió, la mente girando en un torbellino de recuerdos y rabia.
Subió a sus aposentos y cerró la puerta de un portazo.
«Estaba sola.»
Apoyó la espalda contra la madera, los ojos cerrados, el cuerpo aún temblando.
Pero un escalofrío recorrió su espalda — había algo distinto en el aire.
— Buenas noches, Lady Evangeline.
La voz surgió de la oscuridad, baja y peligrosa.
Abrió los ojos de golpe, el corazón golpeándole las costillas.
Se acercó con manos temblorosas a la mesilla y encendió las velas del candelabro.
La luz vacilante iluminó poco a pouco la habitación.
Desde la penumbra junto a la ventana, una figura emergió: alta, delgada, un perfil recortado por la tenue luz.
La sangre se le congeló en las venas.
«No era posible.»
— ¿Lord Whitaker...? — susurró, la incredulidad sofocándole la voz.
Por un instante, casi no lo reconoció.
Su rostro parecía más demacrado, los pómulos más marcados, como si los años de prisión le hubiesen robado parte de su vitalidad.
Las sombras bajo sus ojos oscuros le daban un aire aún más peligroso.
El abrigo, demasiado sencillo, no concordaba con el hombre que alguna vez se había movido entre la élite con una seguridad implacable.
— ¿Cómo…? — La voz se le quebró, retrocedió instintivamente.
Él la evaluó con un brillo divertido en los ojos.
— ¿No me va a ofrecer un brandy? Después de tanto tiempo lejos de buena compañía, sería un gesto de cortesía.
Ella parpadeó, aún sin creérselo.
— Esto no puede estar pasando... ¡Estaba preso! ¡En la Torre! ¡Nadie sale de la Torre!
— No todos somos tan tontos como para esperar la horca.
— Dio un paso adelante.
— Digamos que esta noche fue... agitada.
Ella tragó en seco. El choque inicial comenzaba a disiparse, dando lugar al instinto más puro: sobrevivir.
«Él no sabe. Nadie le ha contado. Tal vez eso me dé una ventaja.»
Cerró los ojos un segundo, como reuniendo fuerzas.
Cuando los abrió, la dureza habitual en su mirada había desaparecido.
En su lugar, una expresión más suave, casi trágica.
Suspiró. Bajó la mirada como si cada palabra le pesara.
— La sociedad se volvió contra mí. — Su voz era baja, cargada de resignación. Una mujer rota.
Él alzó una ceja.
— Vaya… nunca imaginé verla haciendo el papel de víctima. Qué lamentable espectáculo.
Ella apretó los puños, las uñas clavándose en las palmas.
— No necesito su lástima, Lord Whitaker.
«No podía reaccionar así.»
Pestañeó, dejando que una lágrima solitaria descendiera por su mejilla.
«Tenía que hacerle creer que había sido injustamente arruinada. Que merecía venganza tanto como él.»
— Damien me humilló frente a todos. El Duque lo confirmó todo. Lo perdí todo.
— La voz se tensó, pero luego bajó la mirada.
— En una sola noche me convirtieron en una paria. — Su voz tembló, controlada, lo justo para parecer real.
— Ahora soy un blanco. Un chiste. Alguien que todos quieren olvidar.
Él no dijo nada.
La dejó llenar el silencio con su supuesto dolor.
«Cree que puede manipularme», pensó, observándola.
Ella no apartó la mirada, permitiendo que brillara en sus ojos una vulnerabilidad cuidadosamente ensayada.
«No iba a llorar, ni a suplicar. Pero dejaría que él viera a una mujer herida, una que merecía protección.»
— ¿Y entonces? — murmuró él, cruzando los brazos con fingida indiferencia. — ¿Qué va a hacer?