Vientos de Pasión – Una Verdad Oculta L2

Epílogo

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La lluvia caía sobre Londres, lavando las calles de escándalos pasados, pero dejando en el aire el perfume persistente de las historias inacabadas.
Clara observaba la ciudad a través de la ventana del salón. El vidrio estaba ligeramente empañado por el calor de la chimenea, y afuera, la niebla envolvía los faroles de la calle en un aura etérea.
Los rumores sobre la desaparición de Lady Evangeline nunca cesaron por completo. Algunos decían que había huido con Lord Whitaker, otros, que había sido asesinada. Pero nadie lo sabía. Y cuanto más persistía la duda, más su nombre se convertía en leyenda. Como todas las mujeres caídas en desgracia, se transformó en un cuento de advertencia.
Pero había quienes creían… que volvería.

Sintió un calor familiar rodearle la cintura.
— Estás pensando demasiado.
La voz ronca de Damien sonó cerca de su oído, y Clara cerró los ojos por un instante, inclinándose ligeramente contra él.
— Tal vez — respondió, con una pequeña sonrisa. — Solo… tengo la sensación de que nada ha terminado realmente.
Damien la giró suavemente hacia él, los ojos intensos fijos en los suyos.
— Sea lo que sea, lo enfrentaremos juntos.
Ella levantó la mano, sus dedos deslizándose por la solapa de su abrigo.
— Dijiste eso el día de nuestra boda.
Él sonrió, con un brillo travieso en la mirada.
— Pienso decírtelo todos los días hasta que seamos viejos y gruñones.
Clara soltó una risa, feliz.

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La tormenta rugía alrededor del barco, lanzando olas contra el casco como puños furiosos. El viento aullaba entre las velas infladas, y cada trueno que rasgaba el cielo parecía anunciar el fin del mundo.
En la bodega oscura y fétida, Lady Evangeline no conseguía descansar. Sus muñecas estaban marcadas por las cadenas oxidadas, y los tobillos doloridos de tanto luchar contra los grilletes. El olor a madera podrida, sudor y desesperación se le había pegado a la piel, y la humedad constante le calaba hasta los huesos.
Su respiración salía en pequeños vapores. Las ratas se movían cerca, los ojos brillando en la penumbra. Pero ya no se asustaba. El miedo era un lujo que no podía permitirse.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Días? ¿Semanas? El tiempo ya no tenía forma allí. La única certeza era el vaivén del mar y el hecho de que aún estaban lejos del destino final.
Abrió los ojos lentamente, enfrentando la oscuridad. El barco seguía navegando. Aún no era el final.

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La cabina privada crujía suavemente con el vaivén de las olas, pero Lord Whitaker permanecía inmóvil, con un vaso de ron apoyado sobre la mesa.
No había satisfacción en su expresión. Aún no. Evangeline había sido solo el primer paso.
La sociedad podía intentar olvidarlo, pero él no los olvidaría. A ninguno.

Londres se creía impenetrable, llena de normas y de nobles que pensaban que la moral los hacía superiores. Pero él conocía la verdad: era el poder lo que hacía a un hombre intocable. Y él planeaba recuperarlo.

Sus dedos se deslizaron sobre el mapa extendido frente a él. Las colonias estaban llenas de hombres como él: ex presidiarios, fugitivos, almas endurecidas que solo necesitaban una chispa para incendiar el mundo.

Y él volvería.
Y cuando llegara el momento oportuno… Londres lamentaría el día en que lo humilló.

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La chimenea crepitaba suavemente, proyectando sombras danzantes sobre las paredes del salón privado de Lady Penélope. Ella dejó la taza de té sobre la mesa y alzó la mirada hacia el hombre sentado frente a ella.
—¿Vas a decirme por qué has vuelto? —preguntó, con voz firme y los ojos brillando con desafío.

Alexandre se recostó en el sillón de terciopelo, cruzando las piernas.
—Lo haré. Pero puede que no te guste lo que tengo que decir. Ya basta de silencio —esta conversación debió haber ocurrido hace mucho.

Ella mantuvo una expresión neutra, pero sus dedos se apretaron levemente contra el brazo del sillón.
—Además de decirme por qué volviste… ¿crees que hay algo más que quiera discutir contigo?

Él se inclinó hacia atrás, cruzando de nuevo las piernas, su mirada intensa fija en la de ella.
—Lo creo. Y sé que no es solo el motivo de mi regreso lo que te molesta… sino todo lo que quedó sin resolver entre nosotros.

Se instaló un silencio denso. Afuera, la lluvia seguía cayendo, pero dentro de aquel salón el pasado y el presente colisionaban como si nunca se hubieran separado.

Lady Penélope inspiró hondo.
—Muy bien. Habla.

Alexandre esbozó una breve sonrisa —no de burla, sino de quien sabe que esa conversación lo cambiará todo.
—¿Por dónde quieres que empiece?

FIN



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En el texto hay: humor, intriga, amor

Editado: 20.01.2026

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