Mi madre solía decirme que quien acompañaba las penas y preocupaciones con pan, terminaría gorda, calva y sola. Si, así de dulce y compasiva solía ser cuando veía que su hija estaba sufriendo por una mala calificación o un un tropiezo en la calle.
Siempre supe que estaba equivocada, ya que es imposible que comer no haga feliz a la gente. Incluso cuando sabemos que en algún momento debemos parar. Y ahora mismo, necesito un volcán de chocolate del tamaño de Hawai para calmar la angustia que me invade.
Prefiero estar gorda y lejos de este problema, que delgada y a punto de sufrir una crisis de ansiedad que me dejará en la ruina total. Porque no puedo continuar, no sé cómo. Si ya estaba perdida cuando esta maldita investigación comenzó, ahora que casi todos los sospechosos son menos espectadores no sé ni si vale la pena seguir adelante.
Me siento sola, perdida, abrumada. Hacía años que no me invadía una desesperación tan notable. Siempre busco el hueco en el problema. Cuando escribo, incluso las incoherencias pueden ser salvadas por el bien de la trama.
Ahora no debería ser tan difícil.
Un grupo de personas, encerrados en una academia. Uno es el culpable.
He visto todas las películas de detectives que ha hecho Hollywood, ¡no debería ser tan complicado encontrar al asesino!
¿Acaso me ya no hay aire en el planeta? Siento que me falta el aire con cada paso que doy.
—Oye, Dickinson.
Si me detengo, caigo. Si avanzo, no sé a dónde. Si giro, retrocedo. Si cambio de dirección, me pierdo. Un laberinto sin salida. ¡Y maldita sea! ¿Por qué no puedo respirar?
—Alessia, espera.
La luz al final del túnel siempre parece más brillante de lo que es. Y los ojos grises de Puck frente a mí solía parecerme más irreales de lo que son ahora. Se ve humanos, se ven preocupados, y me miran solo a mí.
Es el toque de su mano lo que me trae a la realidad y gracias a ello, recupero el aliento. Pero la sensación de que una cascada de llanto se aproxima, no me la quitaría ni un ejército hecho de Pucks.
—Por favor, solo...
—¿Qué? ¿Solo qué?
—Dejame sola un momento, ¿si?
—No.
Ante esa respuesta tan firme, soy yo la que intenta dar un paso atrás.
—Puck...
—Cuando alguien está alterado, triste o desesperado es cuando necesita compañía — reafirma su mano sobre la mía — Cuando no puede estar sola porque hace tonterías.
—¿Qué? ¿Piensas que me voy a suicidar o qué?
—¿Lo harías?
No voy a mentir. La idea se me ha cruzado por la cabeza alguna que otra vez en todos mis años de vida. Es inevitable. Quien diga que nunca piensa en la muerte, miente. La vida como la conocemos es injusta, ruin, desesperante. ¿Por qué no sería más fácil no estar?
La diferencia entre los que lo hacen y los que no, es bastante simple, de hecho. Se trata de una mezcla rara entre la valentía y la terquedad. Valor para afrontar las cosas como vienen, y ser bastante cabeza dura como para no dejarse derrotar a la primera oportunidad.
Yo siempre he sido más terca que valiente. Y aún cuando ahora siento que el mundo se me cae encima, no voy a dejar que estos niños ricos me quiten el aire que respiro.
—¡No! Claro que no.
—Bien, entonces solo temo que te dé un ataque de pánico y no haya nadie ahí que te diga que está bien tener miedo.
¿Eso es lo que pasó? ¿Un maldito ataque de pánico?
—No es cierto. Nada está bien — afirmo.
—Lo está. Tienes emociones, y miedo, y problemas. Es normal, no estamos en un día de campo, exactamente. Pero no tienes que estar sola contra ello.
Dice eso, pero en cada momento de mi vida estuve sola. Si, tuve padres y una vida con las necesidades cubiertas. Tuve una buena educación y salud cada día de mi vida. Sin embargo, el gran secreto de un escritor es la soledad. Desde el momento en que supe que los libros y la literatura serían mi vida, supe igualmente que los amigos, las fiestas y la complicidad con aquellos que me entienden, sería solo una estrella fugaz. Puede pasar de vez en cuando, y jamás durar lo suficiente.
¿Por qué sería diferente ahora? ¿Por qué estaría sola contra ese problema?
"Porque está él", me dice una voz en mi cabeza. El último atisbo de esperanza que por alguna razón se aferra a Puck.
—Siento que todo esto ha sido una pérdida de tiempo — confieso sin poder evitar que las primeras lágrimas finalmente salgan una a una — Llevamos todo el día en esto, estoy cansada. Jonas ni siquiera era un sospechoso real. Y la única razón por la que hago esto es para que no me culpen a mí, no porque Hudson merezca justicia, lo cual me hace una persona terrible y egoísta. Ahora solo nos queda un nombre. Si no es... si no es, entonces...
Puck me abraza, dejando mi cara contra su pecho mientras sus manos acarician mi espalda con confort y calidez.
—Entonces nada — dice suavemente — No te van a culpar por la muerte de Hudson.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de eso?