Puck me guia por el gran teatro que tiene lugar en el ala más grande de toda la academia. Es enorme y muy hermoso, tal como una pensaría que debe verse un teatro en las grandes ciudades del mundo. Donde los profesionales se dedican a interpretar tragedias, comedias, romances, todo en una noche de lujuria y esplendor.
Yo quedo fascinada con el telón rojo. Es lo más típico y común en una instalación artística como ésta, pero por alguna razón es lo que pone una sonrisa en mi rostro. Los acabados y las columnas doradas pueden ser muy bellas y elegantes, más el telón es como un fuego en medio del salón. Imposible no verlo y querer acercarse para empaparse de su luz.
—¿Nunca habías venido al ala de Teatro? — pregunta Puck.
Parece que él olvida el poco tiempo que llevo en la academia, y que de ese poco tiempo, mis horas estuvieron cubiertas no solo por las clases sino también por la maldad de nuestro cadáver en descomposición.
Hubiera deseado tener más tiempo para apreciar cada parte de este lugar. Y ahora creo que no tendré oportunidad de hacerlo nunca.
—No tenía motivo para visitar donde residen los demonios — respondo sarcástica.
—No todos son Jake Burton o Hiela Jackson.
Y que alivio me da eso.
—Pero apuesto a que se le parecen — agrego con aires de humor. Después de todo, los actores no pueden evitar ser egocéntricos. Está en su naturaleza querer ser el centro de las miradas.
A medida que nos acercamos al escenario vacío, diviso mejor la cabellera teñida de Jake Burton entre las butacas. Tiene un guión entre las manos y su aire despreocupado se nota a distancia. Debió escuchar que entramos y como es el único aquí, sabe que es nuestro objetivo. Más no se ha movido nada ni siquiera para vernos.
—Bien, terminemos con este parásito.
Las palabras perfectamente ciertas de Puck me aseguran que está listo para empezar esta travesía de vida o muerte, pero también me recuerdan que entre estos dos perros de pelea hay historia. Una muy problemática historia de engaños e infidelidades. No es algo que necesitemos para la investigación.
—Tal vez sea mejor que yo le haga las preguntas — le digo.
—¿Por qué?
—Es que algo me dice que ustedes no son muy amigos, y no necesitamos que haya más problemas ahora.
Puck sabe que tengo razón, y por eso me ve con desacuerdo. Será el hombre más maravilloso con el que haya tenido solo una cita antes de caer en un caso de homicidio, pero no deja de ser hombre. Ninguno quiere darle la razón a una mujer aún sino pueden debatir.
Claro que él siempre encuentra la forma de hacerlo.
—Siempre soy un caballero — dice — Incluso con los engendros de Satán.
—Lo sé, y eso me encanta. Pero Jake siempre es hostil y busca provocarte. No quiero que las cosas se nos salgan de control.
—No dejaré que eso pase.
—Yo tampoco. Por favor.
Su mirada de resignación le sigue a unos segundos de considerar aceptar mi pedido o no. Por suerte para los dos, parece que no está en su naturaleza decirme que no.
—Si tú me lo pides, seré el niño mejor portado del mundo.
Y con esa promesa nos acercamos a Jake.
Desde el momento en que nos conocimos, supe que este chico sería desagradable e irrespetuoso. Nada desde entonces me ha demostrado que me equivoco. Solo espero que con un cuerpo de por medio y una acusación sobre su cabeza, Jake Burton tenga la humildad de cooperar en beneficio de todos los demás.
No confirmo ni niego que sea nuestro asesino, pero hay que admitir que tiene muchos rasgos psicópatas en su personalidad. ¿Quién no dudaría de él desde el inicio?
No tenemos tiempo ni decir hola cuando Jake baja su guión y nos saluda con su sonrisa descarada.
—Bueno, bueno. Pero si es salty y su perro guardián.
Dios, había olvidado ese estúpido apodo. Y Puck también, por eso su repetinta tensión llena sorpresivamente.
—Romperé mi promesa justo ahora, Dickinson, si vuelve a llamarte así — dice abiertamente mi compañero.
—Puck.
Basta con eso para que vuelva a ser el caballero que prometió. Aunque no creo que dure.
—¿Qué pasa, Reynolds? — lo provoca Jake — ¿Ahora te dejas domar por cualquier mujer que te haga las cosas difíciles?
Si, definitivamente no durará a menos que yo esté en el fuego cruzado. Literalmente.
Me pongo de pie entre Jake y Puck como una barrera anti provocación que espero sea más fuerte que su deseo de matarse.
—Jake, no venimos a pelear — le aseguro.
—Que mala suerte.
—Quisiera hablar contigo sobre Hudson, y obviamente sobre su muerte.
Sin perder su sonrisa, la cual pasó de provocativa a una actuación en toda regla para ocultar su incomodidad, Jake desvía su mirada.
—¿Por qué hablaría contigo sobre eso? — pregunta.
—Porque te lo pidió amablemente — responde Puck — Y yo le prometí no hacerlo de la forma dolorosamente divertida.