Un silencio producto de mi gran sorpresa se instala entre mi extraño (hasta ahora conocido como Reynolds) y yo. Un millón de preguntas que no puedo hacer en voz alta se me forman en la mente. ¿Por qué está aquí? ¿Será docente? No, es muy joven para eso. Pero no lleva uniforme. Bueno, ninguno lo hace hasta el primer día de clases oficiales. ¿Vino a visitarme a mí? No, claro que no. El grupo de Kenji no lo reconocería tan fácilmente si solo fuera una visita esporádica.
Y mientras mi mente se enreda en sí misma, el resto del mundo sigue girando.
—No sabía que pensabas volver este año — dice Oliver sin un saludo previo.
—No lo pensaba. Pero las cosas siempre están cambiando. Es lo único que no cambia — responde el extraño, y yo no puedo evitar seguirle el juego.
—¿Parafraseando filósofos?
—Heráclito, me parece — responde Jonas con poco entusiasmo antes de que mi extraño diga una palabra.
—Hallaste otro fan de las citas, Dickinson. Que buen radar.
—Solo fue casualidad del destino — es todo lo que puedo casi murmurar.
Mi extraño sonríe.
—No hay casualidades en lo que está destinado. Aunque no creo que haya nada escrito en el mundo que no pueda ser desafiado.
—¿Y no quisiste inscribirte en Literatura, Reynolds? — nuevamente, Jonas. ¿Por qué lo ataca tan agresivo-pasivamente? Es claro que se conocen pero también que no se agradan.
No creo que sea el momento para hacer esas preguntas en voz alta, no importa qué tan interesada esté en las respuestas. Y es que salvo Jonas, ninguno del grupo parece afectado negativamente por la presencia del extraño (Dios, en serio necesito saber su nombre). Al contrario, se ven intrigados, deseosos de saber qué hace en la ACA cuando al parecer, no se suponía que fuera así.
—Perdón, pero tengo que preguntar — Kenji salta de su asiento como si el espacio no fuera suficiente para su propia intriga — ¿Por qué la llamas Dickinson? ¿Ustedes se conocen?
Mi amigo, el rubor descontrolado, se instala en mis mejillas de inmediato. No había querido contar la gran historia de porqué conozco a Jake Burton, y mucho menos quiero empezar a explayarme de porqué este guapo chico tiene apodo para mi. Un apodo que adoro, sea dicho.
—Eemm...
—No — responde el desconocido — No sé nada de ella, y ella no sabe nada de mí.
—¿Entonces? — insiste Ava, tan ansiosa por la respuesta como todos los demás.
—La vi en la calle el otro día con un libro de la autora. Cité una de sus frases, la cual ella reconoció y tuvimos un breve momento literario. No más, no menos.
Fue una forma muy breve y algo mentirosa de explicar aquel encuentro tan marcado en mi memoria. Pero entiendo que hizo exactamente lo que no me atreví a pedirle ni con la mirada. No dió detalles ni me puso en evidencia como la damisela que tuvo que ser rescatada por su apuesto caballero.
Por las miradas escépticas del grupo, sospecho que en cuanto el extraño se vaya, voy a ser bombardeada a preguntas. No es lo que más me gusta así que ya tengo un plan de contingencia para el caso.
Por el momento, tengo que apoyarlo en su mentirilla como buena cómplice.
—Exacto. Fueron menos de 10 minutos pero te recuerdo con claridad.
—Dichoso de mí.
Tiene la misma sonrisa picara que divisé cuando me fue en el muelle. No hay forma de saber lo que esconde detrás de ella, pues como bien dijo antes, no nos conocemos. Ni siquiera sé su nombre o qué hace en la ACA si no es estudiante. Pero sospecho que, apesar de sus dulce mirada, esa mueca no es nada simpática ni amigable.
Tendría más miedo de esa sonrisa engañosa que de la mirada fría y desafiante de Jake cuando nos encontramos en el muelle. Si no fuera porque no tengo más motivos que un vago instinto, creería que es mejor alejarse de este extraño.
Pero qué digo. Solo tonterías. Este chico me salvó, me apoyó y fue la primera cara amable que me encontré en Seattle. ¿Y yo lo juzgo por su sonrisa? Mi tía me daría una buena paliza si supiera esto.
—¿Finalmente te inscribiste a Arte, Reynolds? — pregunta Kenji tan sonriente como siempre.
—Ya saben que yo no hago las cosas según el sistema — responde — Pero si, van a verme si pasan por esa ala. Y tal vez visite a los literatos en algún momento. Tienen la mejor biblioteca.
—¿Qué pasó con tu año viajando de mochilero? — pregunta Oliver.
El extraño sonríe. Una sonrisa menos auténtica pero igual de encantadora.
—Digamos que encontré algo más interesante, que resultó estar cerca de casa.
—¿No te habías hartado de la academia y tu papá? — Jonas ni siquiera se digna a ver a Reynolds a los ojos. ¿Tan molesto está?
—La academia no, las personas mejor dicho. Y mi papá puede fingir los 365 días del año que no existo, ¿qué le importa si estoy o me voy?
Eso se oye triste, más no veo ni una pizca de angustia en su declaración. A veces olvido que no soy la única persona en el mundo con unos padres que en principio no deberían haber tenido hijos.