Hay mil profesores en esta academia. Mil posibilidades frente a mí que habría sido una puerta hacia un mejor futuro. Y mi asistencia asignada se estancó en el peor escenario de todos. Mi suerte me vio este año y dijo "tus estudios se irán por el caño, Alessia, aceptalo".
El mayor consuelo de esta elección del destino nada justa es que solo trabajaré tres días a la semana y se me tendrá un poco de consideración para el resto de las clases.
Entro al salón del profesor Hudson diez minutos antes de la hora programada, por miedo principalmente a que use el tiempo como otra excusa para recriminarme. Me consta que este hombre puede usar cualquier detalle para provocar un cataclismo sin sentido.
—Profesor Hudson — saludo.
—Señorita Vegas, el gusto es todo suyo.
—En efecto.
Su ego es otra de las cosas que tendré que superar en esta prueba tan difícil. Yo me puse en este camino de obstáculos, y yo saldré de él victoriosa.
—Le agradezco la oportunidad — digo — Voy a ser la mejor asistente que haya tenido.
Él resopla con desdén, lo que provoca un fastidio indefinible en mi persona.
—Lo dudo — afirma — Aunque ninguna duró más de cinco días, por lo que si supera ese tiempo, puede darse por ligeramente superior a la media. Al menos en ese aspecto.
Las chicas en Administración me había informado que el profesor Hudson siempre era el primero en la lista de asistencia docente, porque cada vez que enviaban a alguien con él, el alumno en cuestión renunciaba o se iba de la academia. Por lo tanto, el profesor siempre estaba necesitando víctimas nuevas.
En lo personal, más allá del reto que es tratar con Hudson, me tomo como un desafío perfectamente plausible el superar a los que me precedieron.
Trabajé duro para conseguir estar en este lugar y tal como dije el primer día, un profesor amargado con la autoestima innecesariamente alta, no va a derribarme tan fácilmente.
—Muy bien — dice — Empecemos.
Y esta fue la lista de cosas que el querido docente me hizo hacer durante solo un día de estar en su asistencia:
Limpiar el salón
Ordenar su escritorio
Pasar por sus apuntes a la sala de maestros
Borrar las pizarras de sus clases
Asegurarme de que preparen bien su almuerzo
Corregir ensayos.
Pasar nuevamente a la sala de maestro por sus otros apuntes
Comprar su cena
Llevar sus carpetas de un ala a la otra.
Pasar a la sala de maestros por el lápiz que olvidó.
(No creo haberlo mencionado pero la sala de maestros está en un edificio aparte a 15 minutos en bicicleta de las alas donde se imparten las carreras... y yo no sé usar una bicicleta)
Asegurarme que no hayas suciedad bajo los asientos
Peinar la gamusa de su asiento
Y acomodar sus libros por orden alfabético, color y tamaño
Quien haya dicho que la vida apesta, no conocía al profesor Hudson y su interminable imaginación para las tareas inútiles.
El día terminó conmigo hecha un desastre y mi cerebro frito. Uno creería que hacer tantas cosas pequeñas sin sentido sería pan comido, que acabaría en un segundo sin complicaciones. Bueno, esa persona no considera que es el doble de difícil limpiar un escritorio cuando su dueño te observa con ojo de halcón para remarcar detalles que poca relevancia tienen.
"Es de izquierda a derecha"
"Usa más producto"
"¿Sabes hacer algo bien, como no ensuciar tu ropa?"
Si no fuera tan cabeza dura y estuviera determinada a triunfar por sobre todas las cosas, habría llenado la boca de Hudson son bendito producto para lustrar madera.
Y esas ideas asesinas se acumularon tanto en mi cerebro deshecho que ahora, en mi habitación, con Jonas intentado ayudarme a estudiar, no puedo ni recordar cómo escribir mi nombre sin confundir las mayúsculas.
—Escribiste mal esta palabra — me corrige Jonas.
—Es cierto, lo siento. No estoy muy concentrada.
Presiono las manos contra mi cara para evitar que mi cansancio extremo se note más. Obviamente no logro nada pero es una sensación reconfortante.
—¿Qué tal fue tu primer día como asistente de docente? — pregunta.
—Pues ha pasado solo un día y ya tengo la cabeza hecha humo. Ese hombre tiene un don natural para la tortura psicológica.
—No te preocupes. Eres brillante, solo estás cansada. — Jonas acaricia mi mejilla con naturalidad. No la retiro de inmediato, pues odiaría ofenderlo por un gesto de amabilidad y confort. Mas lo hago cuando otro detalle más notorio llama mi atención.
—¿Tienes pintura en los dedos? No te hacía un artista.
—No, no es eso — de repente, está nervioso y oculta sus dedos con rapidez — Es una tontería que intenté mientras me faltaba inspiración el otro día.